Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Tal como teníamos previsto, a las 5,30 horas salimos los cuatro amigos para efectuar nuestro anual viaje a Ceuta. Esta vez el recorrido sobre ruedas lo hicimos en el Opel Corsa de Gustavo y Marisa, ya que la vez anterior lo realizamos en el nuestro.

El trayecto hasta Algeciras transcurrió sin ningún incidente; claro que de esto hará unos veinte años, poco más o menos, y las carreteras no estaban tan transitadas, aunque nunca se está libre de un reventón o despiste en una de sus acentuadas y peligrosas curvas.

Una vez aparcado el coche en zona controlada, fuimos a reconfortamos con un estimulante café con churros. Como íbamos bien de tiempo, pues ya teníamos hasta los billetes del transbordador, nos dirigimos tranquilamente hacia el muelle dispuestos a atravesar el Estrecho rumbo a Ceuta. El motivo de nuestra excursión no era otro que ir de compras, pues entonces estaba aquella pintoresca ciudad en pleno auge comercial. Hoy no merece la pena, siempre que vayas con estos fines, ahora, si es para disfrutar del acuático viaje y pasear por aquella plaza de soberanía, entonces es diferente. Todo menos quedarse anquilosado en casa. Por lo que a mí respecta, me apunto hasta a un «bombardeo»...

Con objeto de aprovechar el tiempo al máximo, nos embarcamos en el transbordador que efectuaba el primer viaje. El día era realmente espléndido como correspondía al mes más florido del año: mayo. Tan sólo una ligera brisa de levante que hacia más rítmica y sugestiva la travesía.

Tras un perfecto atraque y el ordenado desfile por la pasarela, ponemos pie en tierra del continente africano. Nuestra alegría era evidente, aunque mucho más acentuada en nosotras, ya que como la mayoría de las féminas nos entusiasmaba las «fruslerías». Por la larguísima calle Real iniciamos casi todos los foráneos el desfile. Para evitar posibles interferencias en las compras con nuestros maridos, optamos por separarnos y así cada cual podía dedicarse a lo que le interesaba.

Marisa y yo, como es lógico, a las camisas, paraguas, aunque de estos estábamos bien surtidas, ¿quien se resistía por un precio casi tirado a no cargar con algunos?, más que nada, por cubrir el compromiso del fastidioso regalito... En algo que también reincidimos fue en las coloristas y chinescas mantelerías, que dicho sea de paso, apenas si se usan, so pena de tener invitados, pero, ¡cómo librarse de aquella tentación si eran tan lindas! Por supuesto, tampoco podían faltar los cojines del tresillo, el del butacón de la abuela, sin olvidar el del perro, pues sin lugar a dudas para nosotras era un miembro más de la familia. En el aspecto gastronómico, el queso es obligado, igual que la mantequilla, los bombones y una lista interminable que nos venía corto el día. Nuestros maridos tampoco perdían el tiempo, aprovisionándose de botellas de whisky, utensilios de pesca, los recambios para el coche, las hojillas de afeitar, tabaco, mecheros, y algo más importante: la mini-calculadora, para ajustar después en casa quién de los dos gastó más...

Es curioso observar cómo todos los consumidores miramos nuestro reloj con expresión angustiada, quizás porque el tiempo se nos acaba, ya que puntualmente suelen cerrar a las dos. A esa hora más o menos nos habíamos dado cita con nuestros esposos en una confortable plaza muy próxima al lugar en el que habíamos de almorzar. Una comida, más que a la carta, yo diría que al telégrafo, porque a Ceuta nadie iba a comer un buen filete, sólo a cargar con paquetes, a tal extremo, que a veces nos faltan manos de tantos como llevábamos. Así que las dos horitas del cierre, indudablemente, era nuestro mejor regalo.

A las cuatro en punto retornamos al marathon. En este segundo y último tiempo ya íbamos los cuatro juntos, más que nada para que fuesen ellos los que cargasen con las voluminosas bolsas. El retorno era mucho más cómodo, pues aparte de que lo habíamos comprado casi todo, íbamos cuesta abajo en dirección al muelle. De pronto, mis ojos se fijan en un escaparate repleto de relojes de pulsera verdaderamente atractivos. Invito a mi esposo a que entremos y le sugiero que se compre uno, pues el que tenía estaba algo anticuado, comparado con los digitales que ofertaban, de lo más «guay». El se resistía, pero al final se queda con uno. Para mi gusto, precioso. Continuamos la ruta, esta vez sin detenernos. Observo cómo Javier de vez en cuando se miraba el nuevo reloj y no parecía estar muy contento. Hasta que oímos que exclama en un tono algo indignado:

-Nada, que no veo ni jota, ¡vaya reloj que he comprado, el indio me la paga. Y le digo yo:

-¿Y tú no te diste cuenta que era un reloj juvenil y tú tienes ya más años que el loro del tío Joaquín?

- Pues tú, Sonsoles, bien que me animaste diciendo que era bonito.

-¿Y es que acaso no lo es? Vamos a ver, Javier, que culpa tiene el que vende que tú sólo veas la hora en un reloj de pared? Y así fuimos discutiendo y queriendo echarnos la culpa mutuamente de lo que ya no tenía remedio.

Cansadísimos, al fin, llegamos al muelle. Cuando contemplamos el barco comentamos disgustados: -¡Vaya suerte, nos ha tocado el peor! Aguardamos en la interminable cola, logrando pasar a bordo en fila india por la estrecha pasarela. El transbordador estaba de gente «hasta la bandera», intuíamos que no podríamos ni sentarnos, eso era ya lo que nos faltaba. Javier, localizó una butaca por la banda de babor, pero ésta no le acaba de gustar porque daría mucho el sol. Sin suerte llegamos a proa y seguimos por estribor. A todo esto sin perder de vista el suelo, porque el puñetero barco tenía más «mierda» que un jamón. Se comprende que alguien de la dotación, en el ultimo momento se le había ocurrido baldearla y estaba tan pringosa la cubierta que a todos nos hacia patinar. Yo estaba viendo que algunos irían de cabeza hasta con paquetes al mar, por lo que me agarré fuertemente al brazo de mi esposo, por si yo era la víctima que me acompañase en mi ultimo «viaje», porque la verdad es que no sé nadar. Al final «aterrizamos» en unas hamacas de lo más mugrientas. Con objeto de ponerse algo más cómodo, Javier levantó el cojín y lo adosó al respaldar, y entonces..., ¡sorpresa, sorpresa!, descubrió que el anterior pasajero, el muy guarro, había dejado allí la «mascada».

Se levantó del asiento, como podéis comprender con bastante indignación, pues el pobrecito mío se caló hasta el pantalón. De allí nos fuimos al bar, y había una sola mesa libre, lo que nos produjo gran extrañeza, aunque pronto comprendimos por qué. Junto a nosotros, solitaria, se hallaba una Sra. en posición de relax; de pronto, un ejercito de niños fueron hacia ella gritando, ¡mamá, mamá!, y en menos que canta un gallo perdimos todos la paz...

Por fin, acabó la agitada travesía, no por la mar, que estaba como un plato, sino por las peripecias. Y como final de «fiesta» a pasar por la Aduana. ¡Esto si que tiene tela marinera! A mi modo de ver es lo peor de la jornada. Si declaras honradamente, estás lo que se dice perdida, pues las compras te salen caras, y si pretendes «dártelas de lista» -como me sucedió a mí- y algo quieres ocultar, el remedio puede ser peor que la enfermedad.

Con este último aguante de plantón en la Aduana, que te inflama las varices hasta de las almorranas, incluso los más tranquilos acaban por protestar, y aseguran convencidos que a Ceuta no vuelven más... Palabras, sólo palabras que se pierden en la mar. ¿Quien se libra del veneno que ejerce en el ser humano las dichosas baratijas? Por ello, estoy convencida de que al que le guste comprar, cuando pasen cuatro días y olvida los malos ratos, le dicen:

-Qué, ¿te vienes a la «Cochinchina»? ...y sin pensarlo dos veces, se va hasta con temporal.






 

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