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Regla1Por espacio de sesenta y nueve años permanecieron los canónigos en el monasterio, hasta 1399, en que los que les sucedieron fueron llamados a León por no tener ningún otro convento la Orden en aquellas tierras. Era entonces Duque de Arcos don Pedro Ponce de León, cuarto señor de Marchena, quien, para que la imagen no quedase sin culto, entregó el 22 de abril de dicho año el Monasterio a la misma Orden de Ermitaños de San Agustín.

Por las causas expuestas, los canónigos de León tuvieron que volver a la residencia de su catedral.

Hacia finales del siglo XIV o principios del XV el castillo fue convertido en iglesia. De ese mismo tiempo data la construcción del monasterio.

Fuera del monasterio, cuatro pasos al oeste de la iglesia, está el sitio llamado Humilladero, en el cual se alza, sobre el pozo o cisterna donde por espacio de muchos años estuvo oculta la imagen, una capilla levantada en su honor. El Humilladero fue restaurado en 1948.

En el año 1633, el entonces prior del monasterio, movido por la piedad que al lugar se profesaba, determinó se construyese allí mismo la capilla.

Como en aquellos tiempos el puerto de Cádiz era el centro comercial del orbe, donde afluían los navegantes de todos los mares, el monasterio y la imagen de Regla hiciéronse famosísimos y no había bajel alguno que al entrar en el puerto gaditano no saludase a la Virgen, cuyo Monasterio se encontraba al paso, como un faro de salvación y áncora de esperanza, entonando los hombres de mar la Salve Regina y disparando las salvas de su artillería, cuyos ecos se fundían con los atronadores vivas entusiastas. La Virgen de Regla, que adquirió desde los primeros años de su aparición fama y renombre universal, además de los títulos mencionados al principio fue aclamada honor y prez de la costa gaditana, pues, para los que luchaban contra las furiosas tormentas, el Monasterio era el primer punto de tierra que sus ojos tenían la dicha de divisar en su arribo a España y el último que contemplar al alejarse de ella. No sólo de Chipiona y pueblos comarcanos se presentaban a Ella y la aclamaban como protectora, sino también de toda Andalucía, de España entera, de América, de muchas partes del extranjero, acudían a sus pies en demanda de protección y en ofrenda de afecto.

Permanecieron los agustinos en el Monasterio todo el siglo XVIII y parte del XIX. Durante la Guerra de la Independencia, expulsados por los franceses tuvieron los religiosos que abandonar su retiro. De resultas de esta exclaustración desaparecieron muchas alhajas de valor, y se vio la imagen privada de las ricas ofrendas que habían acumulado las generaciones de varios siglos.

Cuando regresó a España el Rey Fernando VII restauróse el Monasterio, volviendo a él los religiosos, hasta el año 1835, en que les cupo la misma suerte que a los demás religiosos de España.

Regla2El pueblo de Chipiona, al ver la soledad en que quedaba la Virgen, llevóla en solemne procesión hasta la iglesia parroquial y allí la veneró hasta 1852. El Monasterio quedó abandonado por esta segunda exclaustración, oyéndose sólo el majestuoso rumor de las olas que iban a estrellarse contra sus derruidas murallas, así como el graznido de las aves de rapiña, únicas moradoras del edificio. El camino que conducía a éste, y que por muchos siglos pisaron pies descalzos de fervorosos peregrinos, hallábase desierto y cubierto de hierbas. Bien pronto el Monasterio comenzó a sentir los efectos de todo edificio deshabitado. Así fue cómo poco a poco fue viniéndose a tierra.

Por aquellos entonces, los Duques de Montpensier fijaron su residencia en Sanlúcar de Barrameda, y una tarde de julio de 1851 marcharon a Chipiona entrando a orar en su iglesia. Llamóles la atención el rostro negro de la imagen y, puestos al corriente dc su historia, decidieron visitar el Monasterio. Al ver el estado ruinoso en que se hallaba decidieron restaurarlo, volver a él la imagen y poner un capellán que atendiese a su culto y al cuidado del templo. Pedida la correspondiente autorización del Gobierno, y después de no pocas dificultades, lograron la licencia. Al objeto de allegar recursos para la reparación del santuario y traslación de la imagen, que se pensaba hacer con toda solemnidad, abrióse una suscripción en Sanlúcar de Barrameda, Cádiz, Jerez, Puerto de Santa María, Rota y Chipiona, que iniciaron los Duques con una fuerte suma, uniéndoseles la Reina Isabel y el Cardenal de Sevilla. Reparado el templo y el camarín se procedió al traslado de la imagen el 7 de septiembre de 1832. Diecisiete años había estado ausente de su santuario. Quedó encargado de su custodia el Padre Castro, sacerdote de Chipiona, perteneciente a la comunidad agustina. Posteriormente, los demás Reyes de España y la nobleza contribuyeron a enriquecer el santuario. Al correr de los años, otra Orden religiosa, la franciscana, se hizo cargo del mismo. El viernes 25 de agosto de 1882 salió del colegio franciscano de Santiago de Compostela la futura comunidad de Regla, instalándose en el ruinoso Monasterio.

A primeros de enero de 1906 quedó abierta al culto la nueva iglesia, que vino a sustituir a la antigua, derribada por ser insuficiente.

Aunque la imagen de la Virgen de Regla de Chipiona es la primitiva de esta advocación, no es la única existente. En la que fue iglesia de San Acacio, de Sevilla, y colegio de Padres Agustinos, había otra imagen, si bien con el rostro blanco. También tenía erigidos altares en iglesias de otras poblaciones, como Madrid, Canarias, Brujas (Bélgica) y La Habana (Cuba). La de Brujas es copia de la de Chipiona. Su culto en La Habana data de 1694. Un peregrino llamado Miguel Antonio construyó en la playa de Bahía una pequeña ermita con limosnas y un donativo del Alguacil Mayor de La Habana, castellano de nacimiento, don Pedro Recio de Oquendo, que regaló una imagen. El santuario se hundió por un huracán en 1693, y fue restaurado por don Juan Martín de Coniedo, que allí hizo vida de ermitaño. Se le unieron otros devotos, haciendo vida de anacoretas.

Los leoneses llevaron el culta de Regla a Sevilla, a Santo Domingo y a otros puntos. Es de suponer lo estableciesen también en La Habana, como piadosa reminiscencia de la devoción que se le profesaba a la Virgen de Regla no sólo en León, sino también en parte de Andalucía. El pequeña barrio de mareantes y pescadores de Regla tomó tales proporciones que llegó a ser de los principales de La Habana. Había comenzado con un pequeño núcleo de chozas de pescadores que en todos sus apuros y peligros invocaban a la Virgen y a las que la tranquila playa brindaba cómoda aparejo para atracar sus lanchas y secar sus redes.

Los milagros obradas por intercesión de la Virgen de Regla son numerosísimos. Quizá el más curioso es el llamado de la teja. Hallándose una mujer gravemente enferma, invocó con gran fe a la Virgen, que acudió a su lado y, sentándose junto al lecho encima de una teja que allí había, tocó con su mano a la enferma, que quedó curada en ese instante. Este hecho ocurrió en el año 1629. La teja se conserva hoy en el santuario forrada de plata. Sobre ella corre un cristalino chorro de agua que ha sanada a muchas enfermas.

El camarín de la Virgen esta cubierto de ex votos y, si nos fijamos en que todos son anteriores a la restauración del santuario, comprenderemos mejor el número incalculable de favores que en un siglo ha dispensado la Virgen de Regla. Y esto sin tener en cuenta que habrán sido muchísimos más aquellos que no han ofrecido más ex voto que su perpetuo agradecimiento. Entre las muchas ofrendas, destacaremos una lámpara de plata donada por el Marques de Villafranca y Prefecto de la Real Armada, don García de Toledo, por haber sido salvado milagrosamente de una gravísima enfermedad. Figuran entre estos ex votos muchos cuadros reproduciendo curaciones milagrosas, pequeñas reproducciones de piernas, ojos, brazos, muletas, fotografías de personas curadas por la Virgen, pinturas de naufragios acaecidos en alta mar, etc. Se ven también hombreras de diversos empleos de Jefes y Oficiales de distintos Cuerpos de la Armada, de Guardias Marinas, de Aspirantes, de Alumnos de Infantería de Marina, casi todas del tiempo de la Monarquía, distintivos de Oficial de la Marina Mercante y una cinta del Canarias, que, probablemente, data de la guerra de Liberación, etc.

Si se cuentan los favores obrados por la Virgen de Regla, veremos que abundan las relacionados con el mar. Según hemos descrito, son numerosos los auxilios a náufragos que la invocaban; calma de terribles tempestades en el embravecido océano, etc. Ya dijimos que la Virgen se complacía en obrar numerosos prodigios en el mar, pasando a ser como algo característico de su dominio sobre el océano. Tantos son los prodigios de este tipo cuyo recuerdo nos conservan los viejos manuscritos, y creemos serán innumerables aquellos de los que no ha quedado memoria.

La devoción de los marinos fue lo que hizo levantar las santuarios de La Habana y de las Islas Canarias. Ella fue también objeto y tema de un antiguo cuadro existente en la iglesia de San Agustín de Cádiz. Las marinos -y eran muchos- que de aquella ciudad partían querían implorar a sus mismas plantas la protección de que indiscutiblemente con más devotos contaba entre los navegantes por entonces.

Siempre que los buques -españoles y extranjeros católicos-, al volver de las tierras descubiertas por Colón, divisaban a la entrada del Guadalquivir, o desde la ensenada de Cádiz, el santuario de la Virgen de Regla, saludaban con numerosas salvas a su protectora, no habiendo bajel grande ni pequeño que dejase de testimoniar de alguna manera los sentimientos de gratitud y de acendrada devoción que a la Virgen profesaban aquellos varones que, en nombre de Dios y de su Santísima Madre, tomaban posesión para España de mares y mundos hasta entonces desconocidos. Por ello, el que iniciaba su ruta lanzaba una salva en honor de Ella, que, al regreso de una dura travesía, una vez superadas todas las dificultades, resonaba en los aires en acción de gracias. Esta era la manera mas sencilla de explicar la devoción a la Virgen de Regla que los españoles llevaban a América.

A esto se debe que la Virgen de Regla fuese nombradísima entre los marinos y navegantes de todas las naciones, y el que su primero y último saludo fuesen dirigidos a Ella.

Buena prueba es que fueron varias las embarcaciones de los siglos XV al XVII que recibieron el nombre de Nuestra Señora de Regla, y existió durante el transcurso de ellos constantemente en la Marina española un buque con aquel título, según consta en las expediciones de barcos hacia América y que dan fe los historiadores, así como de que esta advocación mariana fue en pasadas épocas muy venerada por la gente de mar.








 

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