Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Esta es la historia de una misionera, la hermana Dulce, cuya vocación le llevó a un poblado olvidado y perdido en lo más intrincado de la selva amazónica. Sus habitantes tenían rasgos arawaks, aunque resultaba impreciso establecer el origen puro de la tribu en aquella zona. Ellos, muchos años atrás, se habían asentado sobre este terreno pantanoso, sobre aquella isleta rodeada de una maraña de riachuelos, construyendo unos rudimentarios palafitos y un embarcadero, pues la pesca y el cultivo de la mandioca constituía su principal sustento. La hermana Dulce formaba parte de un programa de alfabetización, pero su vitalidad le llevaba no sólo a desempeñar su labor sino que también ayudaba al médico en el dispensario. Si como maestra era un modelo de paciencia, como enfermera era la escucha atenta al enfermo, el consuelo, las palabras de cariño, en definitiva, un bálsamo para sus almas. Quienes intuían un mal más serio, la requerían para permanecer a su lado.

Ella, siempre pendiente, perdía la noción del tiempo contándoles cuentos y anécdotas hasta que el médico la avisaba para irse a descansar. Constantemente alababan su entrega desinteresada. Ella sólo les daba una sonrisa por respuesta. Su vida transcurría tranquila, extraviada en una zona salvaje donde la civilización no estaba descubierta, donde existía la comunicación verbal entre los nativos, donde se bailaba a la luz de una fogata, donde el único enlace con el mundo exterior era el acal que acarreaba las provisiones y las medicinas una vez al mes. Esto era lo normal hasta que el cielo era tomado por las nubes negras, quienes llenas de pena lloraban desconsoladas, día tras día, haciendo subir el nivel de las aguas para quedar incomunicados durante varios meses. Cuando las lluvias se alejaban y el sol volvía a brillar, muy despacio, todo iba volviendo a la normalidad. La naturaleza se serenaba, los habitantes volvían a sus tareas pero a pesar de las advertencias, siempre, la época cálida comenzaba con algunos casos de disentería. Ese año fue como una epidemia. Casi toda la tribu padeció la enfermedad. Hacía cinco meses que el acal no aparecía, por lo tanto el botiquín carecía de lo más elemental para atajar la infección. El médico no quiso alarmar a la hermana Dulce. Ella, resoluta, lo convenció para ir a buscar lo necesario en la balsa de Nahpú, el único que se ofreció a acompañarla.

Salieron cuando comenzaba a clarear, ya que el pueblo más cercano estaba a cinco horas de distancia. Ella se sentó en la parte de delante. La embarcación discurría silenciosa entre el dédalo oscurecido por la vegetación, cuya espesura no permitía filtrarse la luz. Las horas pasaban lentas como lentos eran los golpes del remo para no quebrar la paz del entorno. Cuando salvaron la distancia y consiguieron los medicamentos emprendieron el viaje de vuelta. Al rato los murmullos quedaron absorbidos por el sigilo de la selva. La hermana Dulce estaba asustada. Tanto silencio era estremecedor. Le erizaba el vello el pensamiento de ver aparecer un animal surgiendo del agua o el asomo de una cabeza horrible por entre aquella vegetación tan compacta. No apartaba los ojos de ambas orillas. Poco a poco iban adentrándose en lo desconocido. A medida que avanzaban más oscuro era el ambiente aun estando el sol en su punto más alto. Llevaban ya un buen rato navegando. La monja miró atrás: negrura, negrura verdosa oliendo a humedad.

Empezó a sentir adormecimiento en sus manos y pies. Luego, los brazos y las piernas. Un sudor frío la fue empapando provocándole náuseas. Respiró hondo soltando el aire lentamente. No encontrando el alivio esperado hizo una señal a Nahpú. El, intuyendo lo que ocurría, se volvió de espaldas. Ella dijo que necesitaba bajar con urgencia de la balsa. Nahpú contestó que era una zona desconocida, que no sabía qué podría haber allí. La hermana dulce le rogó que detuviera la embarcación y la esperara. Nahpú obedeció.

Los pies de la monja se hundían en el barro de la orilla. Anduvo unos pasos, los justos para perder de vista al balsero. El sitio estaba poblado de árboles parecidos a los bananos y los arbustos verdinegros asentados sobre aquel cenagal se alegraban con unas flores blancas muy parecidas a los lotos. Caminaba mirando al suelo temiendo encontrar una serpiente o cualquier otro reptil venenoso. Aparecieron de nuevo las náuseas. Se apoyó en un árbol. Cuando se restableció vio su mano cubierta por una maraña blanquecina. La apartó y se sacudió los hilillos. Bajó la vista y vio sus pies atados por la madeja extraña. Zarandeándolos con fuerza logró zafarse de la atadura, pero al cabo de unos segundos algo le oprimía el cuello. Al tocar su garganta palpó las mismas hebras de sus extremidades. Observó que se extendían por los hombros y comenzaban otra vez enredarse en las muñecas y en los tobillos. La hermana Dulce, oliendo la tragedia, se acordó de una mujer llamada Driope, quien acompañada por varias doncellas paseaba un claro día de primavera con su hijo recién nacido en los brazos por las orillas de un lago rodeado de mirtos y de lotos. Los sollozos del niño obligaron a la madre a sentarse para darle de mamar.

Como no se calmaba arrancó una de las flores para distraerlo. Driope observó horrorizada las gotas de sangre que caían del tallo. De repente, todos los árboles agitaron sus ramas nerviosamente. Intentó moverse pero sus pies se clavaron en la tierra resultando inútil el esfuerzo para levantarlos. Sus piernas se fueron cubriendo con una corteza que subió por todo el cuerpo hasta encerrarla en un árbol de loto. Su hijo Amfiso, cuyo nombre significa abrazar, supo, mucho tiempo después, que la flor arrancada era parte de una ninfa transformada por los dioses en dicho árbol al implorar ayuda para escapar de quien la acosaba. Las doncellas fueron castigadas y metamorfoseadas en pinos por contarle aquel prodigio. La hermana Dulce lucharía con denuedo para no ser la presa fácil de una alimaña sin nombre.

Como pudo se liberó de aquellas ataduras que desbarataba y volvían a enredarse cada vez con más rapidez. Nunca supo cómo arribó a la balsa. Instintivamente miró atrás y vio miles de gotas de rocío prendidas en la seda de una telaraña gigantesca.

La monja enmudeció de pánico. Cuando llegaron a la tribu aún estaba pálida y ojerosa. No volvió a pronunciar palabra. Poco después fue trasladada. Desde entonces vive recluida en un convento llenando papeles y más papeles con el mismo dibujo: una telaraña entre dos árboles.







 

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