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   ARÉVACOS - Nº 35   
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CIEN AÑOS. ¡QUÉ SANA ENVIDIA! 

por Carlos Robredo  
   


Más de setenta años en el ejercicio de una profesión y poder contarlos, y celebrarlo, no es cosa normal. Llegar a los cien años de edad, en perfectas facultades mentales y alardeando, con todo motivo, de una espléndida memoria, aún es más insólito. Ambas cosas las ha conseguido don Fermín. 

Nació en 1908, en esta Villa de El Burgo de Osma y salvo breves períodos en su juventud, nunca la dejó. Aquí ejerció la abogacía y aquí sigue, entre nosotros, paseando la calle mayor solo o del brazo de alguna de sus hijas, o hijos, cuando están por aquí.

D. Fermín en la Catedral junto con sus hijos

Ellos, sus hijos, fueron quienes, en reconocimiento filial y por admiración profesional, le rindieron un entrañable homenaje al que acudieron sus familiares, un numeroso puñado de amigos y relevantes personalidades del ámbito político español. Entre ellas y solo por nombrar algunas citaremos a Manuel Fraga presidente honorífico del Partido Popular, Javier Rojo Presidente del Senado, Francisco J. Hernando Presidente del Tribunal Supremo, Mariano Fernández Bermejo Ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón Alcalde de Madrid, Eugenio Gay Presidente del Consejo General de la Abogacía, José C. Divar Presidente de la Audiencia Nacional, Baltasar Garzón Magistrado de la Audiencia Nacional, José Manuel Fernández Santiago Presidente de las Cortes de Castilla y León, José Pedro Gómez Cobo Decano del Colegio de Abogados de Soria, Alfonso Fernández Mañueco Consejero de Interior y Justicia de la Junta de Castilla y León, y tantos otros como son Presidentes de diversas Diputaciones Provinciales, General de Brigada de la Guardia Civil, Consejeros de Estado, Delegados Territoriales, Subdelegados del Gobierno, la Fiscal Jefe de la Audiencia Provincial, Fiscales, Alcaldes y un nutrido grupo de relevantes empresarios de Castilla y León y de otras Comunidades. 

Tras la misa celebrada en la Catedral y en la que sus biznietas procedieron a las lecturas con sumo entusiasmo, recibió las felicitaciones de sus familiares y del resto de asistentes y como no podía ser de otra manera, recibió, también, efusivos parabienes del nuevo Obispo de la Diócesis, don Gerardo Melgar, que había oficiado la ceremonia, del alcalde de la Villa, don Antonio Pardo y de las distinguidas personalidades de la política venidas para la ocasión.

Con los invitados a la salida de la celebración Eucarística

A la salida tuvo lugar lo que, tras el acto religioso, podríamos llamar el primer episodio de la festiva jornada. Un numeroso grupo de mariachis le aguardaban en semicírculo, ante las escalinatas de la Catedral, entonando para él “Las mañanitas”, canción tradicional mexicana que, cantada ya por todo el mundo, se utiliza a modo de felicitación. A continuación, el restaurante Virrey Palafox ofreció en su Palacio del Virrey, y en la misma plaza de la Catedral, al aire libre, un copioso aperitivo del que pudo disfrutar cualquier persona del pueblo que allí se acercara pues, la “familia Lucas”, quiso hacer partícipe de su celebración a todos sus convecinos de El Burgo de Osma. 

En el transcurrir de ese aperitivo todos pudimos saludar y charlar con los políticos asistentes ya que, todos ellos, sumados a la entrañable celebración, mantuvieron una cordial actitud muy lejana a la que nos suelen mostrar en su quehacer diario. La gente lo agradeció y algunos aprovecharon para fotografiarse a su lado. Todos los invitados, en un tranquilo paseo, discurrieron por la calle mayor —por la que antes había bajado don Fermín a la misa, acompañado de banda y música— en dirección a los comedores de El Virrey donde tuvo lugar, además del banquete, lo más emotivo y festivo de la celebración. 

Tras la lectura del telegrama de felicitación enviado por Su Majestad Juan Carlos I se sucedieron breves discursos pronunciados por algunas de las personalidades asistentes en los que, todos ellos, dirigieron a don Fermín Lucas De La Rica palabras de reconocimiento llenas de admiración; "Ha librado un duro combate en la vida pero ya, con la centenaria majestad, vemos que es un hombre que ni se asusta, ni se rinde".

Vino Español para todos los asistentes

Así hablaba su hijo mayor Juan José, Vicepresidente segundo del Senado. Fraga, por su parte, abominó la palabra “picapleitos” y afirmó que eso, alargar los pleitos para ganar más dinero, nunca lo hizo Fermín Lucas. Gallardón le citó como “un firme defensor de la razón y la civilización” y Javier Rojo, Presidente del Senado, soñaba, en voz alta, y envidiaba un reconocimiento similar pues es, decía, un reconocimiento a una trayectoria profesional y a una gran persona. 

En muchas otras intervenciones se glosaron las virtudes de don Fermín pero sobre todo se habló de él con cariño, con el mismo cariño que, en el ejercicio de la abogacía, ponía él en sus asuntos, el cariño que regalaba a sus clientes intentando siempre evitar los pleitos, pleitos que, afirma, “tienen lugar con demasiada habitualidad en nuestros días”. Ha vivido mucho y ha visto crecer, y situarse, y triunfar en distintos ámbitos, a sus hijos y a sus nietos, y recuerdos guarda a millares y habla de todo y responde a todo porque de todo se acuerda y si no lo creen, parenle por la calle mayor, aborden su paseo diario y pregúntenle...

Asistentes al banquete

Decía que hubo discursos, y hubo tiempo también para que el ministro de justicia, señor Fernández Bermejo, le impusiera la Cruz de honor de la Orden de San Raimundo de Peñafort. Es bueno, para saber de su importancia, divulgar el significado de dicha condecoración pues fue, por decreto del 23 de enero de 1944, cuando se creó la Cruz de San Raimundo de Peñafort para “premiar los relevantes méritos contraídos por cuantos intervienen en la Administración de Justicia y en su cultivo y aplicación del estudio del Derecho en todas sus ramas”. 

Se creó rememorando las excelsas virtudes de un dominico español, San Raimundo de Peñafort, nacido en una familia noble de la comarca catalana del Penedés que a los veinte años de edad ya era profesor en la Universidad de Bolonia y que ingresó en la Orden de los Dominicos cumplidos los treinta y siete. Confesor de reyes y papas, cronista insigne, estudioso iluminado de las perspectivas del Derecho y de la Moral, fue básicamente su sentido universalista, su alma misionera, su sabia pluma de legislador y tratadista, lo que ha dejado un rastro imperecedero en la memoria de los hombres y mujeres vinculados al servicio del Derecho y de las Leyes. Murió en Barcelona, en enero de 1275 y fue canonizado por Clemente VIII el 29 de abril de 1601.

Entrega de la Cruz de Honor

Volviendo a los discursos previos a la comida, no podemos olvidar las palabras que, desde el estrado, el mismo Fermín Lucas, en una demostración de memoria, cariño y fuerza, dedicó a, como él las citó, “mis dos mujeres, a quienes debo todo lo que soy” y que no eran otras que su madre y su esposa, ambas fallecidas. El salón, entonces, retumbó por el estruendo del caluroso y general aplauso. 

A los postres, los mariachis cantaron las canciones de su repertorio y parecía que don Fermín no tuviera ninguna prisa para que aquello finalizase. No nos extrañó, pues se le veía, entre más de cuatrocientos invitados, arropado por los suyos y radiante de felicidad. De nuevo, y ahora desde estas páginas, sea para usted, don Fermín, nuestra admiración y, por su centenario, la más cordial y sincera de las felicitaciones.

 

 

 

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