Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

El refino de Juanito ocupaba los bajos de la casa de la señorita Engracia. Era un despacho con muchos años, donde el olor a acetona se mezclaba con el del alcanfor, causando ligeros mareos con visos de embriaguez al que entraba; con la solera que le imprimía aquella madera oscura y pegajosa, sobre todo en los días en que la humedad se masticaba, y que se alternaban con las lunas de cristal que techaban las ventanas frontales del mostrador, escaparates interiores que exhibían madejas de lana, abalorios, agujas de punto, los caballitos de cartón, el don Nicanor, y los cuatro juguetes vendibles en razón a las posibilidades de sus marchantes. El armatoste, con apariencia infinita y serpenteante, descansaba sobre un suelo de mármol blanco ya sin vetas, mate por el uso y siempre cubierto de serrín en los días de lluvia.

Crudas jornadas invernales que se hacían interminables, porque las nubes que cubrían el límpido azul, penosas, no cesaban de llorar. Días oscuros que sólo se alegraban por la nota brillante de las gotas y el repiqueteo de los chaparrones sobre la acera. Entonces la mirada de Juanito se perdía, sumergiéndose en los charcos, traspasando los límites de la realidad, al abrigo de una ilusión, una quimera, el sueño imposible de aspirar a tener ese recreo en las afueras, a saber qué era eso de las vacaciones en el balneario, a poder comer caliente dos veces a la semana, que el refino fuera suyo... Hasta que un cuervo llamado señorita Engracia picoteaba su ensoñación. Siempre aparecía durante los momentos más dulces, esos momentos de soledad que tanto disfrutaba Juanito, momentos en los que él mismo abría un haz de esperanza en su rutina, que aclaraba, a brochazos, una vida cada vez más gris.

Aquella solterona inoportuna salía cuando nadie lo hacía y siempre con el mismo fin: el cobro del alquiler. No se le pasaba ni de broma. Siempre enlutada, era la mínima expresión en lo que a altura se refería, con más años que Matusalén y con un bolso más grande que ella. Cuando Juanito la veía entrar se le mudaba el semblante, casi se petrificaba, al mismo tiempo que notaba un regusto amargo en la boca, no por el disgusto que le provocaba su presencia sino por el olor a bacalao que dejaba en el ambiente cuando se iba. Hasta arcadas le daban y tenía que ir corriendo a por el dispensador de ozono-pino, el cual, embolada tras embolada, le dejaba medio traspuesto, aunque consolado porque no tendría que sufrirla durante un mes.

Uno de esos días en los que la cortina de agua velaba el bar de enfrente, entró una muchacha para comprar dos reales de polvos de arroz. La cara era la de una muñeca de porcelana, muy blanca, con las mejillas débilmente sonrosadas, los labios perfilados en un tono muy pálido, los ojos muy negros, tanto que parecían no tener pupilas. Coronaba esta faz inmaculada una cabellera castaña por la que iban apareciendo las canas, a pesar de su juventud. Juanito, nervioso, despachó la mercancía. La muchacha agradecida se marchó dejando una estela a «maderas de oriente».

Los días siguientes fueron un calvario para Juanito. No podía quitarse de la cabeza aquel ángel que apareció en el refino. Todos notaron su desatino, su ausencia de cordialidad, su falta de amabilidad, unas cualidades que le hicieron ganarse a los marchantes que pululaban por allí, porque Juanito, aunque era feo con avaricia, tenía simpatía a raudales, rebosaba alegría, se enternecía con cualquier problema que le participaban e intentaba arreglarlo con su corazón de oro. Todas sus cualidades las guardaba en el babi que vestía, un babi tan blanco como su alma, sin arrugas, sin dobleces, sin maldad. Pero Juanito estaba raro. El mismo se dio cuenta de que algo no andaba bien. Se ahogaba. Sentía palpitaciones. Sudaba si pensaba en ella. Se le humedecían las manos si pensaba en ella. Y ese reloj en el estómago. Ese latir de día y de noche. Le daba miedo admitir que pudiera haberse enamorado.

Una semana infernal transcurrió hasta que su ángel volvió a aparecer. Entonces supo que se llamaba Magdalena, pues nada más pisar el umbral una voz pronunció el nombre que la hizo volverse. Segundos más tarde entró con la pretensión de comprar unos botones de nácar. Mientras los elegía Juanito observó, con más atención que la primera vez, aquella cabellera castaña. Una cabellera preciosa, cuyas guedejas de plata, traviesas, escapaban hasta ir a enroscarse con gracia en el moño que se asentaba sobre la nuca. Menos mal que Juanito no supo identificarla con aquella otra tan bella como antigua, la que poseía la Gorgona Medusa, cuya osadía la llevó a sufrir el castigo de ver transformado su pelo en un cúmulo de serpientes. Su maldad era tal que su mirada petrificaba a todo aquél que ponía sus ojos sobre ella. Tan sólo Perseo, con la ayuda de los dioses y su propia astucia, consiguió cortarle la cabeza, y aun separada del cuerpo, conservaba el fatídico poder. Juanito nunca supo de esta historia afortunadamente y mientras contemplaba a Magdalena eligiendo los botones, imaginaba un futuro a su lado. Ella le sacó de su abstracción al preguntarle si podía enseñar los botones elegidos a su tía. Él no tuvo inconveniente. Con ternura, la veía dirigirse hacia la puerta con la mano encogida. Por primera vez le vio los tobillos, tan pequeños como la cara. De repente, como si hubiera recibido la mirada de la mítica Gorgona, Juanito quedó como una estatua. Su mundo se vino abajo cuando vio entrar a Magdalena sosteniendo el brazo enlutado de aquel cuervo llamado señorita Engracia. No podía creer que su ángel pudiera ser sobrina de aquel demonio con piernas, de aquella usurera que sólo se ocupaba de engordar el bolso, de la solterona decrépita, propietaria del refino que él había levantado. «Qué desilusión», repetía interiormente. «Con el odio que me tiene la señorita, vamos. Como para decirle que quiero pretender a su sobrina». Ilusión. Una ilusión que duró lo que un sueño.

Y desde entonces dejaba que el tiempo resbalara despacio, mientras su mirada perdida se sumergía en los charcos viendo aquel recreo en las afueras, disfrutando de esas vacaciones en el balneario, pudiendo comer caliente dos veces a la semana, siendo el propietario del refino... dejando que los días grises y oscuros se llenaran de luz con las apariciones angelicales de Magdalena.






 

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