Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

La pregunta de por qué permite Dios el sufrimiento, la guerra, la enfermedad, etc. , está cargada de prejuicios. Este artículo pretende desvelar y evaluar el mayor de todos ellos, un prejuicio que nace de la naturaleza misma de nuestra razón y que, sin apenas notarlo, vicia nuestra inteligencia de todas las cosas. Este artículo pretende responder la pregunta inicial a través de la invalidación de tal pregunta.

Dicho prejuicio es la tendencia universal del pensamiento humano, presente a lo largo de la historia de las ideas, a explicar lo presente desde lo ausente. Los conceptos de «alma», «espíritu», «Dios», «causalidad», «personalidad», «sentido», «finalidad» y otras más son ejemplos en este sentido. Particularmente no me encuentro cómodo ante tal proceder de la razón, pero reconozco que no es un comportamiento absurdo y que, seguramente, proporciona más ventajas que inconvenientes al género humano, no sólo respecto a temas metafísicos o éticos sino incluso respecto a los científicos.

La existencia de este prejuicio gnoseológico puede ser contrastado, de modo que no es una mera opinión. Las evidencias que apoyan la tesis son, no obstante, de carácter etimológico en vez de empírico. Pero así debe ser, después de todo, si el material de la tesis son conceptos y no realidades transconceptuales. Veámoslo través de un ejemplo: la observación de los cuerpos vivos descubre que todos respiran y que, cuando esto no sucede, el cuerpo está muerto; el sentido común piensa que el tránsito de uno a otro estado de la materia sucede cuando ésta y otras características desaparecen; pero entonces la vida no se fundamenta en nuestra materialidad (de por sí en perpetua apnea) sino en un cierto añadido que es capaz de animarla, a saber, el «alma» o «espíritu»; así es cómo, en efecto, la voz latina «spiritus -us» significa literalmente «soplo de aire, aire» y «anima -ae» significa «soplo, aire, brisa» (la filosofía reservó la primera voz para hablar de un tipo de sustancia opuesta a la materia, mientras que la segunda se reservó para hablar de lo que hay en cada hombre de espiritual, esto es, su «alma» individual). Otro ejemplo: a veces llueve y a veces sale el sol; los científicos recurren a los concepto no observacionales como «isobaras», «anticiclón» o «capas de la atmósfera» para explicar lo que sí es observacional; a saber, que a veces llueve y a veces sale el sol.

Como digo, no me gusta este proceder general de la razón. Me parece que el recurso a lo trans-empírico para explicar la experiencia es una suerte de vulneración de los límites inherentes al pensamiento. Pero de hecho funciona. Al menos en el caso de la ciencia: sus ideas son reales, no fantasías de nuestra imaginación. Lo sabemos porque es capaz de predecir acontecimientos y porque sus tesis son convalidables con la experiencia. No ocurre lo mismo con la metafísica o la teología, pues a ver cómo nos montamos un experimento en el que se demuestre la existencia de la sustancia espiritual.

Soy materialista y ateo por esta desconfianza en los procederes del pensamiento. Kant me enseñó a serlo en su Crítica de la razón pura, en donde establece la distinción entre lo que podemos conocer (los objetos de la ciencia) y lo que solamente podemos pensar pero no conocer (los objetos de la metafísica). En consecuencia con mi postura filosófica, no creo que todo responda a un plan del Espíritu, ni tampoco que el cuerpo necesite un motor no-corporal. No me convence el adagio «no hay mal que por bien no venga». No creo que seamos el ombligo del mundo y no pienso que toda mi vida cumpla una función en el orden general del universo. El género humano no es lo que dignifica a nuestro planeta, sino el responsable de sus desgracias y sus peligros. ¿Hay un sentido de la vida más allá de la propagación de genes? No. ¿Hay vida más allá de la muerte? Sí, la de los gusanos y las plantas de cementerio (a menos que nos incineren). ¿Por qué tuvo que morir tal persona? ¿Porque «siempre caen los mejores»? No hombre, no. No hay un motivo humano para la muerte de los hombres. La gente muere porque está hecha de carne y hueso y tiene fecha de caducidad. Las articulaciones se desgastan, el sistema nervioso degenera y el corazón se cansa y acaba fallando. ¿O qué te pensabas? ¿Que estás hecho de oro?

Me gusta la filosofía de la segunda mitad del siglo XX porque reconoce la falta de un sentido humano para la existencia. Ortega y Gasset decía que necesitamos dar un sentido a nuestra vida. Sartre pensaba que la vida no tiene sentido, que es absurda y angustiante. Yo creo que ambos se equivocan, que no llegan a una verdadera tesis positiva sobre la existencia. Me parece a mí que siguen anclados en otro prejuicio: que el hombre se define independientemente de su corporalidad. Porque, la verdad, cuando leo a estos autores no sé si me están hablando de hombres o de entelequias ideales. Ignoran quiénes somos.

Somos en nuestro cuerpo. Yo creo, además, que somos nuestro cuerpo. Él no entiende de filosofías vanas: sabe lo que necesita y lo que nos hace felices. Pero nosotros pensamos que tenemos alma y no lo escuchamos. Con la representación del pasado (que ya no es) y la preocupación del futuro (que todavía no es), apagamos su voz (que es ahora). ¿Es que nadie vive sobre sus pies?

Bueno es recordar y buena es la prevención del futuro, porque la memoria y los proyectos forman nuestra identidad. Pero la vida se desarrolla en tiempo presente y nuestra identidad se demuestra siendo, igual que el movimiento se demuestra andando. ¿Y qué somos? ¿Lo que fuimos? ¿Lo que queremos llegar a ser? No.

Somos lo que ahora somos. Yo, uno que se divierte escribiendo cosas. Tú, uno que se lo pasa bien leyendo y curioseando en una revista. El currante uno que no se divierte, pero que se gana el pan, que ya es bastante. ¿Somos algo más? De momento no. Mañana ya veremos qué estamos haciendo.

Basta ya de esencias ideales. Mira qué estás haciendo ahora y verás quién eres.






 

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