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   ARÉVACOS - Nº 32   
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ICONOGRAFÍA DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR
EN LA CATEDRAL DE EL BURGO DE OSMA

por José María Capilla de Blas


Origen iconográfico de la Natividad.

Si buscamos en un diccionario la palabra iconografía, entre las diferentes acepciones encontraremos esta: “Estudio descriptivo de las diversas representaciones figuradas sobre un mismo tema.” Su origen etimológico está en la palabra icono, del griego eikon que significa imagen. Es decir, en las próximas páginas nos vamos a encontrar cómo se fue modelando la imagen del Nacimiento de Cristo que hoy podemos encontrar en diferentes lugares, en nuestro hogares, parroquias, instituciones públicas y privadas, y de forma especial en nuestra Catedral.

Siguiendo el hilo conductor del relato evangélico, la representación de la Natividad se divide en tres partes:

1.– Los preludios, esto es, los episodios anteriores al Nacimiento.
2.– La Natividad propiamente dicha.
3.– Los temas complementarios, como la Adoración de los Pastores o de los Reyes Magos, y consecuencias del Nacimiento, por ejemplo la Matanza de los Inocentes y la Huida a Egipto. 

Aunque en este caso será el punto dos el que nos ocupe, en algunas ocasiones los pastores y otros personajes aparecerán también ligados al episodio central de la Navidad.

El Nacimiento de Cristo está relatado con absoluta parquedad en los Evangelios canónicos. Incluso en alguno ni siquiera se menciona. Sin duda la piedad popular pedía más y así los Evangelios Apócrifos ayudaron a adornar el episodio con todo tipo de detalles y hechos extraordinarios. A ellos se debe la introducción de dos comadronas, la crédula y la incrédula, la mula y el buey, y otros detalles que fueron conformando la atmósfera del pesebre, y en consecuencia la iconografía de la Natividad. 

Frente a los deseos del pueblo fiel, los teólogos tenían otras preocupaciones en torno al Nacimiento de Cristo. Estas quedan también reflejadas en la representación navideña y se centran en las dos maneras de imaginar el Nacimiento. Según unos, la Virgen María habría parido con dolor como cualquier mujer; según otros habría tenido el privilegio de dar a luz sin sufrimiento. Esta segunda opción es la que se acabó imponiendo aunque esta dualidad originó en un primer momento dos tipos iconográficos muy diferentes:

1.– En la versión oriental, de origen sirio y retomada por los bizantinos, la Natividad era un verdadero parto. La Virgen está acostada, agotada por la fatiga, y yace de costado contemplando al Niño.

2.– En la tradición occidental de finales de la Edad Media, la Natividad se convierte en una adoración según la visión de Santa Brígida de Suecia. La Virgen, que no ha sufrido, está arrodillada, con las manos unidas ante el Niño desnudo y luminoso.

Capitel de la infancia

Capitel de la infancia

 

La tradición bizantina del parto 

Según esta versión, la más rica en detalles, la escena tiene lugar en una gruta. La Virgen está acostada en el lecho junto al recién nacido enfajado, que está acostado en un pesebre o en una cuna. En ocasiones aparece amamantando al Niño. San José rara vez tiene protagonismo en esta tradición. Siempre ocupa un segundo plano, en muchos casos adormilado. Como mucho, sujeta un candil o una vela. 

El relato se completa con la aparición de las parteras a las que según el evangelio apócrifo del Pseudo Mateo acudió a buscar San José. En algunas representaciones incluso se las identifica con su nombre, Salomé y Maia, Zelomi y Salomé... La primera, después de examinar a María, declara sin dudar que ésta permanece virgen tras el parto. La segunda, permanece incrédula, y como Santo Tomás pide tocar para creer. Cuando lo hace sus manos se secan pero con sólo acariciar los pañales del Niño recupera la salud.

Este episodio aparece en innumerables representaciones de la Alta Edad Media, aunque desaparece casi por completo a partir del siglo XV.

 

El Nacimiento en la versión occidental.

El motivo bizantino del parto quedó sustituido a partir del siglo XV por la representación del Nacimiento del Niño como una adoración. La Virgen aparece genuflexa ante el Niño que yace en el suelo, sobre un montón de paja o un pliegue de su manto. 

Este cambio en la iconografía de la Natividad se explica por la popularidad de las Revelaciones de Santa Brígida de Suecia. Cuenta santa Brígida que durante su peregrinación a los Santos Lugares en 1370, se le apareció la Virgen en Belén, y fiel a la promesa que le hiciera en Roma, reconstruyó ante su mirada y con los menores detalles la forma en que Jesús vino al mundo. La Virgen vestía una túnica transparente, a fin de mostrar a Santa Brígida claramente su carne virginal. En el momento de parir se descalzó, como Moisés ante la Zarza ardiendo, se levanto el manto blanco, se quitó el velo, dejo caer sus cabellos dorados sobre los hombros, después preparó lo pañales y vendas del Niño que dejo a su lado. Cuando todo estuvo bien dispuesto, flexiono las piernas y comenzó a orar. Mientras rezaba de esta manera con las manos elevadas, el Niño nació súbitamente, envuelto en una luz tan deslumbrante que eclipsaba completamente la del pequeño candil de San José. Entonces, inclinando la cabeza y con las manos unidas, la Virgen adoro al Niño con gran respeto, y le dijo: Bene veneris, deus meus, dominus meus et filius meus. Luego lo estrechó contra su pecho, le corto el cordón umbilical con los dedos y lo vendo con cuidado. 

Esta descripción de la mística nórdica, concuerda perfectamente con la nueva iconografía. Incluso explica la virginidad antes, durante y después del parto al nacer el Niño como un rayo de luz que sin romper nada se materializa al contacto del rayo con el suelo. Si la Virgen aparece como adoradora, lo mismo sucede con todos los testigos de la Natividad. Desde los ángeles, de forma individual o en grupos, cada vez más numerosos, hasta la mula y el buey que se postran ante el Niño. En este caso es el evangelio apócrifo del Pseudo Mateo el que aporta más detalles: “...salió María de la gruta y se aposentó en un establo. Allí reclino al Niño, en un pesebre, y el buey y el asno le adoraron.” 

A pesar de estas dos versiones tan opuestas, en ocasiones los artistas tomaron detalles de una y otra para sumarlos en escenas, donde su libertad creadora permite aunar las dos tradiciones. Así, la representación popular y devocional del Nacimiento no distingue entre una tradición u otra. Esta iconografía que se fue conformando a lo largo de la Edad Media ha pervivido con más o menos variantes hasta nuestros días, aunque ciertos acontecimientos históricos fueron matizando el tema. El ejemplo más destacado está relacionado con el Concilio de Trento, hecho clave de la Contrarreforma. La reacción de la Iglesia Católica frente a la Reforma Protestante, procedió a la eliminación de ciertos elementos a los que se reprochaba su condición de apócrifos. Desaparecen las comadronas o el buey y el asno, a los que se considera además bestias de baja nobleza. Aún así la supresión de estos elementos no va ha ser absoluta y los artistas los recuperarán en sus composiciones como instrumentos que les permitirán una mayor libertad creadora.

 

Temas complementarios de la Natividad: la adoración de los pastores y de los Reyes Magos.

Junto a las representaciones de carácter íntimo, donde la adoración del Niño por parte de la Virgen es el hecho principal, el arte cristiano fue sumando poco a poco episodios que aportaron un gran lujo de puesta en escena. En este caso los evangelios canónicos aportaron la línea a seguir con el anuncio y adoración de los pastores, Lucas, 2 8-21, y la historia de los Reyes Magos, Mateo, 2 1-12. Estas dos escena paralelas recibieron desde el principio una importante carga simbólica, considerando que los pastores son la representación del pueblo judío que acude a adorar al Niño, mientras lo Reyes Magos son la imagen de los gentiles. Dado el interés y complejidad de estas escenas, merecen un estudio pormenorizado que quizás tratemos en futuros números de Arévacos.

 

La Natividad en la S. I. Catedral

De entre las múltiples representaciones del Nacimiento de Cristo que podemos encontrar en la Catedral vamos a analizar algunas donde encontramos la escena pura y simple del alumbramiento y adoración del Niño por parte de la Virgen y San José, previa a la llegada de pastores u otros personajes.

La más antigua representación del Nacimiento es el capitel de la Infancia de Cristo de la Antigua Sala Capitular, donde se encuentra el sepulcro de San Pedro de Osma. Esta obra, realizada en piedra a finales del siglo XII, es un relieve que entronca con la tradición siríaca. La Virgen aparece recostada a la izquierda con la mano sobre su pecho. Con el brazo derecho apoyado en el codo sujeta su rostro vuelto hacia el Niño. Esta postura induce a pesar que la Virgen está amamantando a su Hijo, aunque la mutilación que presenta el relieve en este punto ha provocado la pérdida de la imagen infantil. Junto a la Virgen aparece una comadrona que la atiende. A la derecha aparece San José, dormido, quizás aludiendo a los sueños en los que el santo varón recibió las revelaciones en cuanto al embarazo de María y la huida a Egipto. En definitiva, San José queda relegado a un segundo plano. Por último, en el extremo derecho, el Niño, ya en la cuna, es calentado por el buey y la mula, mientras los ángeles descienden del Cielo para adorarlo. 

Está representación es un buen ejemplo de la tradición siríaco-bizantina del Nacimiento. La Virgen agotada por el parto amamanta al Niño atendida por la partera, mientras San José queda postergado. Lo exacto de la mutilación de la figura del Niño nos lleva a valorar la posibilidad de que fuera un acto consciente con el que se pretendió adaptar la obra a las nuevas corrientes doctrinales impuestas a partir del siglo XIV. El complemento de la escena es el detalle del Niño adorado por bestias y coros celestiales.

El segundo ejemplo es la tabla hispano flamenca del retablo de San Ildefonso realizado por el Maestro de Osma en torno al año 1500. Ocupa el centro de la composición el pesebre en perspectiva oblicua, donde refulge el Niño desnudo. Está rodeado por la Virgen y tres ángeles , arrodillados, mientras en un segundo plano se encuentran San José y la comadrona. Aquí la tradición de las dos parteras se ha reducido a una, la crédula, que viste como una burguesa, tocada con un turbante, sorprendida por el prodigio. En cierto modo son la pareja formada por San José y la partera la que marca el tempo de la escena. San José ha ido a buscar una comadrona y cuando ambos llegan al portal se encuentran la escena que vemos en el primer plano en el que la Virgen y los ángeles adoran al Niño. El círculo en torno al pesebre lo completan la mula y el buey.

Tabla del maestro de Osma

Tabla del maestro de Osma

La escena se desarrolla en un establo, una arquitectura pobre y esquemática basada en líneas rectas, animada tan sólo por lo que parece se un dosel de tono rojizo que aparece en el espacio que hay tras la pareja de San José con la comadrona. Este espacio arquitectónico se abre al paisaje del fondo y ayuda a crear la profundidad necesaria para introducir en un plano posterior a un grupo de pastores que, guiados por un ángel, irrumpen en el establo. 

Toda la composición rezuma influencias del Maestro de Flemalle y otros autores flamencos. Estos, grandes amantes de la minuciosidad y la simbología no escatimaban en detalles que enriquecieran la escena. Así se aprecia en las vestiduras de los personajes, las alas de los ángeles o los vegetales que nacen en el suelo del establo.

Nacimiento de Villarijo

Con la irrupción del Renacimiento y los acontecimientos ligados a la Contrarreforma, la iconografía de la Natividad se simplifica como se puede comprobar en la tabla del retablo mayor de la iglesia de Villarijo, en la actualidad en el Museo Diocesano de la Catedral. En ella la escena se desarrolla de una manera simple y clara. La Virgen y San José, arrodillados flanquean a la figura del Niño, desnudo y acostado sobre una piedra envuelta en una tela blanca. Dos ángeles con filacterias con textos de alabanza sobrevuelan la escena que se desarrolla en una arquitectura ruinosa. A la derecha, en un plano secundario donde casi pasan desapercibidos se encuentran la mula y el buey, tras un pesebre vacío. 

En esta obra de mediados del siglo XVI, no sólo se ha impuesto el tema de la adoración, sino que aparece un elemento simbólico que se hará habitual. Se trata del detalle del Niño dispuesto sobre una losa de piedra a modo de altar en referencia al sacrificio de su Pasión y Muerte. De esta forma se alude al destino del Niño presente ya en su Nacimiento. 

El Barroco, en los siglo XVII y XVIII, va a imponer su tendencia efectista y teatral a la representación de la Natividad. Es el momento de los grandes belenes napolitanos con sus figuras costumbristas y escenas de género, que, en ocasiones, tienen más de profano que de sacro. En este momento el portal de Belén se va a convertir en un escenario donde se acumulan personajes de todo tipo. Rara vez, a partir de entonces, encontraremos a la Sagrada Familia en soledad, extasiados, como en el Renacimiento. Este es el caso del óleo sobre cobre que se conserva en la sacristía de la Catedral, obra de María Bacheler. Esta poco conocida autora de vena rubeniana, continua con la costumbre de su inspirador introduciendo en la escena pastores y pastoras. Más habría que considerar la escena como la Adoración de los pastores que el Nacimiento de Cristo.

Adoración de los pastores

Por último, en una de las obras de arte más modernas de la catedral vuelve a aparecer el tema de la Natividad con la sobriedad del texto evangélico e impuesta en la segunda mitad del siglo XVI por la Contrarreforma. Nos referimos a una vidriera situada en el brazo norte del crucero. Esta pieza de finales del siglo XIX fue realizada por la casa Rigalt, uno de los talleres de vidrieros más importantes de España en torno a 1900. En su obra, el grupo del Niño acostado sobre una sábana, a los pies de la Virgen que lo venera arrodillada, ocupa el primer plano. Tras ellos, separado por la cuna, San José presencia la escena mientras intenta que no se apague la vela que tiene en sus manos. Al fondo, las bestias que ajenas a lo sucedido quedan casi en penumbra. Toda la escena queda coronada por un ángel. En el fondo un arco que se abre a un paisaje impreciso ayuda a crear cierta sensación de profundidad. Toda la composición queda enmarcada por una moldura rematada con pináculos de vocación neogótica.

Vidriera del Nacimiento

Vidriera del Nacimiento

En suma, esta selección de obras de arte muestra como la aparentemente sencilla e inmutable representación del Nacimiento de Cristo se fue formando a lo largo de la historia, tomando como origen diferentes tradiciones y corrientes doctrinales. Por otro lado, si en este breve artículo se mencionan cinco piezas de la S. I. Catedral de El Burgo de Osma, no es porque no hay más, sino por no extendernos en demasía. 

Ciertamente la Catedral, nuestra Catedral, es toda una enciclopedia de Historia. Y así debemos valorarla, como la piedra angular de nuestra villa, el legado de nuestros antepasados.

 

 

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