Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces


Adán y Eva leían plácidamente en su jardín. Él su periódico y ella un libro de pequeños relatos, algunos un tanto atrevidos, aunque con los ingredientes precisos para atrapar al lector, que, en definitiva, es lo que nos libera de caer en el molesto sopor que otros de temas mucho más serio nos provocan, naturalmente, siempre que sean malos.

La tarde estaba ya declinando y ofrecía un punto tecnicolor. Como paisaje, un jardín, bastante descuidado, por cierto, pero no exento de abundantes y variadas flores y arboleda que, evidentemente, infundían sosiego y paz a todo amante de la naturaleza; motivo éste más que suficiente para que, en aquella apacible tarde, en la que además corría una agradable brisa de poniente, se tornara aún más placentera la lectura de la feliz y otoñal pareja.

Cuánto silencio reinaba en aquella solariega casa, tan alegre y bulliciosa en otros tiempos. Qué soledad dejan los hijos en el alma cuando se emancipan del hogar paterno. Eso pensaba Eva mientras observa cómo Adán recorre con la vista el espacioso y callado jardín. Un leve suspiro se le escapa a éste de los recovecos de su corazón Tiernamente abraza a Eva y le dice con la voz enronquecida por la emoción: -¡Qué solos nos hemos quedado! Parece que fue ayer cuando nuestros hijos reían y jugaban... Y contesta ella: -Es cierto, pero recuerda que también entonces te quejabas de la poca intimidad y descanso que teníamos cuando ellos nos rodeaban, porque ocupaban todo nuestro tiempo. -Es verdad, pero no puedo evitar el añorarlos, y mucho más ahora que la cruda «estación» se nos acerca e inexorablemente entramos en la recta final de nuestras vidas. -Es natural, Adán, que emprendiesen el «vuelo» hacia su propio «nido», como tú y yo lo hicimos en su momento. Es ley de vida. -En fin, Evita, no lo perdimos todo, nos queda nuestro pequeño «paraíso», y lo más importante, nuestro amor, que sigue indesmayable desde el prodigioso día que me ofreciste la voluptuosa «manzana prohibida»... Mientras estemos juntos, vida mía, habrá calor y vida en nuestro «invierno». Eva lo envuelve con su dulce mirada y le dice muy queda: -Ahora que te estás poniendo algo romántico, Adán, me viene a la memoria el final de un bello poema titulado «Primavera en otoño»; figura en el libro «Rescoldo» que nos regaló nuestra hija hace ya algunos años. ¿Recuerdas que lo leímos y nos gustó muchísimo? -Cómo es posible olvidarse de algo tan maravilloso. -Pues escucha... Eva, haciendo gala de su gran memoria, le recita los últimos versos del poema: «El frío del invierno está distante, / aún nos quedan rescoldos de la hoguera... / floreado sendero, mil noches con estrellas, / que harán de nuestro otoño primavera, / belleza en el paisaje, colorido, / y amor y comprensión para afrontar / todo lo que se fue quedando en el camino...

¡Eres genial Eva! Tienes la virtud de darle a cada cosa su color en el momento justo. La exposición que acabas de realizar es la mejor terapia para elevar el espíritu. Indudablemente, la poesía es sublime... -La poesía y la prosa -le contesta ella-. Y para que te convenzas de todo lo que puede elevar la moral la literatura romántica, te voy a leer un breve relato del libro que tengo entre mis manos.

Eva, con armoniosa voz, comenzó a narrarle una historia preñada de la más sana y excitante sensualidad; algo cotidiano en la vida afectiva de las parejas para mantenerlos en plena forma, y que ambos empezaban ya a olvidar. ¡No sólo de flores vive el hombre!

A medida que transcurría el relato, los ojos de Adán se iluminaban. Desde luego, ella contribuyó a su eclosión interna, por la forma apasionada y pícara que imprimía a su voz, capaz por sí sola de penetrar, no sólo en los pliegues del alma, sino en todas las rendijas donde se oculte algo...

La magia de las letras y de la tarde reactivó los rescoldos de toda una vida apasionada, y en escasos segundos esos rescoldos se fueron convirtiendo en llamas, llamas que no podían apagarse. Y si dos, por su propio placer, en su fuego se abrasan, que podían esperar si no quemarse...

Y llegado a este cálido punto es cuando surge lo inevitable. Al inicio de la atropellada carrera hacia el dulce «tálamo», todo iba saliendo de película a lo «Michael Douglas» -aligerándose ambos de ropas y dejándola esparcida en el corto trayecto-, pero, nada más comenzar los prolegómenos del «rodaje», el teléfono imprudente -instalado precisamente en la mesa de noche-, con su estridente sonido, rompe como por encanto el hechizo iniciado. Eva, de mala gana, lo coge y oye una voz que pregunta: -¿Es la Renfe? Ella, no exenta de buen humor, le contesta: -No, es Iberia, y justamente en este preciso momento comenzábamos a despegar para emprender nuestro último «vuelo sin motor» rumbo al «Edén»... A continuación corta la comunicación y, para no sufrir la molestia de otra nueva llamadita, deja el teléfono descolgado. Reanudan el «sonoro silencio» y, cuando el amor iba «in crescendo» hasta encontrarse muy cerca ya del «cielo», nuevamente descienden en picado de la altura. Esta vez por culpa de Eva, ya que le fue imposible evitar la evacuación de los gases que almacenaba en su abultado vientre -consecuencia quizás de las judías con chorizo que había almorzado-, por lo que el efecto pirotécnico, y de forma continuada, hizo que los dos enamorados, pese a lo inoportuno del momento, estallasen en sonoras carcajadas. Adán, para sus adentros, posiblemente estaría pensando que los «puntos suspensivos de su mujer estarían dedicados a él, por lo que expresó con filosofía: «Adán, hoy no es tu día» Y ella, al oír este comentario, aunque no lo exteriorizara quizás, se preguntó: «¿Y habrá otro?

No obstante, pese a que el clímax a la «hora de la verdad» no fue de lo más romántico que digamos, Adán, en un derroche de titánica voluntad y haciendo gala del buen «maestro» que siempre había sido, terminó «milagrosamente» la accidentada pero placentera «película»...

Cuando pasó el «tornado», recuperado ya el sosiego, la pareja se acomodó en el confortable salón de estar. Eva conecta la radio, para ella mucho más relajante que la televisión, y por la «Cadena Dial» emitían una de sus canciones favoritas. Antes de llegar al estribillo, reduce el sonido, y haciendo «play back», en perfecta sincronía, le canta a su marido: «Devórame otra vez, / devórame otra vez, / ven, castígame con tus deseos / que reclaman mis ganas de ti... Adán al oír la insinuante letra en la voz de su mujer, que se la interpreta admirablemente al oído, no puede por menos, después de la «batallita» librada, que reconocer honradamente que él ya sólo está para «sopita y buen caldo» y no para devorar de nuevo, ...y menos ¡sin dientes!





 

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