Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Coincidiendo con la salida de este número a la calle se celebra el Día del Libro, el día grande de las letras de este país. El argumento para que sea ese día y no otro es que el 23 de abril se conmemora, no el nacimiento (29 de septiembre de 1547), que es lo que comúnmente suele dar lugar a fiesta y jolgorio, sino el óbito, el deceso, el final de uno de esos raros especímenes que pululan por los márgenes de la racionalidad y medran utilizando el lenguaraz e incordiante doble filo de la pluma.

Se celebra, digo, la muerte perra y aperreada de un tal Miguel de Cervantes, frate de tiempos ha, opulento de genio y magín y poco probada cordura, que vivió en carnes y estómago las consecuentes penitencias de su locura escritoria, y que, lógicamente, murió rodeado de putas y piojos después de haber escrito un tocho de mil quinientas páginas que, pasado el tiempo normal para estos casos -o sea, ido ya al otro barrio aquél que lo escribiera- fue reconocido por el señor gobernador de las españas ínsulobaratarias y demás calañas consuetudinarias en la propiedad y guarda de la pela como la obra literaria más grande de todos los tiempos.

Al tipo, que la espichó en su paupérrima casucha de la calle del León esquina a Francos, tras serle hecha la prueba del nueve -dos pinchazos de lezna zapateril en los ijares- le dieron tierra en algún sórdido rincón del convento de las trinitarias descalzas de la madrileña calle de Cantarranas. Y, al parecer, tan al lado y tan hondo lo sepultaron (los muertos pobres hieden el doble, pues huelen a muerto y a pobre) que jamás han podido recuperar el más mínimo vestigio de sus restos. 

Otras voces -que nunca faltan las malas lenguas-, a poco del sepelio, dieron por decir que las gallinas que criaban las trinitarias en la corraleta del convento se pusieron “de buena racha”, pues los huevos que vendían en las abacerías de los alrededores eran el doble de gordos. De ahí que, durante un tiempo, la gente diferenciaran los huevos como “de los corrientes” y “los huevos de Cervantes”.

Fecha memorable la tal fecha. Acontecimiento de fasto y gloria que es aprovechado por gerifaltes de curias y cabildos para poner real y medio de laureles sobre los héticos y depauperados frontispicios de quienes dedican su tiempo y demás miserias a este viejo oficio, a este arte de locos y majaras, a este incordio ocupacional sin devotos, lauros ni beneficios, al que no sé si, dentro de una escala lógica, habría que conceptuar como el segundo más viejo del mundo o, tras cederle adecuado sitio a clero, políticos y banqueros, situarlo en posición más lejana a esa deífica y archirreputada cúpula de nuestras mayores glorias nacionales.

Descanse en paz aquel insigne hermano, el más grande genio de las letras españolas, que murió entre putas, piojos y locuras...





 

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