Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces



Sí... También hay trenes azules... Por ejemplo, el que me ha de llevar. Ese tren es azul, un Expreso azul, tan azul como el mismo cielo...

Todos los trenes tienen un color, todos los trenes son como luminosas pinceladas de color: azules, verdes, rojos, amarillos... Como las flores y los pájaros, como los horizontes y el amanecer, como los sueños y el recuerdo, como los días y las horas y los momentos todos de la vida.

Y todos los trenes tienen un destino, todos los trenes parten y caminan hacia esas otras estaciones que le aguardan al otro extremo de las vías, en la otra parte del camino, al otro lado del fugaz traqueteo que son todas las distancias.

Y llegan, siempre llegan... Los trenes siempre llegan a su destino: París, Roma, Estambul... o Cuenca, Irún o Segovia. Siempre llegan, siempre. Los trenes, los de paisaje y ráfagas, los de humo y velocidad, hacen suyas las distancias, las devoran para que no existan, las entierran bajo el poderoso caminar de sus patas de acero para que el padre, el hermano, la madre, el amigo o aquel amor que quedó agitando un pañuelo en el andén continúen tan cerca como siempre.

Pero hay otros trenes, trenes azules que recorren las incógnitas distancias de la existencia y el tiempo, trenes que cruzan los horizontes inevitables de los momentos, trenes que transportan a sus viajeros del uno al otro extremo de esta efímera incógnita que se llama vida.

Llegan cada día, a cada instante, llenos de vidas nuevas, de ilusiones nuevas y de sueños nuevos... Y también parten cada día, a cada instante, para retornar al otro lado a todos aquellos viajeros que acabaron su tiempo y estancia en esta parte.

Mi tren azul está a punto de partir. Sí... Mi tiempo ha acabado.

En el hospital me lo dijeron con toda claridad. Fue un médico calvo y regordete que miraba con cara de asustado y se trabucaba al hablar quien, después de una breve y confusa explicación sobre la clase y las causas de mi enfermedad, manifestarme ciertas consideraciones sobre la debilidad del ser humano y exponerme logros y limitaciones de la ciencia médica, a instancias mías se vio obligado a ser sincero: me confesó con absoluta franqueza lo que había y que las posibilidades de sobrevivir eran nulas, que podría durar un máximo de tres meses, luego...

Pero no me importa; treinta y siete años y no me importa... Siempre le oí decir a los viejos que ésta es una estación de paso, que la vida es un suspiro y que el día menos pensado hemos de utilizar ese billete de regreso que nos devuelve al lugar de donde partimos.

No me asusta la partida... No, no me asusta ¿por qué habría de asustarme? Yo sé que todos o casi todos los humanos tienen miedo a hacer este viaje, que temen porque piensan que nada ni nadie les espera al final del trayecto. Yo no. Es cuestión de filosofías. Ya ves.

Sé que la Parca se prepara para cumplir con la tarea que le encomendaron allá arriba, que está dispuesta para ser mi acompañante en este viaje último y sin regreso. Presiento, casi veo, su negra figura oculta tras los rojos cortinajes que cuelgan en los ventanales de mi habitación. Sé que está ahí, apenas escondida, sola, silenciosa, indolente, observando todos y cada uno de mis movimientos, aguardando a que desde arriba le llegue la orden de iniciar esa marcha que para mí ha de ser definitiva. Pero no me asusta...

Sé que me veré despojado del soporte de huesos y carne en el que residí para mi tránsito por el mundo, pero... ¿qué más da? ¿Acaso no sabemos que más tarde o más temprano hemos de morir? ¿Acaso no llevamos, por el simple hecho de estar vivos, una muerte colgada de nuestras cabezas? ¡Pues, entonces! Además, no me importa porque sé que de esta manera, al liberarme de la envoltura de carne que me encadena al mundo, dejaré atrás tanto dolor y miserias como hube de soportar durante estos treinta y siete años que fueron mi existencia.

Asumo mi destino como algo inevitable y, aunque no era mi deseo que las cosas sucedieran de este modo, al estar convencido de que cuando el último hálito escape de mis labios sólo habrá muerto mi cuerpo, no puedo sino mostrar indiferencia ante lo intrascendente del asunto.

Lo que sí me hace pensar, reflexionar y preguntarme es lo siguiente: ¿qué será de mi espíritu, de esta fuerza que ahora late dentro de mí, de esta alma o, llámese como se llame, que noto dentro y que sé que ha de pervivir después de muerta la carne?

No sé... Puede que continúe su existencia en otra dimensión, o que... ¿quién sabe?; no cabe duda de que todo cuanto pudiera imaginar sólo serían puras y simples cábalas. De cualquier forma, sea lo que sea, pase lo que pase, lo que sí es cierto es que mi espíritu está ahora, todavía, aquí conmigo, dentro de mí; lo domino, puedo pensar, hacer o decir lo que quiera; puedo soñar, reír o llorar; puedo, con sólo cerrar los ojos, proyectarme en el tiempo y en el espacio, trasladarme a otros lugares, escribir...

Pero también es cierto que mi mal avanza a pasos vertiginosos. Por eso, antes de comenzar a inyectarme esa morfina que me rescatará del dolor y me procurará una muerte tranquila, quiero llenar estos folios vírgenes con algunos recuerdos, recuerdos de entonces y de ahora, recuerdos que son tus recuerdos y mis recuerdos... Por eso te escribo, Noelia, mi amor...

Esta mañana, sabiendo que el contable de los días me tiene hecha la cuenta final, presintiendo que mi «acompañante» ultima los preparativos para la partida, y sospechando que no tendría ocasión de hacerlo de nuevo, quise pasear un rato por los sitios de siempre. Quería estar a solas contigo y con mis pensamientos... Encaminé mis pasos al parque.

Al llegar al estanque del jardín superior, aquel estanque que solíamos frecuentar juntos -o yo solo, cuando, tras tu marcha, las horas se me quedaban descolgadas y vacías-, detuve mi paseo y me senté a contemplar el agua que fluía desde la fuentecilla. Como entonces, ¿recuerdas?

El agua manaba bulliciosa y corría hasta despeñarse por entre las piedras de la cascada... Y me pregunté: ¿no era la misma agua que anduvo aquel camino en otras ocasiones?, ¿la misma agua de entonces, brotando una y mil veces desde las entrañas del manantial? ¿No era la misma que antaño se hacía caudal de pequeño río por entre los cauces de las acequias y caminaba viva por las agüeras, la misma que anegaba arriates y se extendía en los parterres para retornar de nuevo al seno de la tierra?

¿Por qué no habría de ser la misma agua de entonces; aquel agua en donde hundías tus manos para dejarle dentro tus caricias; la misma que llevabas a tus labios para hacerla parte de ti; la misma que contemplara tus ojos y mis ojos años atrás...? ¿Acaso moría para siempre al terminar su recorrido, al hundirse en las entrañas de la tierra?

No, claro que no...

¿Acaso no es esa agua la esencia vivificadora de las dalias y las rosas? ¿No penetra por las raíces y sube por los tallos hasta renacer a la luz convertida en color y belleza, en la rojez de labios o blancura nívea de los pétalos? ¿Acaso no es parte de la fragancia que exhalan jazmines y magnolias, del olor a rosas y a tierra mojada que se respira en el aire? ¿Acaso no es parte del aire mismo, de la brisa tenue de la tarde y de los suspiros que escapan siempre de los pechos enamorados? ¿Acaso no sube hasta los cielos envuelta en rayos de sol, recorre los caminos del infinito y vuelve rocío después de besar a las estrellas? ¿Acaso no es la misma agua que forma los jirones gigantes de las nubes, el blancor del horizonte y el relumbro celeste de los cielos? ¿No es la misma que retorna convertida en lluvia para llenar los campos de vida, hacerse rumor en los arroyos y preñar los acuíferos de los manantiales? ¿Acaso no vuelve a surgir, bulliciosa y llena de vida, y se hace de nuevo pequeño caudal de río en el lecho tranquilo de las agüeras y acequias? ¿No fue, no es, ésa que brota ahora ante mí? ¿No es ésa que corre y se despeña ahora por entre las piedras de la cascada...?

Mientras me levantaba del pretil del estanque, pensaba en que los hombres, en cuanto carne y materia, somos como los manantiales: simples y temporales contenedores de un agua viva e imperecedera... Por eso he de pensar en que la esencia viva de mi cuerpo, este espíritu que llevo dentro y que no ha de morir, cuando se resquebraje la estructura humana que lo contiene, brotará de nuevo a la luz como esa agua que corretea siempre por las acequias.

Caminé hasta las grandes arcadas de piedra y contemplé los sutiles velos de jazmines y madreselvas con que se cubrían las columnatas del paseo; luego, más adelante, me detuve ante las rosaledas y me parecieron más vivas y bellas que nunca. No pude resistir la tentación de tomar entre mis manos una de aquellas rosas.

Sabía que no tenía a quién ofrecérsela, que no estabas tú ni había junto a mí nadie que la esperara; nadie con una sonrisa y una promesa, casi beso ya, latiéndole en esas fronteras de amor y piel que son los labios. Pero aquella sería la última rosa, tenía que tomarla y sentir el roce cálido de su belleza, poner, una vez más, en la tersura trémula de su cáliz el amor que siempre les tuve, dejar mis besos últimos sobre la piel suave de sus pétalos...

Tomé una de ellas, la más bella. Ella sería, como lo fuiste tú, mi primero, mi último, mi único amor, mi compañera para la eternidad.

Proseguí mi paseo hasta llegar a la vieja acacia, aquella vieja acacia en la que solía jugar de niño. Los recuerdos, viejos y entrañables recuerdos, como los racimos blanco-amarillentos de sus flores parecían estar colgando entre sus ramas.

Muchas veces escalé su tronco y contemplé abrazado a las ramas más altas aquel cielo que parecía tan cerca y tan lejano al mismo tiempo. Muchas veces elevé mi mirada de niño hasta más allá de las nubes y quise hablar con los ángeles o los querubines, o lo que hubiera detrás de aquel azul infinito, ...pero nunca obtuve otra cosa que mudez y silencios. Lo achacaba a que mi voz era demasiado pequeña todavía, o a que los ángeles, absorbidos por la ingente tarea de ir colocando estrellita tras estrellita y lucero tras lucero, no disponían de tiempo para dedicarlo a charlar con los niños. Lo que nunca quise pensar es que su mudez fuera indiferencia, arrogancia, desdén...

Aquella vieja acacia, pasados los años, más alta su copa y más crecido mi cuerpo, más grande su tronco y más ancho mi corazón, fue el mudo testigo del primer «te quiero» que pronunciaron mis labios. Fue cuando me enamoré de ti, Noelia, mi joven pintora.

De aquel te quiero surgió el idilio que mantuvimos vivo durante dos largos años, ¿recuerdas?; luego, el destino se interpuso para separarnos y hacernos tomar rumbos distintos. Cuando te despedí en la estación, subida ya al vagón del Expreso, en tus ojos había unas lágrimas, y tras los míos, no sé por qué, un augurio, una sospecha, un presentimiento de que aquella despedida, aquel beso mientras el tren partía, habría de ser el último adiós y el último beso.

Tus cartas llegaban regularmente desde aquel París mágico y engañador al que te trasladaste con la beca para estudiar Bellas Artes. Al principio, cada jueves, cargadas de amor y de ansias de regreso; pero, al cabo de unos meses, de manera progresiva, se fueron espaciando hasta que dejaron de llegar. En la última me enviabas un poema ¿recuerdas? Y también me hacías ciertas reflexiones aludiendo a que la vida es tan desconcertante e imprevista como cruel y estúpida... y que los humanos, débiles, torpes e insensatos, cometemos errores que luego hemos de pagar.

Nunca pude saber qué te sucedió: no hubo más cartas ni pude localizarte cuando, transcurridos tres meses sin saber nada de ti, sin respuestas a las muchas cartas que te envié, dispuesto a encontrarte, decidí encaminar mis pasos a la ciudad del Sena.

En tu domicilio de la rue Saint Honoré, cerca de la Plaza Vendôme, unos vecinos sólo supieron decirme que sí, que habías vivido allí, sola, hasta que te marchaste, dos meses antes y sin dejar señas de ningún tipo.

Regresé. No tenía otra opción que la de resignarme y, quizás, tratar de olvidarte. Sin embargo, algo me hacía mantenerte viva en mi recuerdo, algo me hacía conservar la secreta esperanza de que algún día volverías para llenarme de sueños los instantes, que tu cara de niña y tu mirada triste tornarían para ser de nuevo aquellas gratas interrogantes que me hacían quererte más y más.

Pero nunca más volviste. A veces, queriendo encontrarte entre los versos, como queriendo rescatarte de ese misterioso dolor en que lo envolviste, leo tu poema. Siempre he creído ver algo más que una incógnita en estos versos finales:

 ...preñada el alma de dolor y llanto,
 sin que te quede fe, ni amor, ni rabia,
 y sin poder parir el ácueo engendro,
 amargo y sin piedad, que son las lágrimas.

Quizás podía comprenderte, quizás... 

Corté una ramita de la acacia para, junto con la rosa y nuestros recuerdos, llevármela a casa.

El día se acababa. Debía regresar.

Pero antes de dar por terminado mi paseo, mi último paseo, no podía dejar de ir a la estación de ferrocarril, a ese mágico lugar entre dos momentos en el que siempre flotan las lágrimas amargas de las despedidas y los besos jubilosos de los retornos.

Como todas las tardes desde el día en que te marchaste, no podía dejar de recorrer sus andenes y esperar la llegada del expreso en el que te fuiste y en el que siempre he querido verte regresar.

Necesitaba verlo aparecer en el cóncavo horizonte de la curva, verlo llegar, impetuoso y prometedor, y oír las notas alegres y rotundas de su silbato. Quería oír, una vez más, esa profunda voz de tren con la que siempre me decía: «¡Tuuuuuuú... tuuuuuuú...! ¡Sí, tú, tú, tú, tuuuú... muchacho, tú...! ¡Aguarda y alégrate! ¡Hoy traigo algo muy importante para ti!»

Siempre supe que tu regreso tan sólo era un sueño, una quimera forjada por mis ansias de tenerte junto a mí, de sentir tu calor y embriagarme con tu mirada, de saciar mi sed de ti bebiéndome el aire de tus suspiros...

Pero, aún así, siempre, todas las tardes de todos los días, como una esperanza grande y jubilosa que llegaba desde los lejanos infinitos, el tren llegaba a la estación trayéndome una larga hilera de vagones llenos de gente, ofreciéndome decenas de ventanillas para que tratara de localizar tus ojos celestes y tu sonrisa de niña a través del irisado matiz de los cristales, haciendo que mi corazón palpitara como el de caballo desbocado cada vez que, allá al fondo del andén, saliendo de los últimos vagones, divisaba a una chica de bolsa en bandolera y melena al viento ...que nunca eras tú.

Nunca más volviste, no, nunca más.

Pero, ahora, recompuestas las ansias de nuestro ayer truncado y llevando el único equipaje de nuestros recuerdos, subido ya definitivamente a este tren último y azul, parto a tu encuentro.

Los trenes, todos los trenes del mundo, siempre llegan a su destino, siempre te llevan al sitio donde quieres ir... Y sé, bien que lo sé, que este tren mío, este Expreso azul me llevará a ti; que te encontraré aguardando impaciente mi llegada en los andenes de la estación final.

A partir de ahora, sublimada la carne, extinguida ya la veleidad de la materia, volveremos a estar juntos. Y ya para siempre, Noelia; para siempre juntos como aquí nadie puede estarlo, Noelia, mi amor: juntos para la eternidad...





 

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