Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

José Barriopinto era un hombre dinámico, emprendedor y con un sentido de la moral de los que hoy por desgracia no abundan. Desde edad bien temprana tuvo plena conciencia de que el futuro de su pueblo estaba en la construcción y, como buen conocedor del oficio que su padre, abuelo y toda la parentela le habían sabido transmitir hasta hacer de él un gran profesional, comprendiendo que sólo esto le habían dejado sus padres como «herencia», ya que otros bienes materiales no pudieron dejarle por motivos obvios, no le quedó otro remedio que meter el cuello como cada «quisqui». Si al menos hubiese heredado el humor de su familia paterna, pero no, él según le decían, había salido igualito a su tío Antonio -hermano de su madre-, muy buena persona, eso sí, pero parco en palabras y alérgico sobre todo a los chistes. Este solía decir que él era muy sobrio, pero Manuela, su mujer, le corregía, que más que sobrio era «esaborío»; y no iba descaminada.

Sobre la «chispa» del autor de sus días, comentaba José a sus amigos que cuando su viejo estaba próximo a la muerte, éste le dice con toda seriedad: -Hijo, aparte de heredar mi noble y saludable oficio, que también lo realizas, porque para ello me preocupé de enseñártelo desde pequeño, te dejo veinte mil metros de terreno. José estupefacto le contesta: -Pero, padre, si la casita que me ayudaste a comprar sólo tiene ochenta metros de superficie. Manuel, con toda parsimonia y la mejor de su sonrisa, le aclara: -Pues, hijo, ahonda, ahonda, que para eso tienes el pico, la pala y mucha juventud. Y continúa D. Manuel con toda sobriedad: -Cuando yo contaba bastante menos años de los que tú tienes ahora, aprovechando que tenía unos parientes en Madrid, me dio la ventolera de marcharme a la capital con el propósito, claro está, de probar fortuna, así que con el pequeño capital que había ahorrado y mis cuatro trapos, me metí en el tren y me fui ilusionado al Madrid que soñaba. Nada más llegar me roban en el Metro la cartera y me veo sin un duro y sin saber qué hacer ni a quién recurrir. Rebuscándome en los bolsillos reúno lo justo para poder llegar a casa de mis tíos. A la mañana siguiente, con el dinero que me ofrecieron estos, me dirijo al Palacio de Comunicaciones para enviarle un telegrama a mi padre con el siguiente texto:

-Papá, me encuentro en medio de la calle y sin dinero. Y, ¿sabes lo que me contestó? -¡Hijo mío, pues ten mucho cuidado con los coches!

Ante el aplastante desenfado de su abuelo, José comprendió que no le quedaba otra solución que seguir el consejo de su moribundo padre: ¡ahondar! Quién sabe -se dijo- si encontraría petróleo... Desde luego, el humor nunca había faltado en su rama paterna. Aún recuerda José cuando su abuela Paca tenía algún hermoso pollo entre sus manos para sacrificarlo, las palabras que decía con gracia antes de cortarle el pescuezo: -¡Esto te pasa por ser pollo, si hubieras sido obispo, estarías echando bendiciones!

Pero, José, bromas aparte, no le guardaba ningún rencor a su difunto padre; todo lo contrario, le estaba profundamente agradecido porque había sabido encausarlo en el sendero de la honestidad y el trabajo. Si genéticamente no había heredado su buen humor, sí su salud y buena presencia, y lo más importante para poder labrarse su fututo: un par de manos para desempeñar su oficio, que indudablemente es de los que salen callos (pero no con garbanzos).

José, después de mucho batallar se convirtió al fin en empresario de la construcción, cuando aún no existía la Seguridad Social, lo que entrañaba más riesgo para contratar al personal.

No era como para hacerse rico el negocio de José, pero tanto sus obreros como él tenían para ir tirando. Hasta que, cierta mañana, uno de esos días desafortunados, Antoñete, un peón bastante flojo, ya que sólo era una «fiera» cuando a la hora del bocadillo se daban todos un descanso, resulta que éste «angelito», mientras arreglaba la techumbre de un almacén, se lesionó el pie derecho. Por la forma de gritar, nadie podía imaginarse que se trataba de un golpe, más bien daba la impresión que lo estaban degollando. Lo trasladaron al hospital y la baja se la dieron de inmediato. En verdad, lo del pie no era para que hubiese montado esa parafernalia, pues sólo estaba algo magullado por el golpe y la caída, pero él pasándose de listo, pretendió sacar un buen «bocado» del desgraciado accidente. Por lo que el caradura se tiró varios meses «reposando» en el «güichi» que tenía enfrente de su casa, y para no pensar en su «desgracia», bebía como un cosaco, jugaba a las cartas, se iba de pesca, etc., etc. Y en su fuero interno indudablemente estaría contento por estar sin trabajar y cobrando.

José Barriopinto, ante la larga duración de la baja de Antoñete, se encontraba como podréis suponer, cada vez más arruinado. Es más, tenía el presentimiento, que el tunante, para prolongar más su cómoda situación, cuando veía que el pie iba mejorando y le tocaba ir al médico se daba un trancazo en él. Por lo que, José, al borde del ataque de nervios, una mañana fue a ver al médico para exponerle la desastrosa situación económica a que lo estaba arrastrando la prolongada curación del sinvergüenza. El Doctor que no ignoraba esta clase de abusos, se concienció plenamente del problema de José. Lo que allí se gestó, nadie lo llegó a saber, pero no hay duda que en aquella matinal entrevista encontraron la solución idónea.

Antoñete, que ya llevaba mas de cinco meses de tratamiento, cuando aparece por la consulta fingiendo malestar, al mostrarle el pie al médico, éste le dice muy serio, dándole la máxima gravedad a su voz: -Lo de su pie se está extendiendo de manera preocupante, tiene un aspecto feísimo, vamos que no me gusta nada, nada. La lesión que usted padece, por el cariz que ha tomado, sólo la puede curar un infalible remedio. Antoñete con la cara lívida y reflejando en sus ojos el miedo, pregunta con voz trémula: ¿Y cuál es ese remedio? De manera tajante le sentencia D. Ramón:

-Esta pierna hay que amputarla, o sea, cortarla... Pero, ¿qué me está usted diciendo? -Lo que oye amigo mío, y no es esto lo peor, sino que el mal esta invadiendo otras zonas de su cuerpo. A Antoñete se le agrandan las pupilas, lo baña un sudor frío, siente un estremecimiento que le corre las tripas, hasta se le escapan unos pedos... D. Ramón, mirándole nuevamente la pierna, le indica al paciente: - Ve usted estos reflejos amoratados, esto es gravísimo, por lo que hay que operar de inmediato para atajar el mal, de lo contrario no solo tendremos que amputarle la pierna, serán otros miembros y algunos relacionados con su virilidad... Así que dispone usted de una hora para consultarlo con su familia...

Sin decir una sola palabra, Antoñete se tiró de la camilla, y corrió por los pasillos en una carrera olímpica. Se marchó, no sólo del hospital, yo creo que hasta de la Isla, pues nunca se supo más de éste «cojete» cuentista.

En la actualidad, el éxodo lo hubiese podido evitar Antoñete de haber trabajado en una gran empresa de la Bahía, si en vez de cojo se hace el «sordo»... Tengo conocimiento de un sordo «profesional» que por las noches en una discoteca toca el saxo de OÍDO, y por las mañana da clases de guitarra. ¿...?





 

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