Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Hubo una vez un ángel muy hermoso y muy perfecto. Hasta tal punto se había esmerado Dios en su creación que la criatura se volvió orgullosa: creyó ser más hermosa y más perfecta que el mismísimo Hacedor. Dios, que por aquellos tiempos no perdonaba una (no como ahora), la castigó expulsándola de su Corte Celestial.

Desde entonces suponemos que Belcebú, Satán, Satanás, el Diablo o como sea que se llame realmente, está hecho un rencoroso y va por ahí intentando que la gente le adore a él en vez de a su padre. Pues bien, ¿acaso el Gran Maligno hizo algo que pudiera llamarse con propiedad «malvado»? No veo por qué estas maldades satánicas son tan malas, la verdad. Más bien parece que en vez de un acto de «maldad» nos encontramos ante un «error» del ángel caído, un dejarse llevar por las apariencias.

Un «pecado» que, después de todo, no merece arrepentimiento, sino la corrección de la inteligencia a partir de un sencillo análisis comparativo entre la naturaleza divina y la angelical. Y digo yo, ¿si Satanás es tan perfecto cómo es incapaz de darse cuenta de su error, cuando hasta yo me doy cuenta (y no soy nada perfecto)? ¿Y si Dios es tan sabio y tan bueno, cómo es que no se da cuenta de que su criatura tiene el pecado de la ignorancia y no el de la maldad? En fin, si resulta que ni el mismo diablo es tan malvado como dicen, me pregunto si hay o ha habido o, incluso, si puede llegar a haber alguien del que pueda afirmarse con propiedad que es malo.

La pregunta parece de lo más tonta: lo que todos nosotros responderíamos sin pensarlo dos veces es que «sí, por supuesto que sí». Pero de vez en cuando nos da por repensar este tipo de cuestiones. Hasta hubo uno que de tanto darle vueltas al coco acabó por afirmar que la maldad no existe, pues «nadie hace el mal a sabiendas». Yo, discípulo de este señor (Sócrates), también albergo algunas dudas sobre el tema. Por supuesto que no tantas como él. Pero alguna hay... En fin, que hoy intentaremos aclarar ese concepto tan manido por quienes nos educaron, a saber, el de «ser malo».

De principio hay que definir qué es lo «malo». Esta categoría se predica de las acciones, las cuales pueden ser «malas» desde el punto de vista del resultado (aunque la intención haya sido buena), o bien «malas» desde el punto de vista de la intención, esto es, lo que se conoce como la «maldad» de quien actúa (aunque el resultado haya sido bueno).

Respecto al primer caso parece claro que la persona que, guiada por su buena intención, provoca un estado de cosas contrario a su previsión inicial tiene el pecado de la imprudencia o el defecto de la ignorancia, aunque realmente no tiene por qué ser «mala persona». Pensemos, por ejemplo, cuando decimos que somos malos nadadores: ocurre que no logramos realizar con éxito nuestro propósito (en esta ocasión evolucionar con velocidad y elegancia en el agua) y que no hay «maldad» en nuestra torpeza aunque seamos responsables de ella (pues, en efecto, podríamos entrenar todos los días en la piscina, pero no lo hacemos porque no nos apetece).

En el segundo caso, cuando las acciones son «malas» desde el punto de vista de la intención, el adjetivo se sustantiviza y se pasa de lo «malo» a la «maldad», es decir, de una propiedad accidental de los hechos a una esencia personal. Pero también aquí puede resultar que la persona sea «malvada» por circunstancias, no en sí misma: puede ser que tenga una enfermedad mental, o que se haya malformado en un ambiente de violencia, opresión o marginación, o que se persiga un bien posterior (es el caso de las intervenciones médicas), o que se esté reparando un agravio (por ejemplo, no podemos decir que los jueces sean malvados por imponer sanciones), etc. En este apartado habría que incluir al etarra que asesina, porque está convencido de ideas peregrinas y absurdas, y a los hombres que maltratan a sus esposas a causa del embrutecimiento que conlleva la mala educación, la pobreza, la droga (llámese heroína o fino de Chiclana) y la impotencia al saberse condenados a ir cada vez peor.

Por consiguiente es necesario que la acción «mala», o mejor, «malvada», tenga su origen en la libre capacidad de las personas para elegir entre varios modos posibles de acción. La «mala persona» se guiará por criterios y valores contrarios al bienestar del resto de los hombres, animales y cosas. Será como una enfermedad para su familia, el enemigo de sus conocidos, el obstáculo para la paz de su pueblo.

Pero sigo sin tenerlo claro. ¿Somos buenos porque necesitamos llevarnos bien con nuestros semejantes? ¿La maldad es mala porque nos conduce a la soledad y a la amenaza de una justa represalia de quienes hemos perjudicado? ¿Qué pasa si puedo ser malo y quedar impune (y aquí paz y después gloria)? ¿Qué pasa si elegimos hacer el mal una vez evaluados los pros y los contras de nuestras acciones? ¿Puede ser la maldad apetecible y buena para quien la comete? ¿Puede una acción ser mala para los demás y buena para mí? He aquí la cuestión. La única cuestión que en este momento nos ocupa.

En efecto, si resulta que mi escala de valores me pone a mí mismo por encima de todo, lo «bueno» será lo que me beneficia, aunque perjudique al prójimo, y lo «malo» lo que me perjudica, aunque beneficie al prójimo. Se dirá que esta suerte de egoísmo es malo. Pero, tal y como yo lo veo, es simplemente un criterio de actuación tan legítimo como cualquier otro... a menos que dispongamos de un criterio superior y universal, una escala de valores absoluta que, por desgracia, no existe o no conocemos (hay que exceptuar a los intolerantes que piensan que sus valores particulares son los únicos valores aceptables).

Para aclarar la cuestión pensemos en Hannibal Lecter (El silencio de los corderos). El tío tiene mala leche para dar y regalar. Disfruta haciendo sufrir y se realiza comiéndose las vísceras de la gente... ¡será cacho bestia! Lo peor de todo es que no podemos comprender lo que pueda tener eso de agradable. Si fuera un ladrón, un pirómano o un violador entenderíamos qué beneficios espera obtener, pero esa animalada... ¿a qué viene? Con Hannibal chocamos con algo que suena a pura maldad, esa que no tiene sentido. Porque el mal de verdad es el Caos, lo que no puede entenderse. Todavía lo de Belcebú tiene un pase: después de todo era un coqueto, un orgulloso y un ignorante. Pero Hannibal, ¿de qué va? Necesariamente tenemos que pensar que está loco, que la gente mala no hace eso, que lo que tiene es un cacao mental de narices. Quizá es por eso que se metió a psiquiatra: para autocurarse en lo posible. ¿Lo logró? Parece que no. Pero, ¿qué pasaría si, como quiere convencernos la película, Hannibal ha encontrado su cura en la antropofagia más salvaje? Resultaría entonces que su modo de vida, sus valores, sus actos y sus preferencias son buenas para él, beneficiosas para la paz de su alma desalmada y que, por tanto, su objetivo final no es el mal, sino el bien (egoísta).

En fin, como decía el maestro, «nadie hace mal a sabiendas», ni siquiera Satanás, ni siquiera Hannibal Lecter...





 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep