Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces


La brisa le acaricia suavemente la mirada, la frente joven, el pelo liso y castaño recortado a la altura del cuello. Es la brisa temprana que viene de la mar todavía dormida, apaciguada, sin ruido de motoras, sin barullo de hombres ni de redes. La brisa remansada sobre el muelle deshabitado, bamboleante de colores, de barcas amarradas a la espera de la aventura, del anochecer trepidante y esperanzador. Sin embargo, es la brisa de los recuerdos la que le trae a la memoria el drama de los cantiles agitados, de las olas enconadas, de los vientos restallantes, de los pesqueros zarandeados por el encabritamiento de la mar. Es la brisa que le trae la voz del muchacho, del muchacho que un día, una tarde, en una puesta de sol, tras los preparativos de cabos, vituallas y redes, hermanado con otros pescadores, se hizo a la mar, se adentró en la mar, se perdió lejos, lejos, se sumergió, se enniebló, se fundió en la lejanía, con el briol en las manos, con los ojos en las relingas, con el entusiasmo a flor de piel, con ansia adolescente de azules purísimos y sirenas nocturnas, acordeones pastosos y jubilosos sotabancos, felicísimo de haber cambiado el aburrimiento de los senderos y pastizales, el rubio maíz y la sombra del hórreo por la maravillosa odisea de los grandes motopesqueros de altura, tecnificados y con radar.

La brisa tierna de la mañana le besa los ojos, la frente, y le atusa con delicadeza el pelo castaño. Luego, la mujer deja la ventana y, tímidamente, como sonámbula, limpia los muebles, acaricia la mesa cuadrada que luce su caracola y su jarrón de rosas frescas; el chinero, en cuyo vientre se esconden los juegos de café, las copas de coñac y la hermosa colección de platos de caolín con dibujos románticos en el fondo y filigranas doradas por los bordes; el pequeño armario donde se guardan los vasos altos del whisky y los catavinos que un buen septiembre se trajeron de Jerez de la Frontera. Despacio, barre la casa y arregla las habitaciones. Después, vuelve a la ventana. Le gusta sentir en su piel la brisa fresca y salitrosa de la mar. Porque la brisa fresca y salitrosa de la mar es él, el hijo que le arrebataron las aguas maliciosas; el hijo que perdió cuando una noche empezó a negrear sobre las crestas enfurecidas y el barco, barrido en los costillares por la tormenta y zarandeado por las montañas de espuma, zangoloteó violentamente; el hijo que desapareció entre el oleaje, sin que ninguno de los veinte hombres, sumidos en el estupor, desarmados y llenos de espanto, desesperados, las miradas estremecidas sobre las aguas montunas, encogidos, aplastados, impotentes, aturdidos por el viento fungante reventado sobre el mar, pudieran evitarlo; el hijo que duerme definitivamente en las profundidades desnudas del océano.

Mira la mar, escruta el horizonte y permanece quieta, enajenada, como si estuviera viendo la vitalidad, la fortaleza y el entusiasmo de su hijo en los ramalazos de las ondas espumeantes contra la escollera; como si estuviera viendo el júbilo que le afloraba por la sangre en los vaivenes palpitantes que baten el litoral.

Todo el mar está en su mirada. Todo el azul del mar sobre el que navegan las nubes blancas, sobre el que se deslizan desafiantes las barcas de los pescadores, sobre el que graznan las gaviotas indolentes. Todo el mar, todo el inmenso mar sobre el que se agitan las crestas desapacibles, por donde planea la temeridad de las dornas atrevidas, sobre el que se precipitan los ponientes rojizos. Todo el mar, el mar abierto, mugiente, inmisericorde, el mar de los bramidos hondos que aturden las rocas de los acantilados y restalla frenético contra los farallones y el mar de las mesanas relucientes y los veleros hinchados de luz, que llenan de música las playas y de claridad el horizonte. Todo el mar, la voz augusta del mar, la cósmica grandeza del mar, su fosca melancolía, su viento enloquecido, sus pataches balanceantes, su arenal salpicado de embravecidos goterones, sus rompientes desbocados, sus chicotazos amargos, todo el mar, la mar, está en la mirada de esta mujer, en sus pupilas llorosas.

De vez en cuando abre las palmas de las manos y entorna los ojos recordando los besos que sellaban las despedidas en el puerto: «Mucho cuidado, hijo, ten mucho cuidado»; la voz entera y fuerte del muchacho: «Tranquila, madre, ya verás qué calada»; y los suspiros que velaban la partida hasta que el pesquero se perdía por la línea del horizonte bajo la última luminosidad de la tarde.

La brisa llega como un pájaro blanco, como una amiga silenciosa, a la mujer. La mujer es joven, pero por su vida ha pasado ya la pena y la desgracia, el asombro dolorido y el llanto denso. Es joven, pero está gastada por la desventura, por el ciego zarpazo de los avatares. Se pasa las horas aquí, en casa y frente al mar. Ya casi es sólo mar, suspiro, memoria, ventana, y esa pequeña foto que tiene en la mesilla de noche, descolorida, donde el tiempo se ha detenido y el muchacho asoma su juventud entusiasta. La mujer besa la foto cada noche, como se besa un relicario, con la misma unción y mansedumbre con que las olas llegan a las arenas de la playa en horas de bonanza. Besa la foto y deja la mirada prendida en la sepia, sin querer dormirse, sin poder hacerlo, porque es triste la soledad, y el aturdimiento por aquella vida en flor, aquella carne púber y reluciente, cortada de un hachazo por las olas, le tiene en vilo siempre la memoria.

La mujer es viuda. Tuvo muchas ilusiones, pero todas se las arrebató fatalmente el destino. Joven, pero le robaron el tiempo para soñar.

Apenas participa ahora de la orgía de las noches luminosas en el puerto, cuando atracan los barcos hinchados de lenguado y merluza, de bacalao y sardinas, resonantes las sirenas y vociferantes las gargantas de las pescantinas. Apenas sale, apenas pasea a la luz del día. Sus breves trayectos terminan en la iglesia del pueblo, frente al Cristo de los Navegantes, ante quien desgrana rezos y súplicas ateridas de esperanzas imposibles.

Su vida está en la casa, una casa pobre pero limpia. Cocina, dos habitaciones, un servicio. En la cocina hay pocas cosas. La mesa-camilla con hule donde siempre, antes, sonreía el pan y el vino; y dos sillas rústicas para sentarse. Ahora, una de estas sillas está desocupada, como sombría. Las manos de la mujer, sobre todo a la hora del mediodía, acarician su respaldo, limpian el polvo del asiento, resbalan lentas sobre los brazales, mientras en el silencio le viene la torrentera de aquella voz chillona: «Que la comida esté bien caliente, y échale tabasco al huevo frito, y que no falte un rioja, madre». Y le viene en tromba toda su risa, aquella con la que brindaba para que las bandadas de bocarte, de agujas y de sardinas grandes no se fueran a platear, como otras veces, las costas de los galos; aquella inolvidable risa que paseaba por el muelle habitado de alegres muchachas las mañanas de los domingos; aquella que dejaba flotando en el aire bajo el abanico de las gaviotas raseantes, en las despedidas; aquella sonrisa que traía sabores de lunas antárticas y de salinas brillantes cuando los regresos. El hueco de la silla, ahora, es el hueco de una esperanza rota, de un vacío silencioso, de un tributo que la mar de los salpicones espumeantes se cobró.

Sigue ahí, en la ventana, oteando los tolmos que rompen contra los pedregales costeros, humedecidos de algas y crustáceos; esperando, quizás, que los ángeles de la mar le traigan al hijo en las palmas, arrancándoselo a la albura de la placenta oceánica; esperando que venga a contarle la odisea de la última redada, los tarascones de la noche terrible y el cañoneo de las olas retumbantes.

Pero el muchacho no volverá, no atracará ya en el puerto con la estiba rebosante de merluza, de liña, de pincho, de bocarte, de sardinas, de marisco... El muchacho no rondará más las vaguadas con sueño de acantilados, ni las roquedas con olor a algas y pinochas. Ni cantará por la casa las viejas canciones de los pescadores en la cubierta salpicada de espumas... Se lo dicen sus vecinas, sus amigas: «Mujer, ha muerto. Mira ya el tiempo que ha transcurrido. Deja de obsesionarte con ello». Ella las mira, silenciosa, y asiente con la cabeza. Hace mucho que sabe que el mar es derrota, fracaso, muerte; que el mar es castigador, agorero, disolvente; que el mar está ebrio de pescadores, y que es éste su reclamo a tanta vida tersa y llameante, volcada en montañas por la borda de los barcos gratuitamente. Pero no hace caso de la muerte. Y sigue, terca, brisa en la brisa, como el viento rociado por el oleaje, como la ola contra la roca, mirando el mar desde la ventana, contemplando esa marea que le habla de retornos, esa espuma que le dice de grímpolas regresadas.

A veces habla sola. Monólogos con la mar. Monólogos repetidos y dolientes, quizás una forma hecha costumbre de alentar la esperanza y engañar piadosamente la soledad.

La mar, las redes, las gaviotas inquietas, las jarcias desplegadas, la escollera enverdecida, se confunden con esta mujer. Dicen que es como un faro en permanente vigilia. Siempre con brisas y lontananzas por los ojos.

Lo cierto es que está ahí, en la ventana, mirando el mar por donde siempre llegaba el hijo a bordo de un motopesquero de altura, tecnificado y con radar, tras la aventura de la felicísima cosecha.

Una mujer solitaria, toda ojos, ojos absorbiendo, como lágrimas, la brisa salobre que le acaricia la mirada, la frente joven, el pelo liso y castaño recortado a la altura del cuello.

Una mujer del mar. Una mirada persistente para la mar, la mar de su vida y de su muerte, la mar de sus recuerdos...




 

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