Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Les aseguro que no soy culpable, que siempre he sido una mujer modosita, una mujer de su casa. Aunque viuda soy una mujer de su casa. Aunque viuda y joven soy una mujer honrada, sin tapujos, sin misterios. Misterios, quiero decir, que no otra cosa inmoral, que ustedes piensan. Porque se puede ser una viuda joven y hacer una vida de penitente. Enclaustrada, sin ir a tertulias, ni al teatro, sin tomar el té con las amigas. ¡Ay, soy una viuda muy puesta en su lugar, yo! Ni otro hombre, ni un mal pensamiento. Encerrada en mi pisito, sin más compañía que un gato, un gato que, además, bizquea. Encerrada con mis libros, con mi televisión. Sin saber nada de lo que corre por ahí, sin poder destripar a mis amigas. Encerrada en estas cuatro paredes, que no son cuatro, pero que si son paredes.

Ustedes sonríen. No abiertamente, pero sí con la sonrisa interior que guardan en su corazón. Y ustedes malpiensan de mí, porque me ven joven y hermosa y pletórica y vivaracha. ¡Pletórica, vaya palabrita que me saco del magín! -Toma asiento y enciende un cigarrillo-. Pues no, no fumo. Lo hago para crear una imagen distorsionada, incorrecta, de la mujer que soy en realidad. Diría mejor de la pobre, de la absurda mujer que soy en realidad. Absurda, si, guardando un luto por un marido que quise tanto y que infiel me fue Pero lo que importa de mi historia es mi fidelidad y no la suya, porque siempre fui una pebeta y estas cosas del amor y de la fidelidad las he tenido siempre muy en cuenta. Tal vez como una manía. Porque ser fiel o ser infiel a lo mejor es una manía. ¡Cualquiera sabe! -Deja el cigarrillo-. ¡Que olor tan puerco! Me taladra la nariz! (Cambiando) Pero, a lo que iba. Por lo que ha ocurrido hace sólo unas horas. Me explico. Para vomitar con ganas, lo que ha quedado dentro de mí después de la visita. Una visita de un hombre, claro. No iba a ser yo quien lo negase. Y porque era un hombre no me importó. Porque yo y mi luto. Yo y mi amor por mi marido. Como debe ser, claro. (Vuelve a encender un cigarrillo aspirándolo con deleite) ¡Qué aroma, qué placer el olor y el humo del tabaco! (Lo apaga) No quiero fumar. Estoy como loca hoy. Y no es por la visita. No es por la visita, aunque fuese un hombre tan guapo como él que fue. Las cosas como son. Tenía un no sé qué. Un no sé qué de voz atenorada. Un no sé qué de rubio sonriente... Aunque no vino a sonreír. Más bien estaba furioso, con los ojos así, saliéndosele de las órbitas, unos ojos rojos, como los de un volcán en erupción. (Vuelve a fumar). Se presentó muy mal educadamente. Como si no se supiera comportar, perdidos los nervios. Sin saber que yo era una dama. Sin corrección, como energúmeno. (Como si le imitase). ¡Que vengo a cobrar mis doscientas mil pelas del ala! ¡Que estoy hasta las narices y no salgo de esta casa sin cobrar lo que se me debe! (Cambiando, en dulce) Como un loco, el pobre. Y como si una no supiese hasta donde llegan las doscientas mil pesetas. Una porquería, vamos, como quien dice. Apenas para un viaje a Andorra. Pero estaba fuera de sus casillas. Hay personas que por doscientas mil pesetas pierden la compostura y son capaces de gritar a una pobre viuda. Gritando como los perros. Bueno, como si los perros gritasen. (Sigue fumando) Le pedí calma. «Señor -le dije-, está usted ante una señora. Una pobre señora viuda, por más detalles, y un caballero debe saber comportarse».

El me miró como si fuese yo un bicho raro. «Algo he oído contar -contestó-.» Pero añadió que a él no le importaba que fuese viuda y desvalida. Insistió en cobrar. Mi viudez no le importaba un pepino. Dijo pepino. Como si en nuestra lengua no existiese un mejor apelativo. Dijo un pepino y por la alegoría a lo que ustedes piensan, tuve que sufrir la humillación de sentir como mis mejillas enrojecían. (Lloriqueando). ¡Sentí tanto dolor, tanta humillación! ¡Si hubiese sido un hombre y mi marido todavía viviese se hubiese comido el pepino entero, sin pelar! ¡Por éstas! Pero las pobres viudas no tenemos fuerzas para defendernos. Todo el mundo hace astillas de nuestra pobre humanidad... Pero, volvamos al asunto. Volvamos a lo que fue sucediendo. Después de lo del pepino, quiero decir... Porque no acabó ahí la cosa... ¡Porque tuvo la osadía de mostrarme dos letras de cambio aceptadas por mi difunto esposo! Si no fuese porque tengo un espíritu y una fortaleza íntegras, me hubiese muerto en aquel momento. (Volviendo a lloriquear) ¡Una pobre viuda es tan poca cosa! (Dura) Pero le planté cara. Así le puse el rostro, como si fuese una raposa. «Veamos la deuda -dije-. ¿Qué compró mi marido que costase doscientas mil pesetas?». «Cebada -repuso él-.» Lo dijo muy serio, para que no cupiese duda. ¿Cebada? -pregunté-. ¿Usted cree que soy un caballo, yo, para comer cebada?»

Aquí el hombre se quedó cortado. Le tembló el bigote. «Exprésese -pedí-.» «A lo mejor no es para que ustedes la comieran. A veces las compras no se comen. Las cosas del negocio.» Pensé en seguida con las amantes que tenía mi marido. ¡A lo mejor esas sí comían cebada! Pero el hombre no cedía. Taciturno él. Como una estatua griega. Se guardaba la letra de cambio en el bolsillo, me la mostraba, la volvía a guardar, me la volvía a enseñar. «Mañana vence el plazo -sentenció-. O paga o va a la cárcel.» La cárcel. Lo dijo con todas sus vocales, haciendo un acento al final, en el ce! «Las deudas son sagradas». Yo me eché a reír porque la verdad era que nunca había oído tantas majadería en tan poco tiempo. «Me dará usted unos días para encontrar dinero» -pedí-. El dijo que nanai, que a locuelas, que ya estaba hasta el tope de demoras y que o pagaba mañana o me lanzaba a todos los embargadores disponibles para que me dejaran mi piso más vacío que una estación de metro. Yo le observaba con cierta preocupación. La cosa parecía seria o, al menos, así me la presentaba él. ¿Y no habrá otra solución que ir a la cárcel? -pensé-. Le sonreí con toda mi gracia. Sentí que se derrumbaba, que toda su mole de hombre macizo se iba al suelo. «Vaya al cementerio a exigirle responsabilidades a mi marido -pedí-. Sólo él es el responsable. Esta deuda no la reconozco». Así se lo dije y el hombre volvió a caer en picado. Sudaba como un condenado. Casi se cae en redondo. Le ofrecí una silla y una copa y aceptó las dos ofertas. ¡Ya le tenía cogido!

Tenía que seguir el juego, sin miedo, sin desfallecer! ¡Me jugaba el porvenir con la firmeza de mis palabras. ¡Por esto seguí con mi juego. ¡Un cuento, vaya, de lo más inocente! ¡Quería hacerle caer en la red! ¡Le tenía preparada la trampa más audaz y más valiente de mi vida! ¡Tenía que enamorarlo! ¡Simplemente eso, enamorarlo! Ustedes entienden. Esto de ser viuda da cierto tono. ¡Y sus ojuelos brillaban pensando...! ¡Yo seguía jugando con mis encantos. Sentía el penetrante olor de su piel, y me turbaba. Me sentía sola y desvalida ante un hombre tan maravilloso, que casi lloraba de rabia. Es por esto que acaricié su cabeza y volví a llenar las copas. (Pausa). El interpretó mal mi compasión. Creyó que me había vencido. Por esto ofreció demorar el pago de la deuda, darme facilidades. (Otra pausa). Hasta que propuso irme con él a la cama. ¡Cómo si fuese una furcia! (Pausa) Mejor pagada, claro, a cambio de la letrita de las doscientas mil. (Bosteza) ¿Ustedes qué creen? Le he dicho que no, claro, que soy una mujer honrada. Que la hija de mi madre no se va a cama así como así, con el primero que se presenta. De todas formas (saca la letra de cambio del pecho y la muestra) De todas formas el hombre era atractivo (Besa el papel). Aunque no me lo hubiera dado, yo creo que al final me hubiese convencido igual para que me acostara con él. ¡Narices! Guardar tanta fidelidad a alguien que ya no puede enterarse es también algo ridículo... (Nueva pausa) En fin. Esta es la historia y pueden juzgarla ustedes como gusten. De mi parte sólo me queda decidir si de aquí en adelante volveré a meterme en la cama con el susodicho. Sin cobrar, claro. Se entiende. Una es una mujer de su casa. Honrada, quiero decir. Bueno, ya ustedes me entienden.





 

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