Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Un inesperado viaje -no por ello menos ameno y agradable- para visitar a familiares y amigos, me impidió escribir mis «Consideraciones» expresamente dedicadas a Gutierre de Cetina. Por ello le dedico esta lira, esperando sepa perdonarme, porque humildemente:
 
Pido excusas, Gutierre,
por no escribir de ti en el mes pasado
pues, aunque a veces yerre,
nunca me habría olvidado
de quien sus «Ojos claros...» ha expresado.

Nuestro personaje pertenece al Siglo de Oro de la poesía española, al igual que Garcilaso, Boscán y tantos otros, entre los que se encuentran los dos citados al principio, y de los cuales hablaré más adelante como es preceptivo.

Gutierre de Cetina, nacido en Sevilla en 1520, muere en Méjico el año 1557. Militar al servicio del Emperador Carlos V, lleva una romántica vida en Italia y en el norte de Europa y, como la mayoría de sus coetáneos, adopta las influencias petrarquistas e italianizantes de la época, por lo que, al igual que sobre Garcilaso, recaen las criticas de Herrera por su «blandura» al cambiar el estilo. De todas formas, sus «madrigales», especialmente el titulado «Ojos claros» son antológicos, así como sus «sonetos», como el núm.. III, en el que define en los catorce versos su profesión y su espíritu romántico:

Entre armas, guerra, fuego, ira y furores
que al soberbio francés tienen opreso,
cuando el aire es mas turbio y más espeso,
allí me aprieta el fiero ardor de amores.

Miro al cielo, los árboles, las flores,
y en ellos hallo mi dolor expreso,
que en el tiempo mas frío y mas avieso
nacen y reverdecen mis temores.

Digo llorando: «¡Oh dulce primavera!
¿Cuándo será que a mi esperanza vea,
verde, prestar al alma algún sosiego?»

Mas temo que mi fin mi suerte fiera
tan lejos de mi bien quiere que sea
entre guerra y furor, ira, armas, fuego.

Cristóbal de Castillejo (1492 ?-1550), nació en Ciudad Rodrigo, y dedicó su vida al servicio de los Habsburgo. Prolífico en su obra, escribe poesía renacentista muy parecida a la de Boscán, pero, quizá debido al éxito alcanzado (pese a su escasa obra por haber fallecido muy joven) de Garcilaso de la Vega, quien realizó plenamente la revolución poética con la fusión de los estilos castellano e italiano, se vuelve su más implacable enemigo, hasta el punto de insinuar que la Inquisición actuara contra el primero, pues él se jactaba de su lealtad a la antigua tradición castellana. No obstante, sus composiciones en coplas de pie quebrado y las traducciones que hace de Catulo y Ovidio son auténticamente renacentistas. Las críticas hacia Garcilaso podrían haber sido motivadas quizá porque su poesía habría de tener notables influencias en la obra de Fray Luis de León, especialmente con su estrofa corta llamada «lira», y en sus insuperables «églogas», que asimismo impactaron en otros de tal forma que se dice «que sin la obra de Garcilaso, ¿qué hubiera podido ser luego la de Góngora e incluso la de Cervantes?».

De ahí su poema «Reprensión contra los poetas españoles que escriben en verso italiano», cuando, entre otras cosas, dice:

Pues la sancta Inquisición
puede ser tan diligente
en castigar con razón
cualquier secta y opinión
levantada nuevamente...
Han renegado la fe
de las trovas castellanas,
y tras las italianas
se pierden, diciendo que
son mas ricas y lozanas.»

Mas adelante, lo casa con este soneto:

Garcilaso y Boscán, siendo llegados
al lugar donde están los trovadores
que en esta nuestra lengua y sus primores
fueron en este siglo señalados,

los unos a los otros alterados
se miran, con mudanza de colores,
temiéndose que fueran corredores
espías o enemigos desmandados;

y juzgando primero por el traje,
paresciéronles ser, como debía,
gentiles españoles caballeros;

y oyéndoles hablar nuevo lenguaje
mezclado de extranjera poesía,
con ojos les miraban de extranjeros.

La envidia que, como el rayo, tampoco cesa...

Hernando de Acuña, vallisoletano (1518-1580), hizo su carrera militar en África, Italia y Alemania. Y, al igual que Castillejo, critica acerbamente a Garcilaso, pese a ser, como Cetina, los seguidores del mismo y de Boscán. Muestra de ello es la parodia que hace de la Canción V de la «Oda ad florem Gnidi» de Garcilaso, de la que entresaco las siguientes liras de su poema «A un buen caballero y mal poeta, la lira de Garcilaso contrahecha»:

De vuestra torpe lira
ofende tanto el son que en un momento
mueve al discreto a ira
y a descontentamiento,
y vos sólo, señor, quedáis contento.
...Que vuestra musa sola
basta a secar del campo la verdura,
y al lirio y la viola,
do hay tanta hermosura,
estragar la color y la frescura.
...Palabras aplicadas
podrían ser estas a vuestra escritura,
pero no señaladas,
porque es en piedra dura
y ya vuestro escribir no tiene cura.»

Lamento discrepar diametralmente de los juicios que estos maestros de la poesía hacen de Garcilaso de la Vega y, por supuesto no voy a desmerecer su obra, sino ensalzarla, siquiera sea por el enorme legado que nos han dejado, para mejor enseñanza y comprensión de sus diferentes estilos, a todos los seguidores de la literatura y la poesía a través de los siglos que nos separan.

Pero no quisiera terminar estas «Consideraciones», triples en este caso, sin aportar mi particular visión trasladada a nuestros días, porque entiendo que hay cosas que no cambian, como se puede comprobar a cada instante, en cualquier caso, en toda profesión, dando (desgraciadamente) pie y certeza al dicho popular: «¿Quién es tu enemigo? El de tu oficio.» En esta ocasión, se trata de:

LA ENVIDIA

Está visto, Señor, que el gran pecado
es, de siempre, LA ENVIDIA aquí en España,
pues se critica al genio con tal saña,
hasta que su recuerdo sea borrado.

No se soporta que otro haya triunfado,
y el envidioso busca la artimaña
de «insinuar».. «decir».. meter cizaña,
dónde solo buen trigo se ha sembrado.

¡Qué pena de esos seres despreciables!
Si ellos escriben bien, pues sean amables
con «el otro» poeta y sus aciertos.

Pues, cuando sus poesías sean censurables,
no se extrañen que, en frases poco afables,
nos acordemos de ellos... y de «sus muertos».







 

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