Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces


Por las flores heridas del otoño una gota de lluvia preludia la nostalgia. Los vientos prematuros recorren las alamedas y las fuentes, silban en los desnudos rastrojos de la llanura y perturban a las inquietas esquinas del camino torturado. La silueta de un hombre camina sigilosa. Se mueve con una cadencia de cansancio, de ritmo repetido y aroma veterano.

El Sembrador de Escarchas ha llegado.

Espejo alquimista de la madrugada y las estrellas persiste en su pasado; en su multitud de mínimos cristales que saludan la mañana sobre la hierba herida.

El viejo hacedor se acerca a la curva del árbol solitario. El ancestral Roble del Recodo que ha contemplado tantos siglos el milagro de la vida. Tiene tantas primaveras que en él se posó el primer pájaro y de sus ramas prendieron los nidos primogénitos de las aves. En él, mucho antes de que el pájaro se posara, las crisálidas se convirtieron en mariposas y las cigarras aprendieron a cantar al verano.

El Sembrador de Escarchas y el Roble del Recodo son viejos conocidos.

Cada Octubre se encuentran y conversan. Árbol y caminante reposan un día y contemplan toda la extensión del horizonte y cada uno de los rincones que desde la atalaya donde se ubica el centenario Roble se divisan.

-¡Bien hallado amigo Roble!

Otro año más la Primavera, Señora de las Flores, te concedió ramas y frutos. Otro año más el Verano, Señor del Sol, dejó sobre ti sus cálidas manos para que maduraras y en tus sombras se cobijaran los insectos y las aves y el humano vagabundo reposara a tu lado la fatiga de los caminos.

-¡Saludos Señor de las escarchas!

De nuevo la Señora de las Flores y el Señor del Sol pasaron junto a mí sus días y sus noches y una vez más, sobre mi cuerpo y los demás seres del valle, esparcieron sus dones y riquezas.

Una vez más -continuo el centenario Roble- esperaba tu llegada, tu sereno fruto de diminutos cristales helados que, fundidos con la luz de la mañana, preparan mis raíces y la tierra donde habito.

-Sí. Viejo amigo -interrumpió el legendario Sembrador-. Una vez más, preparará tu cuerpo y tu alma para el largo sueño del Invierno, Señor de los fríos.

-Esa es mi misión -continuo el Sembrador, mientras extendía sobre el valle su sedante mirada-. Esa es la misión de mi extensa vida. Pero, para ello, necesito del Viento que desnuda vuestras hojas perecederas y lleva las nuevas semillas y la vida.

Primero él, que con su soplo retorna a vuestro origen y esparce vuestros nuevos hijos por donde su aliento le permite, y así, una vez acabada su misión, yo, formando en la tierra, sedienta aún por el paso del Señor del Sol, proporciono las condiciones para la germinación venidera.

-Todos nosotros, tan distintos a veces y tan diferentes siempre, formamos un solo empeño, una sola posibilidad: La Vida.

-¿También el Señor Invierno? -preguntó, con cierto enfado, el Roble del Recodo- ¿También él, que a veces deja exhaustos de frío y hielo nuestras más tiernas ramas?, ¿también él, que tantas veces ha aniquilado, en intensas jornadas de frío, a los seres y ha devastado la vida en muchos valles?

-¡También él! -contesto el Sembrador de Escarchas, sin dejar que ni una de las palabras perturbara la serenidad de su mirada-. Si el Señor de los Fríos no almacenara en las altas montañas el don del agua, la vida de los seres se vería amenazada.

-¿De donde crees tú -pregunto al Roble- que viene el agua que corre agitada por nuestro común amigo el Río? ¿Tú crees, que sin el reposo de tus venas tendrías fuerzas suficientes cuando la alegre y enamorada Primavera viniera a llenar tus desnudas ramas de brotes y flores? Todo tiene un motivo. No lo dudes.

El Señor Invierno convida a un letargo a muchos de los seres verdes, a grandes y mínimos seres de otros parajes necesarios. Mientras, sin descanso alguno, él y la Seductora Lluvia, amontonan el líquido volumen del agua. Y el Cristalino Hielo se va almacenando en las cumbres de la Montaña Blanca. Es el abastecimiento de todos. Es, luego, con el caminar del Señor del Sol, en el cálido Verano, donde la riqueza del Agua convive con la Tierra y tienen, en muchos lugares de este Planeta, donde tú y yo sólo somos una brizna más de su existencia, la culminación de los frutos y las semillas para una nueva generación de la pervivencia.

Se hizo un silencio entre los dos.

El Roble del Recodo movió sus ramas, mientras el venerable Sembrador sacaba de una bolsa blanquecina cristales de escarcha. De una manera unísona, los diminutas esquinas se diseminaban por el Valle de los Juncos. Delicadas y húmedas, sobre los verdes matojos y las hierbas, que iban paulatinamente pasando, del verdor policromo al blanco transparente de la fina escarcha.

-Mañana -dijo el Sembrador- cuando el débil rayo del Sol Otoñal caliente mi cosecha y la tierra se humedezca, dará lugar al alambicado de las pequeñas hojas secas, y así transmutar junto a los mínimos pedazos de materia desgajada, el abono y compost para las plantas que lo necesiten y la tierra se preparará para la Primavera. En la madrugada -continuó el Anciano Sembrador- repetiré otra vez mi misión de tantos siglos.

La noche, Señora de las Sombras, extendió su manto ennegrecido por el valle y en el Viejo Roble las ramas ocultaron un ejército de pájaros e insectos.

En el tránsito nocturno se oyeron multitud de fragmentos noctámbulos. Ruidos y misterios en la otra cara de la Vida. Solo las estrellas, Violines de la Altura, sosegaron el descanso del Anciano bajo el Roble.

El crepúsculo, Doncel de las Luces, trajo de su mano una de esas mañanas del Otoño Triste, donde los colores cambian sus tonos de acuarela y el horizonte, Señor de la Distancia, se hace gris y penetrante.

Un ave jugueteó en el aire y forzó su vuelo sobre una mariposa de tonos verdes y rosados, que estiró sus alas sobre el añil de unas flores diminutas.

El Sembrador de Escarchas se colgó sobre el hombro la bolsa, donde hace muchos siglos trasporta sus exiguos granos de escarcha y cogió la rama seca que cada año le regala el Viejo Roble del Recodo. Miro a su alrededor pausadamente y prosiguió su camino.

Sobre las pequeñas plantas del valle, la mañana se había levantado y toda la floresta estaba adornada de blancos cristales transparentes.

La Naturaleza seguía repitiendo su ancestral proyecto, tan antiguo, que nunca la humanidad conocerá sus principios y donde todo es lógico y tan cierto como la propia Vida... y donde no debemos intervenir ni cambiar su curso, porque corremos el riesgo de extinguir nuestra propia existencia.

Pero el ser humano esta lleno de incongruencias y en su afán de poder quiere ser dueño de lo absoluto.





 

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