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En claro contraste con el siglo anterior, nos encontramos en
uno de los momentos más brillantes de la historia del libro. Se
aportó poco en ideas literarias, pero las que hubo fueron
publicadas con excelente calidad. Se utilizó el mejor papel, la
mejor letra y cuidadas encuadernaciones.
Estamos en la época dorada del libro. El pesado estilo barroco
cede su sitio al estilo rococó que se convirtió en el heredero
brillante y ligero, alegre y elegante que congeniaba con las
formas y el estilo de vida que caracterizaba a las clases
superiores del XVIII frente a lo pesado y pomposo del siglo
anterior. Las portadas eran más ligeras, el papel de los libros
era más liso, blanco y de mejor calidad, y las letras más
diáfanas y claras. La ornamentación se libera de la estricta
simetría y sus motivos se disponen de modo asimétrico. En Europa
los libros llevan ilustraciones pequeñas y sencillas, aunque en
Francia hubo buenos ilustradores.
Los centros intelectuales en el XVIII ni eran monasterios ni
universidades, sino salones de casas nobles, librerías,
academias y cafés donde se formaban tertulias de amigos que
leían, hablaban y discutían de temas literarios, históricos,
científicos, sociológicos y políticos.
Deja de escribirse en latín, pero surgen entonces barreras para
la intercomunicación de los hombres de ciencias. Como remedio,
se puso de moda el francés.
FRANCIA
El incremento del número de lectores y de aficionados a la
bibliofilia favoreció la difusión del libro a pesar del control
de las autoridades y de las altas tasas legisladas.
Los temas que predominan son los científicos, morales y
literarios en los que abundaba la literatura galante, erótica,
porno, novela y poesía.
Se produce el apogeo francés de libros ilustrados, sobre todo de
1750 a 1775. Gracias a la afición al lujo de la corte se
pudieron mantener, pues requerían un elevado coste. Había
ilustraciones ornamentales y de la página entera de acuerdo al
tema del libro. Entre las obras ilustradas más importantes
podemos citar un Moliere de 1734, editado con ilustraciones de
Boucher, o las Fábulas de La Fontaine, de 1759, con
ilustraciones del pintor Oudry. Quizá el libro más bello se
considera «Choik de Chansons», de 1773, de B. de Laborde y
editado por Lormel.
Era una literatura bella y hedonista. Las grandes obras
francesas del pensamiento, de Montesquieu, Rousseau, Voltaire,
se publican fuera de Francia por su mordacidad.
También son importantes los nuevos tipos de imprenta y los
nuevos punzones de Louis Luce, los de Fournier y los de la
familia Didot en cuyos tipos se basa toda la tipología actual.
Francia también va a la cabeza de la encuadernación. Aparece el
«encaje» o «dentell» en las portadas. También populariza el
mosaico. A finales de siglo, con Napoleón como emperador, de las
alegres y ondulantes líneas rococó se pasó a una imitación de la
simplicidad lineal de la antigüedad con el estilo imperio. Las
excavaciones de Herculano y Pompeya habían despertado el interés
por la artesanía romana.
El gusto por la información de la floreciente sociedad urbana
favoreció la difusión de las publicaciones periódicas que
surgieron el siglo anterior, y de las de temas científicos que
se creía que contribuían a aumentar la felicidad del hombre.
Esto propició la boga de enciclopedias metódicas y diccionarios
enciclopédicos, representados magistralmente por la Enciclopedia
que empezaron a dirigir d’Alernbert y Diderot y que contó con
160 redactores representantes de la minoría culta de esos
tiempos, que confían en la razón y pretenden analizar
científicamente la naturaleza, la sociedad y el individuo. Su
nueva visión de la vida aceleró el mundo de las ideas que
contribuirían al final de la centuria al derribamiento del
modelo de vida del llamado Antiguo Régimen y al triunfo, a
través de la Revolución francesa y americana, de las ideas
democráticas que imperarán en el XIX y XX.
A finales del XVIII, la Revolución significó la hora crítica
para el arte francés, que reaccionó contra el refinamiento de
las clases altas, imponiendo la austeridad del espíritu romano,
y para la bibliofilia francesa, pues todas las bibliotecas de
iglesias y monasterios fueron declaradas de propiedad nacional
y, en 1792, confiscadas las de los emigrados. Fueron saqueadas
con un fanatismo similar al de la Reforma del XVI. Así terminó
la floreciente época dorada del libro francés.
INGLATERRA
Gracias a la Revolución Industrial se convierte en primera
potencia del mundo. También es la pionera en el mundo del libro,
fuertemente influenciada por las modas francesas y su afición a
la bibliofilia.
El gusto por la lectura propició el desarrollo de la prensa
diaria. El primer diario es THE DAILY COURANT, entre 1702-1735,
normalmente hojillas de carácter político violento.
Por contraposición surgió una prensa más moral y educativa con
TITLER y ESPECTATOR.
Los gobiernos ingleses desde fines del XVII dieron leyes que
favorecían el alza del libro. Así la libertad para instalar
imprentas o la Ley de Propiedad Intelectual de 1709.
Sus libros iban más al contenido, no al lujo, eran sobrios, pero
magníficos en su construcción tipográfica, impresión, papel y
texto.
Entre los impresores destaca Baskerville (1706-75) que inventó
una tinta muy negra y un nuevo papel satinado. Publica Bucolica
y Georgica, de Virgilio, y Paradise Lost de Milton.
En el 1508 llegó la imprenta a Escocia y en el XVIII adquirió
brillantez.
En EE.UU. se empieza a desarrollar la imprenta tras la Guerra de
la Independencia.
Destaca la figura de Benjamín Franklin, más editor que
tipógrafo.
ITALIA
Sigue la tradición europea en el XVIII. Los centros son en este
siglo Venecia, Roma, Bolonia, Padua, Florencia y Turin. La
principal característica de la época es el abandono de la
cursiva de Manucio, que pasa a los márgenes, y la adopción de la
letra romana.
Destaca Giambattista Bodoni, impresor y grabador de nuevos tipos
que sería nombrado por Carlos III impresor de su Majestad
Católica. Es famoso su Telémaque.
ALEMANIA
Empieza a resurgir tímidamente del letargo del XVII a causa de
la Guerra de los 30 Años. Se siente la influencia francesa, pero
no destaca. Podemos citar al impresor Inmanuel Breitkopf,
asentado en Leipzig, que inventó un nuevo método de anotación
musical.
ESPAÑA
Se inicia el siglo con la Guerra de Sucesión, que acaba con los
Austrias y trae a los Borbones. El anquilosado estado español
empieza a racionalizarse. Las universidades decaen y aparecen
nuevos centros de interés: Real Seminario de Vergara, Real
Academia de Bellas Artes de San ·Fernando, la Biblioteca Real,
que llegará a ser la Nacional, la Academia de la Historia,
escuelas de medicina y cirugía de Cádiz, escuelas minerales,
jardines botánicos y numerosas academias al servicio del estudio
de la cultura española. Así, en 1714 se crea la Academia de la
Lengua que, entre 1726-39, publica el Diccionario de
Autoridades. También aparecen las sociedades de Amigos del País,
que intentan implantar modos de vida más racionales y ser la
levadura del país. Para llegar a un circulo mas amplio se crean
periódicos.
Resulta esencial para el mundo del libro español el reinado de
Carlos III, de quien se cuenta que tenía una imprenta en su
residencia de Aranjuez en la cual trabajaba personalmente.
Concedió exenciones y franquicias a impresores, fundidores de
tipos, fabricantes de papel y encuadernadores, y protegió
industrias estrechamente relacionadas con los libros, como las
de papel y las pieles.
Entre las disposiciones más eficaces en pro de las artes
gráficas hay que citar la supresión de la tasa de los libros, en
1762, y el acuerdo con la Compañía de Impresores y Libreros, en
Madrid, en 1764, para la publicación de libros litúrgicos en
España (todavía en manos de la imprenta de Plantino). En cambio,
subsistieron durante el XVIII las disposiciones relativas a la
censura.
La vigilancia se extremó en los libros venidos del extranjero,
que a juicio de los consejeros de la Corona podían propagar
ideas peligrosas para el altar y el trono.
Entre las figuras a destacar tenemos la del impresor Ibarra y la
de A. Sancho, más editor que impresor. El aragonés Ibarra
estudiaba y ayudaba a su hermano que era impresor en la
universidad. En 1753 abre su taller en Madrid y se convierte en
impresor del rey y de la Academia Española. Dada su cultura
influyó hasta en la ortografía, pues distingue la s y la f, la u
y la v y no parte al final de la línea las palabras bisílabas.
Nuestro próximo capitulo entrará en el siglo XIX del mundo del
libro.
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