Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Presiento que ésta va a ser su última carta. Después de lo que en ella me cuenta, ¿qué esperanza le cabe a nuestra correspondencia? Sí, lo sé. Entre nosotros ya no puede existir la confianza que iba transformándose en verdadera amistad: las cosas son así de crueles, y no basta que dos seres dispuestos a la comprensión sean testimonio de nada. De nada, sospecho, porque nuestras cartas, ante la verdad de unos hechos vergonzosos, tan sólo son letras sin importancia. Pese a que en nuestras misivas olvidábamos explícitamente hablar de la guerra, es ese un tema demasiado real para pasarlo por alto. Pese a que en nuestras misivas se imponía la comprensión por cada uno de nuestros bandos, sospecho que todo era humo, algo que sólo importaba a nosotros.

La verdad era otra y hoy, al recibir su última carta, veo con claridad que nuestros deseos eran cosa de niños. Que la guerra no beneficia a nadie, que destruye, que crea odios. La guerra es destrucción, matanzas sin fin y sin control, mi bando y su bando existen sólo para destruirse. La bondad, la amistad o la comprensión por el enemigo es pura retórica.

En el fondo queremos que nuestro enemigo se hunda en la muerte y en la miseria . En la guerra no existe clemencia.

Su carta me llega, una vez más a través de nuestro común amigo inglés y la mía le será remitida por el mismo conducto.

No quiero que la bondad que me llegaban en sus letras se extinga. Sus cartas han sido un aliciente a los días grises de terror. Desde que iniciamos la correspondencia muchas cosas han sucedido y ninguna buena. La tierra es un cráter donde esconder los cadáveres amigos. Las horas de trinchera, tan largas y las noches asimismo tan largas, es lo único que puedo contarle. La amistad que poco a poco ha ido creciendo en nuestras cartas se ve rota, definitivamente. Cuando pensé que escribirme con usted era sólo una forma de matar el tiempo y llenarme de ilusiones, me mentía: estas cartas han sido mucho más en mi vida y esperaba que la guerra terminase para llegarme a conocerla. Ilusiones, claro. Porque la realidad es otra: usted pertenece a un bando distinto del mío y lucha por sus creencias, como yo lucho por las mías. Pero, aunque sus creencias y las mías son tan distintas, en sus letras encontré un camino donde esconder mi timidez.

Ahora se rompe todo. Me dice del horror que padeció cuando su pueblo fue saqueado, asesinados los hombres y violadas las mujeres. Imagino la escena. No es la primera vez que he sido testigo de algo parecido. La tropa se venga en los seres inocentes, toma su revancha, vejando mujeres y niños, saqueando, destruyendo...

En la guerra todo nos está permitido -se nos dice- y hace de los hombres unos malvados incontrolables. El fuego y la muerte es la recompensa que se nos da. El llanto de los indefensos es lo que aplaudimos. Nos transformamos en malvados sin importarnos si nuestros actos sirven para nada. Destruir por destruir.

Sin decírmelo explícitamente sospecho que usted, mi amiga, fue violada. Como todas las mujeres de su pueblo. Y sin decírmelo, sé que no recibiré ninguna otra carta suya. La bondad de nuestras almas se ha roto. Ahora, por fin, somos enemigos. A partir de ahora yo seré para usted, no un amigo, sino su violador.

Es por esto que temo que mi carta no llegue a ser leída. Y por esto mi carta, esa que estoy escribiendo, será también la última que lleve al correo.»

Cierro el sobre y lo envío a cartería para que mi amigo inglés la haga trasmitir a las manos de mi amiga la madrina de guerra. Entre estas letras y las primeras, han transcurrido once meses. Muchos compañeros han muerto, muchos prósperos pueblos destruidos, hundidos en la miseria. Y la sangre vertida, ¿cómo olvidarse de tanta sangre vertida? Alzo la mirada al cielo. Lloverá. El estruendo de los cañones engaña a la naturaleza y hace descender una lluvia generosa. 

Hoy puede llover en cualquier momento. No importa.





 

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