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la voz de un hombre sabio y bueno

«Sostengo que la revolución
 aún hoy es la paz».
Pi y Margall

FRANCISCO PI Y MARGAL

Pi y Margall (al igual que ha ocurrido con Giner de los Ríos, Azcárate y tantos otros personajes de la contemporánea historia española) está tópicamente incluido en la lista negra hispana de los «malditos». Son casi como tiñosos y figuran en la categoría de seres que conviene mentar lo menos posible.

Sin embargo, ellos tuvieron su bondad, una gran bondad, y hombres como Pi y Margall contribuyeron intensamente, con la entrega de su esfuerzo, de su vida entera, a la búsqueda de una España mejor, más justa, más humana, más fraterna.

«Con ser grande la importancia de los planteamientos políticos de Pi y Margall, aún es mayor su valor filosófico», afirma tajantemente García Casanova. En realidad, este autor no hace sino reafirmar lo que ya en su momento vio Federica Montseny, cuando dijo en el prólogo que puso a La reacción y la revolución que en esta obra «el político es absorbido y dominado por el filósofo».

El político e intelectual Francisco Pi y Margall es una figura central de nuestro siglo XIX, que hasta fechas muy recientes no ha empezado a ser debidamente valorada. «Pi y Margall -dice Jutglar- constituye una de las figuras claves -una de las figuras más importantes- de la segunda mitad del siglo XIX en España».

Pi y Margall, una de las últimas y más logradas expresiones de nuestro romanticismo político, es un caso singular de cómo el esfuerzo y la inteligencia pueden superar las adversas condiciones de fortuna.

Francisco Pi y Margall nace en Barcelona el 29 de abril de 1824. Era hijo de una familia muy modesta, lo que obligó a los padres a ingresarle en el seminario de Barcelona; en 1847 se trasladó a Madrid donde se doctoró en Derecho. Al principio tuvo que trabajar en diversos oficios para ganarse la vida: se empleó en la sucursal madrileña de la Banca Martí y ejerció funciones de colaboración y crítica literaria en diversas revistas -Renacimiento, El Correo...- si bien, muy pronto se dedicó a la política. En 1854 publica La reacción y la revolución, libro básico para conocer su pensamiento, pero ya antes había dado a la luz un tomo redactado por él de una monumental Historia de la pintura en Italia, que sufrió la persecución de la censura eclesiástica. La misma suerte corrieron sus Estudios sobre la Edad Media.

Desde el diario La Discusión mantuvo grandes polémicas en el curso de las cuales defendió siempre el socialismo como ideología compatible con el partido democrático. Su republicanismo le obligó a huir en 1866, fijando su residencia en París, donde permaneció hasta 1869, en que regresó a Madrid, al ser elegido diputado para las Cortes Constituyentes convocadas por la revolución del 68.

Al establecerse la República (11 de febrero de 1873) Pi quedará inevitablemente ligado a su suerte. En el primer Gobierno de la misma, cuya presidencia ocupaba Estanislao Figueras, Pi se hará cargo de la cartera de Gobernación, pero, habiendo renunciado Figueras a dicha presidencia, será Pi y Margall quien la ocupe, lo que hará desde el 11 de junio hasta el 18 de julio, breve período que marca la culminación de su actividad política. El día anterior a su dimisión -17 de julio- había quedado fechado el proyecto de Constitución Federal de la República Española.

Aunque Pi dejó justificada punto por punto su actividad política en dos libros -El reinado de Amadeo de Saboya y La República de 1873-, la verdad es que a partir de 1874 se dedicará, sobre todo, a su bufete de abogado y a sus actividades de escritor. Son los años que publica Las nacionalidades, Joyas literarias, Las luchas de nuestros días y el primer tomo de una Historia general de América. En 1890 fundó un semanario político titulado El Nuevo Régimen, órgano de propaganda federalista que realizará un papel fundamental en la elaboración del «Programa Federal de 1894».

En 1901, el mismo año de su muerte, ocurrida el 29 de noviembre en Madrid, visita Barcelona para abrir los juegos florales con un discurso famoso. Pi y Margall es ya el anciano venerable, respetado y admirado por todos, aunque seguido por muy pocos, que nos retrata Azorín en La voluntad: «El anciano está sentado en un amplio sillón. Tiene la barba blanca; sus mejillas están sonrosadas; los recios cristales de unas gafas tamizan el brillo de la mirada. Es menudo de cuerpo; su voz es incisiva y penetrante. Y conforme va hablando, sencillamente, ingenuamente, va frotándose las manos una con otra, todo encogido, todo risueño... En el tremendo desconcierto de la última década del siglo XIX, sólo este español se yergue puro entre la turba de negociantes, discurseadores y cínicos».

A su muerte un periódico aseguraba que «será eternamente admirado allí donde haya hombres que abominen de la guerra y de la injusticia social, de la tiranía, de la desigualdad de clases, y que tengan por ideal la paz y el amor al prójimo. El amor santo que un día reconciliará las razas y las naciones en una federación universal».

La honestidad y coherencia que corre a lo largo de toda la vida de este hombre singular se refleja en la profundidad de su pensamiento. Y como dijo la voz de este hombre sabio y bueno: «Sostengo que la revolución aún hoy es la paz».





 

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