Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

El caballero había recorrido muchas leguas. Estaba fatigado y su caballo sediento y hambriento. Era mediodía. El sol empezaba a calentar la mañana e iba evaporando las gotas de rocío que se habían acomodado en las hojas de los árboles. Éstas, a su paso, le iban acariciando, juguetonas, dejando regueros que le refrescaban el semblante, ahuyentando el sueño que se abría paso sin conseguirlo por su férrea voluntad. 

El aire olía a primavera, a frescor, a polen, y el prado que se abría ante él mostraba un verdor inigualable que contrastaba con el azul del cielo y el del lago. Tras descabalgar, el animal aprovechó para beber cuanto apetecía mientras que el caballero se tumbó amparado en la frondosidad del entorno. La tranquilidad del valle sólo se interrumpía por los cantos de los pájaros y por el inusual concierto que producía el repiqueteo del bocado del équido al arrancar la hierba. 

El caballero, sin oponer resistencia, se dejó seducir por la quietud, se dejó atrapar por la urdimbre que el cansancio le iba tejiendo. Cuando despertó vio a lo lejos el pueblecito que se alzaba en el valle. Una sonrisa se dibujó en su rostro, ahora sosegado, pues sólo le separaban una leguas para encontrarse de nuevo con todos los que allí quedaron. Imaginó sus caras, surcadas por el arado del tiempo. Se preguntó si le reconocerían pues, al igual que ellos, él también había cambiado.

Instintivamente, sacó la espada de la vaina. Al enderezarla, el caballo se asustó. «¡Tranquilo!. Es mi saludo.» Aplacado el animal, se dejó montar y el caballero, asiendo fuertemente las riendas, hundió los talones en sus flancos poniendo rumbo al pueblo.

Era día de mercado y la plaza estaba abarrotada. Como pudo, fue abriéndose paso entre el gentío, las piaras y las parvadas hasta llegar a la herrería. «¡Herrero! ¡ Herrero!» Su voz sonó como un trueno cuando descabalgó. El mozo dejó de avivar el fuego y cogiendo el caballo por la brida recibió el encargo de ponerle herraduras nuevas. Su mirada, aún infantil, no podía ocultar una admiración sincera al ver la empuñadura que asomaba por encima de la vaina. Los juglares, aquellos artistas ambulantes que por un estipendio entretenían al pueblo, habían cantado las andanzas de un hidalgo poseedor de una espada milagrosa y un caballo más veloz que la luz del sol. El caballero entendió la expresión muda de mozo y poniendo su dedo índice sobre los labios se retiró.

La taberna estaba de lo más concurrida. Mientras comía se le acercó una mujer con el propósito de leerle las líneas de la mano. Como rehusara le insinuó otros servicios un tanto dudosos. Confuso, optó por reír pero el carcajeo se volvió tan cínico que la fémina se esfumó. Al salir se dirigió a la herrería. El mozo al verlo corrió a entregarle el caballo. El herrero levantó los ojos de la forja. Cuando los fijó en él una incertidumbre se levantó entre ambos y esto fue lo que resultó:

-¿Donde vas tú, forastero?
-Adonde muere el sendero.
-¿Querrás que temple tu espada?
-Mejor estará envainada.
-Buena empuñadura tiene.
-Mi mano sólo la tiente.
-El sendero es peligroso,
pues alimañas anidan
en el bosque tenebroso.
-Yo no temo a los peligros,
ni a los muertos ni a los vivos,
mientras que conmigo estén
este acero y este equino.
Ella cortará cabezas, él galopará activo.
Y cuando alcance la senda
que hasta el castillo conduce,
entonces descansaré,
pues a lo lejos veré
la silueta de mi amada
que esperándome estará
hace ya cuatro invernadas».
-¿No serás tú el hidalgo
que cantaran los juglares?
¿Ese caballero andante
desfacedor de avatares?
¿Ese noble penitente,
de alcurnia y rancio abolengo,
que a la busca de aventuras
partió hace cuatro inviernos?
-Yo no soy quien te figuras,
sin par maestro de forja.
Ahora mi caballo y yo
partiremos sin demora,
pues presto deseo llegar
antes que la oscuridad
me rodee con su sombra».
-Falta te harán unas alas
porque las leguas son muchas
y las barbas de la noche
nos traen aromas de lluvia.
-Pierde el cuidado, herrero,
mi caballo es cual Pegaso,
o ¿no conoces la historia
del dócil caballo alado?
Yo te la voy a contar
mientras echamos los tragos;
que te voy a convidar.
Fue nacido de la sangre
de una Gorgona malvada,
aquella que con mirarle
en estatua te trocaba.
Junto a una fuente brotó
este caballo con alas,
que al instante remontó
los azules cual parvada.
Belerefonte lo quiso,
también lo tuvo Perseo,
para al final ser premiado
elevándole a los cielos.
También se dice que fue
el nombre de aquel navío
del que se sirvieron ambos
para aventuras y vicios.
Ya lo ves mi fiel herrero.
Mi caballo no es alado,
pero corre como el viento
cuando le hundo en los flancos.
-Interesante tu historia, admirado forastero,
que más parece falacia que un relato sincero.
Y sin más yo te despido.
Que la fuerza te acompañe
y que los hados protejan
tu aventura y tu destino».

Se abrazaron y el caballero montó. Ojeó por última vez la plaza, ahora tranquila, vacía. Ya tenía intención de marcharse cuando un siseo le hizo volverse. Tras el hacho que alumbraba el lugar, impregnándolo con aromas de rastrojo, apareció el mozo de la herrería. Con miedo se le acercó y con la voz entrecortada susurró: «Al mago viste, ¿verdad?» Él bajó la cabeza y sonrió. El mozo continuó. «Sólo una cosa más: el nombre de tu alazán». «Ese que te estás pensando: Júpiter le hice llamar».

Un guiño fue su despedida. El galope hacia que el jinete se volviera cada vez más pequeño. El mozo, con los ojos llenos de alegría, agitaba la mano como acariciando el aire.






 

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