Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Allá por el año 1960 visité en su casa a Don Gabriel González Camoyano, a quien mucha gente de más de cuarenta años vinculará con la Academia de doña Emilia. Don Gabriel era en aquella época algo así como el poeta más reconocido en la Isla; digamos que poeta «oficial», si se tolera el término social de la palabra, pues era reclamado en todas las efemérides literarias de nuestra ciudad como un poeta «de primera magnitud» y de continuas colaboraciones en la Información del Lunes, de Cádiz.

Le pregunté en aquella ocasión que qué hacía falta para hacer una poesía nueva. Él dijo, con una sonrisa no poco picarona, que «escribir una poesía increada». Me imagino que se refería a una poesía que aún no estuviese escrita o que no se pareciese a la(s) escrita(s) hasta el momento. De hecho, yo no tenía inquietudes estilísticas en esos años de entusiasta aprendizaje. Leía entonces a poetas posmodernistas, a los del 27 y una antología que se publicó a comienzos de la década: Cuatro poetas de hoy, buen espécimen de la generación de los 50.

Sinceramente, los que no hemos nacido para jefes de fila -Rubén, Juan Ramón, García Lorca, Neruda..., por poner ejemplos de poetas contemporáneos-, nos consolamos con ser poetas sincréticos; o sea, que por olfato hemos asimilado un poco de cada genio y con esa trama de hilos de variados colores nuestra comunicación poética se nos hizo posible.

He dicho anteriormente que no tenía inquietudes de innovación radical o moderada, sin embargo, en 1966 quemé en El Canal, muy cerca de los eucaliptos que velaban las cuevas del fondo, sobre una arenilla blanquísima, alrededor de trescientos poemas que ya no me gustaban en absoluto y cuya lectura, cargada de lastres del pasado, me era insufrible. Y es que todo poeta o artista lleva en sus anhelos de creación el afán, si no de innovar, por lo menos el no repetir a sus modelos hasta la saciedad.

¿Era un instinto de estilismo? No; de superación. Todo poeta medianamente dotado tiene una intuición que le lleva a desligarse de sus modelos primitivos, con el fin de tantear nuevos caminos. ¿Fue Rubén Darío un genio estrictamente creador, o más bien un poeta de poderosa capacidad aglutinadora que hermanó en feliz camaradería lo clásico español, la poesía francesa del siglo XIX y lo más granado de la literatura europea del momento? Como Rubén, pero a escala inferior, hay muchísimos poetas que han trenzado diversos hilos en una urdimbre expresiva que nunca se acreditará como estilo propio, pero que ya en sí es de laudable mérito.

En otros casos se da una búsqueda insaciable. Es el caso de la poesía experimental de a finales de los sesenta en nuestro país; pero es justo recordar un antecedente: el postismo. A su vez, hemos de remitirnos al surrealismo de las vanguardias. En la década de los ochenta, los jóvenes poetas volvieron los ojos a las formas clásicas, si bien atenuadas frente a un clasicismo a ultranza. Han surgido otros poetas nacidos en los años sesenta que han retomado ese camino de una cierta elaboración del poema (tengo ante mis ojos una recomendada antología titulada Selección natural, de Universos, Gijón, 1995. En ella hay una variedad que puede ser estimulante al joven poeta actual).

Pero volviendo a la idea obsesiva de una creación ex nihile, o sea, de la nada, hemos de confesar con escepticismo que no es nada fácil. Sin embargo, es el leif motiv del articulo y seguiremos insistiendo.





 

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