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A finales del siglo XV existían ya en Europa más de doscientas imprentas. La tercera parte correspondía a Italia, y a prudente distancia Francia, los Países Bajos, España, Suiza y Gran Bretaña. A partir del XVI la expansión de la imprenta aumentó de manera sobresaliente y no se ha interrumpido hasta el día de hoy.

Aunque la fecha final de la imprenta incunable se fija en el año 1500, los libros de la primera mitad del XVI presentan las mismas características. Sin embargo, se produce en este siglo la mecanización total del libro tipográfico por obra de los grandes libreros alemanes, franceses e italianos, conviviendo con ediciones de imprentas locales de carácter más o menos tradicional.

El mundo librero se diversifica y se distinguen ya el impresor, el editor o el comerciante.

El número de lectores y compradores aumenta con el avance de las lenguas vernáculas, que van enriqueciendo su vocabulario, fijando su ortografía y su gramática. Aparecen libros de derecho, medicina, información y distracción, como los que hablan de descubrimientos geográficos o los científicos, que anuncian la revolución ideológica del XVII. También los libros emblemáticos que tratan de diversas materias: política, artes marciales, amor, moral y religión. La temática religiosa se innova en el agitado contexto espiritual de la Europa del XVI; el mundo cristiano ha quedado dividido en dos: el protestante, de la zona más rica y culta, y el católico de la más pobre y atrasada. Las obras religiosas también se traducen a las lenguas vernáculas, aunque los católicos prohiben, con una censura tremenda, la lectura de la Biblia.

Cuando surge el movimiento protestante, las medidas represivas que sufre el libro se multiplican. Con la imprenta nació la verdadera censura, pues antes, en los tiempos de los manuscritos, el mundo del libro era fácil de controlar por el escaso número de ejemplares. Al principio, la iglesia protegió a la imprenta, reconociendo su utilidad, pero pronto empezó a tener recelos viendo que se le iba de las manos.

En 1480, los Reyes Católicos libran de impuestos al comercio del libro y favorecen la difusión de la imprenta porque pensaban que los libros ennoblecían a sus súbditos y contribuían al desarrollo de la ciencia y la cultura. En 1502 varían de postura y el rey empieza a frenar el desarrollo de la imprenta; había que tener autorización previa a la publicación, y se dan normas sobre las características que debían tener los libros. Ya se exige que aparezcan en portada el nombre del autor y el pie de imprenta. Para dar la licencia se encargó a las audiencias de Valladolid y Ciudad Real, y a las autoridades eclesiásticas de Toledo, Sevilla, Burgos y Salamanca. Pero será en 1515 cuando el control del libro se intensifique al imponerse por el papa León X la censura previa en toda la cristiandad en el Concilio de Letrán. Las medidas represivas no cesan y en el Concilio de Trento, en 1545, aparece la Sagrada Congregación del Índice que dura hasta el siglo XX. En España existía la censura real y la censura inquisitorial que, a veces, actuaban al unísono.

Respecto a la presentación del libro se impone la letra redonda frente a la gótica que sólo perdura era Alemania. La calcografía predomina sobre la xilografía. Los libros se ilustran con orlas y la portada se generaliza en el XVI, soliendo aparecer el retrato del autor y a partir de mitad de siglo se generalizan los motivos arquitectónicos. Aumentan los talleres de encuadernación que se independizan de los impresores. La encuadernación funcional se generaliza frente a la de lujo, así, las tapas de los libros se aligeran con el cartón en vez de la madera. Aparece la típica decoración renacentista con motivos florales, orlas y amorcillos. Se utiliza mucho la rueda, para hacer orlas y enmarques por presión, y el dorado por influencia española. En España sigue viva la decoración mudéjar.

Con el incremento de la lectura se generalizan las bibliotecas. Aunque todavía se sigue la costumbre medieval de colocar los libros sobre pupitres, se fue generalizando la idea de dar al local de la biblioteca la forma de una sala con estanterías a lo largo de las paredes.

Vamos a fijarnos en los acontecimientos más importantes que acontecen en los principales países.

ITALIA.
Tenemos que destacar la figura del impresor Aldo Manucio (1449-1515), que se sitúa entre los siglos XV y XVI. Tenía una gran formación humanística tras estudiar en Roma y profundizar sus estudios griegos en Ferrara, y en 1490 se trasladó a Venecia donde quería establecer un taller para imprimir, fundamentalmente, obras en griego. Realizó una extraordinaria labor fijando lecturas griegas de manuscritos que buscaba por Italia y Europa y publicándolas. Al principio se cuidó él mismo del necesario trabajo filológico, pero, a medida que su negocio iba creciendo, vio la necesidad de fundar en 1512 la Neakademia, centro intelectual helenista, en torno a su negocio y a su casa, en donde se hablaba griego y se recordaba el mundo clasicista.

Empezó con la gramática griega Erotemata, de Constantino Láscaris e imprimió todo tipo de autores griegos. Encargó los tipos griegos a Francisco Griffo de Bolonia, pero resultaban difíciles de leer por sus abundantes ligaduras y contracciones.

La fama mayor le viene a Aldo por una colección de clásicos latinos e italianos en formato reducido, en octavas, libros pequeños comparados con los grandes volúmenes de la época. Son los aldinos, para los que empleó unas nuevas letras, encargadas a Griffo, que convenían a las reducidas dimensiones de la página, que se pueden considerar una variedad de la romana, ligeramente inclinada hacia la derecha y que se llaman aldinas, cursivas o itálicas; hoy en día sigue utilizándose para distinguir palabras en un texto en romanas. El primer libro de la colección fue el de Virgilio al que sucedieron muchos más debido a su éxito.

Anejo a su imprenta tenía un taller de encuadernación, que solía realizar en piel de cabra marroquí. Fue de los primeras que mostró influencias de la encuadernación islámica y contribuyó a dar a conocer la técnica del dorado. Utilizaba una plantilla de cartón que se va imponiendo a la de madera que no será desplazada hasta el siglo XVIII.

En 1502 apareció su famoso escudo con el ancla y un delfín enroscados y la enseña festina lente «corre despacio».

A Aldo Manucio se le puede considerar el primer editor educador, pues su labor no tuvo propósitos económicos sino intelectuales al poner al alcance de los cultos y sensibles más pobres buenas ediciones de los mejores autores clásicos.

Su taller continuó con su suegro, Andrea Torresano, luego con su hijo Pablo y su nieto Aldo, el Joven.

En Italia también destacaron los impresores Antonio Blado, impresor de la Cámara Apostólica, Gabriel Gioliti y la familia Giunta.

En el próximo capítulo veremos otros países en los que se desarrollaba el libro en el siglo XVI




 

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