Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

El 6 de abril de 1814, Cádiz se ha despertado confiada y alegre. Un tierno sol de abril despereza el corazón de la gente, bulle en el pulso de jóvenes y veteranos, de los que entonces anduvieron en batallas por la independencia y de quienes estuvieron en aquel inolvidable y feliz 19 de marzo del doce, viviendo absortos y esperanzados la Gran Proclamación, con la devoción de quienes están ante el sagrado altar de la Nación libre y soberana. 

cadiz XVIIITodos, unos y otros, llevan en el alma un sueño de país que el futuro -y ellos- irán construyendo día a día, piedra a piedra, como un hermoso templo. La libertad -piensan- es aún joven, pero ya se ha aprendido a saborearla con el empuje de la ley y el freno de todo lo que espolea la discordia y el rencor. El futuro es un mundo por venir, la «tierra prometida» a la que nunca se llega, pero sobre la que siempre se camina, sobre la que se hace camino, la que es presente y a la par futuro. Ahora es tiempo de cosecha, de nombrar a las cosas por su nombre, de olvidar los fantasmas del pasado, de verlo alejarse como una sombra que huye hacia atrás para perderse por la Historia. La ciudad amanece confiada y alborozada.

fernando VIIAyer, 4 de abril, la noticia del regreso de Fernando VII a la Patria acaba de llegar a Cádiz. Sus más fieles adeptos han asistido, al atardecer, a la función solemne de un Tedéum en acción de gracias por la vuelta del «Deseado», rehén en Valencey del Tirano. Al anochecer, los oficiales de la Guardia, con música y hachas encendidas, habían paseado el retrato del Rey por las calles de Cádiz. Nada hace pensar que este 6 de un abril primaveral, lleno de luces y gratos olores a marismas , va a ser un día preñado de revelaciones y siniestros augurios que tendrán su hora y su lugar: el «Duende de los cafés» trae en su primera un exaltado artículo contra el absolutismo real que se avecina.

Por calles y plazas corre la noticia como un reguero de pólvora, terrible e imparable. El periódico liberal, de quien son redactores Jacinto María López, Tiburcio Campo y el militar vallisoletano Cabrera de Nevares, interpretando una carta del Rey a la Regencia, considera al Monarca instrumento de Bonaparte para su política imperial. «El Duende...», encendido liberal, ha querido alertar de lo «posible» a un pueblo, al que supone, como no era menos de esperar, suspenso en una peligrosa ignorancia del devenir político...

La denuncia del «Duende...» parece confirmarse: a lo largo de la mañana, un grupo de enfurecidos oficiales del Cuarto Batallón de «Guardias españolas», al grito de ¡Viva Fernando VII Soberano!, se dirigen al periódico para incendiar la redacción y los ejemplares no vendidos todavía. Pronto, convocados por el rumor, una muchedumbre «revolucionaria» de gaditanos rodea la sede de su periódico para evitar el anticonstitucional asalto de los militares serviles. La Constitución del doce, defensora de sus libertades y derechos, está en peligro... Se reclaman armas y palos... Sólo los alcaldes constitucionales logran apaciguar los ánimos. El miedo, olvidado en el «cajón del pasado», vuelve a anidar en el corazón de los gaditanos. ¿Se va a proclamar nuevamente el Estado absoluto? ¿Suprimir los derechos fundamentales? ¿Restaurar el Santo Oficio?

El pueblo -dicen las autoridades constitucionales- debe confiar... La Junta de Censura no ha prohibido el impreso. Cádiz puede dormir tranquila. Incluso, va a salir una nueva edición del «Duende de los cafés», esta vez con anuncios donde se hará mofa de los oficiales incendiarios. Cádiz puede descansar tranquila la dulce siesta de la Libertad... Don Cayetano Valdés, Capitán General, Gobernador militar y político, no sólo es un gran marino sino un sincero liberal, valeroso defensor de la Constitución de todos.

El 6 de abril de 1814 la trama de la reacción absolutista no haría más que empezar: la sucesión de decisiones anticonstitucionales no tendrá fin hasta que no quede vestigio alguno de las libertades que la Constitución había dado a la Nación.

El 10 de mayo Fernando VII (los augurios se cumplían) se proclamaba Rey absoluto de España y las Indias hispanas. Ese mismo día, Valdés, sometía al imperio de la Constitución a la cercana Sanlúcar, que ha seguido los pasos absolutistas de Sevilla. El «blando» marino de la Expedición «Malaspina» es destituido y encerrado en el castillo de Alicante, donde preferirá ser prisionero que pedir perdón al Monarca. El Ayuntamiento gaditano -inútilmente- se resiste como puede al absolutismo y al sucesor de Don Cayetano, Juan Mª de Villavicencio.

Cadiz1La defensa del constitucionalismo se hace por día más imposible. El poder es de quien tiene las armas, de los militares anti constitucionalistas. La lápida en recuerdo de la Constitución será retirada de San Antonio ante un pueblo lleno de ira y de lágrimas. Por entre los constitucionalistas se pasean con insolente regocijo los absolutistas. El 18 de mayo se decreta la abolición de la libertad de imprenta; el 19 un Tedéum en San Antonio desagravia al monarca por haber tenido en sus muros la placa constitucional desgajada. Desde el templo, las esposas de los serviles portan bajo palio el retrato de Fernando. Sostienen las varas altos oficiales, a los que acompañan vecinos condecorados, militares y religiosos, iluminando la noche con hachas encendidas. Los cabecillas del absolutismo, ocultos desde el triunfo de la libertad con la proclamación de la Ley de leyes, se desenmascaran ante un pueblo que observa, ora asombrado, ora irritado, la traición que se ha forjado a sus espaldas, con ese aprovechamiento que el engaño hace de la ingenuidad y la ignorancia. El pueblo, que ayer sentía en sus arterias el goce de la libertad, hoy ve como un déspota, con la terrible vara de un decreto, va borrando la legislación gaditana. 

El país vuelve a la Edad Media. El «blando» de Villavicencio es sustituido por el «invulnerable» O’Donell, conde de Abisval. El pueblo de Cádiz se tiene por humillado, acorralado en su isla por un mar de temores y rabias contenidas. Es el exilio para muchos... El pueblo de Cádiz contempla con una indescriptible tristeza cómo el Ayuntamiento absolutista quema el libro de la Carta Magna liberal; cómo el 21 de septiembre, la Compañía de artillería y el Batallón de cazadores, entregan sus banderas en la Casa Consistorial; cómo la lápida mortuoria del que fue diputado de la mayoría liberal, don Antonio Capmany, es arrancada de su nicho para ser destrozada en mil pedazos; cómo el conde mostraba su arrogancia absolutista en cada uno de sus actos; cómo hacía baldón de los que defendían la libertad, sujetándolos con una argolla a las puertas del Ayuntamiento. O’Donnell es el hombre del que decían quienes le conocían, que «la risa en sus labios no era afabilidad ni regocijo, sino desprecio y odio»; él fue quien bautizó a su batallón de voluntarios gerundenses con el significativo nombre de Cruzada y quien envía al castillo de Sancti-Petri a los que no oyen misa con devoción... Quien se haya significado por sus ideas liberales y no logre huir será detenido y encarcelado. Los presidios de Alhucemas y Melilla conocerán a muchos liberales españoles.

Quintana, Argüelles, Muñoz Torrero y Martínez de la Rosa, sentirán en sus almas y en sus cuerpos la abyección de las rejas. Goya emigraba a Francia, mientras de las Universidades se expulsaban y desterraban a los «contaminados de liberalismo». Mas la ilusión por recuperar la libertad perdida se mantendrá intacta, alimentando rumores sin cesar sobre el restablecimiento del gobierno de la Constitución.

Ocurrió con la llegada a Cádiz, en septiembre de 1816, de la infanta Mª Isabel de Braganza para desposarse con el Rey. A la nueva Reina se la creyó adicta a la Constitución y que influiría en el esposo para restaurarla. Los festejos para agradarla alcanzaron tal magnificencia que la misma desposada pidió que cesaran.

Ocurriría a la llegada de las tropas expedicionarias que habían de trasladarse a la América Meridional para someter a Buenos Aires. ¿No deberían constituirse mejor en un ejército restablecedor de la Constitución -reflexionan los liberales gaditanos- que represor de los revolucionarios patriotas americanos? Allá encontrarían la muerte y la humillación; acá, la gloria de salvar a la Patria del tirano. En su tertulia, D. Francisco Javier de Istúriz, preparaba y fomentaba una conspiración constitucional, preparando el alzamiento de los coroneles D. Antonio Quiroga y D. Rafael de Riego. Los liberales ponían en manos del general de la Expedición, D. Enrique O’Donnell, Conde de Abisval (harto conocido por los gaditanos), la reconquista de la Libertad. Las ambiguas promesas de contribuir con sus hombres y sus armas a la restitución de la Constitución liberal tendrían, como era de esperar, un final comprensible: el engaño y la traición. Una vez más, la esperanza fallida.

El 6 de abril de 1814 se iniciaba el regreso de las «cadenas». La Libertad, conculcada por «El Deseado» y sus serviles, se iba de Cádiz y de España para ausentarse durante un horroroso sexenio. La ilusión de los gaditanos por un mundo feliz había enmascarado siglos de absolutismo que se negaban, con todas sus fuerzas a morir a manos de la Libertad y de la Ley. La cristalización de dos Españas, gemelas y enemigas, no había hecho mas que empezar...





 

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