Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Los acontecimientos de ese día, sin duda, resultaron de difícil digestión para el espíritu y la mente de un niño, máxime cuando siempre he sido un inquieto pequeñuelo que solía detenerme hasta en los más insignificantes pormenores. Ese día, desde que avisaron de la primera llamada telefónica que puso en alerta a toda la familia, estuve examinando los desenfrenados comportamientos de mis mayores. Mi madre, que bajó a la taberna a contestar el teléfono, fue la primera que dio cuentas del terrible suceso, habían encontrado muerto en extrañas circunstancias a Eduardo en Barcelona. Sin hacer mención de lo penoso y dramático del suceso, inmediatamente afirmó que una vez que daba señales de vida ese «bala perdía» era para cargar a la familia con su asesinato. Por lo visto, llevaba nuestros datos en la cartera, y mi madre decía que era una pena, porque ella, después de tanto tiempo, pensaba que se había quedado amnésico.

El tío Eduardo siempre había sido referido como el rebelde de la familia. Desde pequeño he oído contar que, siendo muy joven, había dejado embarazada a la hija del panadero, los casaron y los tenían que mantener entre todos los parientes. A los tres años de estar juntos, tío Eduardo fue descubierto en un robo y abandonó a la familia teniendo ya dos chiquillos. Son los primos Esteban y Pilar, él, practicante del ambulatorio, y ella, maestra de tercer curso de la escuela del pueblo. Yo todavía recuerdo el regusto que me daba tener como profesora a mi prima, cuando todos afirmaban que yo estaba aprobado desde principios de curso. Mis primos nunca hablaban del padre al que no llegaron a conocer.

Tras ser informado, papá llamó a tío Manolo y acordaron ir a dar cuentas al ayuntamiento, pues el cadáver, al que ya le habían practicado la autopsia, venía de camino hacia el pueblo y llegaría sobre las cuatro de la tarde. Hablaron de mantener en secreto el que después sería sonado suceso, y de no decir nada ni a la abuela ni a su mujer e hijos. Nada más irse mi padre, mi madre avisó a su hermana, tata Luisa, y le contó todo lo sucedido. Luego, a su amiga Elena, y así empezaron a vibrar las malas lenguas de todo el lugar. Los apelativos oídos ese día iban desde el simple «canalla» hasta el más despectivo de «demonio cabrón», pasando por el más repetido de «sinvergüenza». Por la calle, eran usuales los coros de «marías» hablando y dando sus opiniones sobre mi tío. Yo, que siento un poco de temor ante las acaloradas y enfurecidas caras de esas marmotas, sentía alivio por mi tío, porque, tal y como venía, no se enteraría de nada. De repente, sin saberse muy bien quién le dio la noticia, la esposa abandonada volvió a su casa dando gritos y llorando como una verdadera viuda. No se sabe, pero todos hablaban de que ella nunca dejó de quererle. A los que no se vio ni se oyó en todo el día fueron a sus hijos, quizás tuvieron la feliz idea de quitarse de en medio y no poner más comentarios en las bocas de la aburrida población.

La llegada del coche fúnebre fue más esperada tras los visillos de las ventanas que las deseadas gotas de lluvia cuando llega el otoño, y, tras vencer los obstáculos al enterramiento que ponían las más virtuosas de la colectividad, mi padre y mi tío fueron los únicos presentes en el cementerio para dar sepultura al malogrado cuerpo de Eduardo.

Resultó inevitable, pero a última hora del día los comentarios de toda la jornada dejaron una huella indeleble en mí y me fui a la cama pensando en el horrible suplicio que le esperaba al canalla de mi tío, pues una de las frases más insistentes durante todo el día fue que Eduardo iría al infierno de cabeza. En mi inquieta mente infantil, las clases de religión que hablaban del premio del cielo y del castigo del infierno habían ejercido una malévola influencia en mi subconsciente.

A veces, cuando los críos acordábamos coger tres pesetas del monedero de nuestra madre, yo era el único que me despertaba soñando con los calores del infierno. Esa noche, tras imaginar las dolorosas caras que ponía el retrato que tenía la abuela en su mesa de noche, me quedé dormido soñando con aquel lóbrego lugar.

A la mañana siguiente, todos intentaban volver a su rutina olvidando los desagradables momentos del día anterior. Yo me desperté y acudí rápidamente a contar a todos lo que verdaderamente había acontecido con tío Eduardo: «¡Lo he visto mamá! ¡Esta noche he visto a tu hermano en el infierno, papá!» Allí no hay fuego, ni un demonio con cara de chivo que te pincha con un gran tenedor Se pasa mal porque te enseñan lo que hubiera sido de tu vida si el mal no se hubiera apoderado de ti. Vi al tío jugando con sus hijos y trabajando para vivir. Imaginando la felicidad que hubiera tenido, tu hermano lloraba y se maldecía por no haber sentido nunca la paz en su interior. Eso es el verdadero infierno, nada más y nada menos que eso.

Mi padre miró apesadumbrado a mi madre como doliéndose de no haber reparado el día anterior en su pequeño hijo. También la tragedia familiar había «hecho mella» en mí. Volviendo su cariñosa mirada me contestó: «Así debe ser el verdadero infierno, hijo. Así debe ser.»

Hoy, veinticinco años después, creo que aquel sueño de niño no debiera estar muy lejos de la realidad. El infierno sería. o tendría que ser, reparar en todo lo que nos ha hecho vivir como infelices y contemplar los beneficios de una vida que nos reportara el sentirnos en paz con nosotros mismos y con los demás. Realmente debiera ser así.





 

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