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   ARÉVACOS - Nº 29   
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VELOS DE PASIÓN, JIRONES OLVIDADOS

por José María Capilla de Blas       


Hasta no hace muchos años, y así lo pueden afirmar nuestros mayores, era habitual ver como durante gran parte de la Cuaresma y la Semana Santa, el interior de las iglesias y sobre todo los retablos e imágenes religiosas se cubrían con cortinas y paños en señal de duelo. Dolor que desaparecía con la celebración de la Resurrección del Señor en la Vigilia Pascual o en la Eucaristía del Domingo de Pascua, ceremonias durante las que se alzaban teatralmente estas colgaduras en el momento del Gloria. En la mayor parte de los casos estas telas eran de color liso, morado o negro, pero había también un tipo de velo más lujoso y artístico. A estos grandes lienzos llamados velos de Pasión, a su puesta en valor y rescate del olvido, está dedicado este articulo.

Velo de Pasión en 1949

Velo de Pasión en 1949

Imaginemos la Cuaresma como fue en origen. Un tiempo de ayuno, abstinencia y penitencia en conmemoración de los cuarenta días que Cristo pasó en el desierto viviendo las tentaciones del Maligno. Algo más de un mes de preparación para la Semana Santa. Preparativos en lo personal y en lo público. Los actos sociales quedaban aletargados y si a lo largo del año todo giraba en torno a la religión, más aún durante esas semanas. Incluso las iglesias cambiaban su aspecto. Una atmósfera lúgubre inundaba los templos. Los retablos que durante el resto del año refulgían gracias al pan de oro, quedaban ocultos por grandes cortinajes. Todo quedaba apagado en espera de la Resurrección. Aquellos fieles quedaban sumergidos en las tinieblas y el luto por la Pasión y Muerte de Cristo hasta que llegaba la gran Pascua de Resurrección en la que los velos de la desolación caían y la luz y el brillo de los retablos volvía a llenar las iglesias. Quizás esta descripción pueda ser tildada de efectista y teatral. Pero de eso se trata, porque si algo pretendía el uso de los velos de Pasión era crear un ambiente artificioso pero significativo en cuanto al tiempo que el calendario litúrgico iba a conmemorar.

El origen de estas ambientaciones y efectos hay que buscarlo a mediados del siglo XVI cuando la iglesia Católica reaccionó ante la Reforma Protestante con la Contrarreforma. Esta reacción, que tuvo como aconteciendo central el Concilio de Trento, intento reafirmar todos aquellos aspectos que diferenciaban la Iglesia Católica de la Reforma. Así cambiaron esquemas litúrgicos y doctrinales o, más bien, cambió la manera en que el fiel percibía estos puntos. Para conseguirlo las iglesias se renovaron y con ellas todas las artes. La arquitectura, la escultura y la pintura se adaptaron a los nuevos tiempos. Si los templos protestantes destacan por su austeridad y desnudez, los católicos se llenaron de obras de arte cada vez más complejas con el fin de mover a la devoción a un fiel, impresionado por lo que oía, veía y sentía en el interior de las iglesias. Si entendemos aquel tiempo y sus avatares, comprenderemos mucho mejor los velos de Pasión y su uso.

Oración del Huerto

Oración del Huerto

Sargas, velos de Semana Santa, velos de Pasión... son muchos los nombres que reciben estos elementos. Aunque el último es el que mejor define su temática, uso y el material con que están elaborados. Pero en innumerables ocasiones encontraremos la denominación sarga. Esta no es incorrecta, aunque realmente es tomar una parte por el todo porque una sarga es una tela basta de trama cruzada. Dada la resistencia de estas telas, se comenzaron a utilizar como soporte pictórico de gran tamaño para cubrir muros y paredes dando mayor lujo y calidez a estancias palaciegas o suntuarias. Así se comenzó a denominar sarga a las telas pintadas para decorar las paredes de las habitaciones. Cuando a partir del siglo XVI se impuso la costumbre de cubrir retablos e imágenes durante la Cuaresma y Semana Santa, los lugares más ricos, catedrales, monasterios, conventos... adecuaron las sargas a un nuevo uso, surgiendo así el velo de Pasión tal y como lo conocemos.

La elaboración de un velo de Pasión estaba llena de dificultades técnicas. Primero las dimensiones de estos grandes lienzos que dificultan su manejo. El trabajo a escala superior al natural donde el artista debe adaptarse a medidas y proporciones que no son habituales. Y los colores a emplear ya que si algo caracteriza las escenas representadas, junto a la temática, es la sobriedad cromática. Rara vez se empleaba una paleta de colores variada en estos elementos. El coste de los pigmentos y demás materias pictóricas suponía un gasto que no se estaba dispuesto a asumir en los velos de Pasión, que al fin y al cabo se iban a utilizar poco y en un tiempo de duelo. Lo habitual era el uso de la grisalla, pintura en gama de grises, o, a lo sumo, una paleta de colores corta. Ante la poca variedad cromática el artista se veía obligado a matizar y exprimir cada color hasta lograr componer la escena encargada. Esto no quiere decir que se escatimara, como no se hacía en nada relativo al arte religioso. Hay que tener en cuenta que toda obra relativa a la Fe o al hecho religioso se intentaba acometer con el mayor lujo posible, y no por razones de ostentación o mero orgullo. La razón principal estaba en para quién se elaboraban esas obras, para Dios. Por tanto, cuando en una iglesia, catedral, o edificio religioso nos sorprende y nos apabulla tanta riqueza, debemos pensar en qué, por qué y para qué se creó.

Detalle de la sarga

Detalle de la sarga

En nuestra comarca no se conservan un gran número de sargas. Esto no es extraño ya que lo habitual eran los paños morados o negros. A esto se unía la fragilidad de estas obras y el riesgo que corrían. La capa pictórica era débil porque las telas no se preparaban con apresto para evitar que adquirieran la rigidez de un lienzo tradicional y mantuvieran la caída de un cortinaje. Esto debilitaba la capa de color que con el paso de los años se iba desprendiendo con el trasiego de colgar y descolgar. A esto se unía que el velo quedaba suspendido sobre la mesa del altar donde se seguían celebrando los oficios religiosos, lo que provocaba continuos incendios provocados por las velas. A pesar de estos inconvenientes algunos velos conservados en nuestro entorno sorprenden por su calidad y buena conservación.

En primer lugar hay que destacar el conjunto de Zayas de Torre, si no por su calidad sí por su buena conservación y amplitud del ciclo narrativo, desde la Entrada de Jesús en Jerusalén hasta la Crucifixión. Fueron realizadas en grisalla en el siglo XVIII.

Muy cerca de Alcoba, en Rejas de San Esteban se recuperó hace dos años un gran velo de pasión con el tema de la Crucifixión, que perteneció a la iglesia de San Ginés. Sorprendentes por su tamaño y calidad son las sargas de la iglesia de Torremocha de Ayllón, dos excelentes obras de la segunda mitad del siglo XVI, relacionadas probablemente con algún taller pictórico segoviano, muy activos en aquel momento. Estas dos obras reproducen el tema de la Crucifixión y el Descendimiento y fueron realizadas por la misma mano que pintó las tablas del retablo mayor de dicha iglesia.

Velo de pasión del obispo Montoya

Velo de pasión del obispo Montoya

Más antigua que los velos de Torremocha es la sarga del Camino al Calvario de la Capilla de Santa Ana de la Colegiata de Berlanga de Duero y que permanece colgada frente al retablo que en su momento ocultaba. Es una pieza renacentista de la primera mitad del siglo XVI.

Por último, hay que destacar los dos excelentes velos de pasión que conserva la Catedral de El Burgo de Osma. El más antiguo fue realizado por el Maestro de Osma en torno a 1500 con el tema de la exaltación de la Santa Cruz. La escena representa a dos ángeles con filacterias en las manos que recogen el lema "Esta es la señal de la cruz que aparecerá cuando el Señor venga a juzgar". La Cruz, asentada en el Gólgota, conserva los clavos de Cristo, la corona de espinas y el INRI. Bajo los brazos el escudo del Obispo Montoya hacen referencia al donante. Toda la escena principal del velo queda enmarcada por una orla de cardinas de tradición gótica. La base cromática de la obra es la grisalla aunque el autor introduce color en los elementos que quiere destacar como la cruz, el cabello de los ángeles o los escudos del donante. No sabemos con seguridad que retablo cubría este velo aunque lo más probable es que fuera el de San Ildefonso conservado en el museo de la Catedral.

Caída con la Cruz

Caída con la Cruz

Para terminar este breve recorrido hemos reservado el más monumental de estos lienzos que es el formidable velo de pasión que cubre el retablo mayor de la catedral desde el Miércoles Santo hasta el Gloria de la Vigilia Pascual en la noche del Sábado Santo. En él una experta mano anónima, por el momento, aunque atribuído por algunos a Juan de Navarrete “El Mudo”, reproduce un retablo fingido dedicado a la Pasión. Con asombrosa habilidad el artista recrea un retablo clasicista de tres calles, dos entrecalles, dos cuerpos y ático. En el primer cuerpo, de izquierda a derecha, las escenas son la Oración en el huerto, el entierro de Cristo y la Resurrección. En el segundo la Flagelación, la Crucifixión y la Caída de Cristo camino del Calvario. La Crucifixión fue restaurada a mediados del siglo XVII por el pintor burgense Pedro Valpuesta debido al deterioro sufrido en este punto a causa de un incendio. En el ático la figura de Dios Padre preside el conjunto flanqueado por los escudos del Obispo Acosta como donante. Por último, en las entrecalles figuran profetas del Antiguo Testamento sobre inscripciones con profecías alusivas a la pasión de Cristo. Sin duda, este gran velo ha de ser tenido en cuenta como continuación del retablo para el que se pensó y al que en absoluto desmerece. De hecho, cuando se visita la catedral durante el triduo sacro, ya sea con afán religioso o cultural y turístico, en ningún momento debemos lamentar ver cubierto el retablo mayor. Es una oportunidad excepcional ver una obra de estas características y, más aún, en el lugar y con el fin para el que fue creada. Y sin duda su conservación se debe a que siga manteniendo su uso. No olvidemos que nada mejor para entender y valorar una obra de arte que encontrarla en el lugar y con el fin para el que fue pensada. Y en este caso es encomiable la labor del Cabildo de la Catedral y los desinteresados colaboradores que participan en el izado y recogida de este excelente velo.

Para terminar sólo queda recalcar una idea que subyace en todo este articulo. Cuando una obra de arte, en este caso religioso, se separa del fin para el que fue creada, y cae en el olvido, está condenada a la desaparición. Y cuando el olvido se apodera de nuestro patrimonio, tangible o intangible, una parte de nosotros se extingue. Recuperarlo no consiste sólo en restaurar y conservar. También hay que explicar y dar sentido a ese patrimonio. Y es deber de toda la sociedad, cada uno desde su puesto, vigilar y exigir que esto suceda.

 

 

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