Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces


La Sra. Mª Eugenia Aguila del Monte, apellido que no guarda ninguna relación con su elegante persona, porque ella es por naturaleza y por nacimiento de ciudad; siempre, claro está, que en ella figure el «Norte Inglés», ya que sin éste tonificante complejo comercial -que la libera de sus presuntas frustraciones- su vida, como la «10ª Sinfonía de Beethoven», estaría incompleta. Bueno tampoco hay que exagerar, pues Mª Eugenia, mujer sensible y amorosa a ratos, tiene su corazón muy repartido, ocupando sin género de duda el principal espacio, Oscar, su tierno y dulce esposo, y el segundo indudablemente es para su querido «Peluchín»; extremoso y simpático animal al que le dedica buena parte de su precioso tiempo. Por supuesto, habrá quien se lo critique, pero nunca el verdadero amante de estos nobles y fieles animales. Es de admirar la paciencia y el amor que derrocha, no sólo con su perrito, pues también prodiga su generosidad con los pajaritos, a tal fin, que un nutrido grupo de gorriones sevillanos se dan diariamente cita en su florida terraza, muy próxima ésta al Patio de los Naranjos -en pleno Corazón de Sevilla-, sólo para degustar ese pan que ella recopila con discreción y celo, y todo para que a sus frágiles «criaturas» gorrioneras no les falte «el pan nuestro de cada día».

Me cuentan de esta exquisita mujer, sevillana de pro, que el menú que elabora para su «Peluchín» es de lo más variado, predominando las hermosas y compactas croquetas, de «carne especial» -según figura en la bolsita que adquiere en el «Super»-, pero que, por su exiguo precio, habría que poner en duda su calidad. Pero en fin, lo importante, es la fe que a ella le merece el proteínico alimento, y, sobre todo, el cariño que derrocha la buena señora al convertir esa carne picada -sabe Dios de qué- en robustas croquetas, bien condimentadas, eso sí, aunque cargándole la mano en la harina, con objeto, según ella, de endurecerlas y, así, «Peluchín» podía primero jugar con ellas al «gol», para después del recorrido comérsela.

Testigos presenciales me dicen, que es curioso ver los platos combinados que le prepara al chucho, y no crean que su comida se reduce a un horario fijo, nada de eso, éste es permanente como «Los Ángeles 24 horas». Capítulo aparte merece la historia romántica de «Peluchín». Con ésta si que habría para plasmar todo un best sellers. Cuando demostró por vez primera su «virilidad», con la también «virginal» caniche llamada «Tana», propiedad de unos amigos interesados en cruzarla con él, tanto Mª Eugenia como Oscar, no quisieron perderse el «amoroso encuentro». El feliz evento tuvo lugar en el jardín de los dueños de «Tana», a la taurina hora de las cinco de la tarde del mes más florido del año: mayo. A discreta distancia, los respectivos «padres» de los canes fueron testigos de tan gozosa y laboriosa entrega. De tan hermosa y placentera unión nacieron cinco maravillosos cachorros, que aún viven algunos para «ladrarlo»

Trinidad de la Cierva, amiga íntima de Mª Eugenia, también posee un bello y estilizado can de raza desconocida -igual que «Peluchín»-, pues ambos no pasan de ser dos guapos chuchos, no nos engañemos. Todos los domingos llevaba a su perro «Tronco» a casa de nuestra protagonista, donde los dos amigos de la infancia podían compartir a placer juegos y comidas que, indudablemente, contribuía a ensuciarle a Mª Eugenia el impecable piso; pero ella lo afrontaba con su mejor sonrisa y, en algunas ocasiones, hasta con fregona en ristre. A «Tronco», lo que más le agradaba de su visita -culinariamente hablando- eran sin duda las sabrosas salchichas, pues con respecto a las famosas croquetas, desde el aciago día que probó la primera, con la fisiológica intensión de «echarla» al siguiente, le costó lo que nadie sabe. Por ello, cuando la dueña de la casa se las ofrece, él dice que «nanay», porque después las pasa «canutas».

Estos encuentros domingueros, aunque indudablemente a los canes los hace felices, son a la vez motivo primordial para que las dos amigas hablen de sus cosas y, sobre todo, para que Mª Eugenia pueda hacer alarde del factor más importante para ella: mostrarle a Trinidad su semanal comprita en el «Norte Inglés», que evidentemente hacía palidecer de envidia a la reprimida amiga, despertando en ella el natural deseo de imitarla, a la vista de los atractivos modelitos adquiridos a precios increíbles en la «Semana Fantástica». Pero para ello, naturalmente, tenía que contar con el beneplácito de Enmanuel -su esposo- y éste era un hueso bastante duro de roer; ¡si lo sabría ella! Pues Enmanuel, seguía imperturbable anclado en el tiempo -yo diría que trasnochado-. Sus pensamientos, con respecto al arreglo de la mujer, eran exactos a los de los varones de sus antepasados. Pensaba -muy mal por cierto- que la mujer con tener un par de trajes para ir decente ya era bastante. Cuando Trinidad, de recién casada a sus veinte primaveras, trataba de convencerlo sobre su necesidad de estrenar modelitos como todas las féminas, él la «convencía» -entonces amablemente- diciéndole: -mujer a tu edad y con tu bello palmito, ¿qué falta te hace ningún «perifollo»?, eso déjalo para cuando seas mayor. Pero le llegó la inexorable hora del deterioro físico, como a cada «quisqui», y cuando pretende hacer uso de los derechos que él le había concedido a largo plazo -de cambiar de imagen- su «generoso» marido le dice en un tono mordaz que le hacía mas daño que las propias palabras: -Trinidad, para que componerte con atuendos nuevos, si lo tuyo ya no tiene arreglo.

¡La mare que lo parió! Claro, esto le sucedía por haber dependido económicamente siempre de él. En cambio, Mª Eugenia, disponía de su propio capital y nadie absolutamente podía poner freno a sus gastos particulares, ¡hasta ahí podía llegar!, por lo que ha podido gozar siempre con plena libertad de lo que más le apasiona en la vida: ir de compras.

 Asegura Mª Eugenia, que la ha hecho tan feliz el «Norte inglés» a lo largo de su existencia desde que lo instalaron en Sevilla, que ahora que ya empieza a vislumbrar su irremisible «ocaso», tiene en mente dejar en su testamento que la incineren y que sus cenizas la espolvoreen en tan maravilloso complejo comercial, preferentemente, desde la perfumería hasta la sección de confecciones».

Con tan generoso y fértil «abono», seguro que por inducción, aumentaría las ventas en su muy amado y frecuentado «NORTE INGLÉS», que, generalizando, no hay duda, nos envuelve en sus tentadoras «redes» no sólo a las féminas.





 

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