Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

No, mamá, no es que se haga tarde, es que no viene...

Tú, tan segura. Yo siempre dudé.

Porque lo de nuestro compromiso, más que mi compromiso era tu compromiso. Estoy convencida de que el amor de Federico es sólo una consecuencia de que yo tenga mucho dinero. Y ahora, para decidirse a dar el salto final, duda. Se esconde.

Federico nunca me quiso, mamá. Eso es evidente. No soy tonta, aunque te lo parezca a ti, mamá. No soy tonta. Federico no vendrá.

De pié estoy aguardando al novio. ¡Qué figura tan ridícula la mía! ¡Aguardando al novio! Las caras de los asistentes a mi boda lo dicen todo. Pura mentira nuestro amor.

La iglesia rezuma humedad. Las paredes lloran lágrimas. Incluso lloran las flores del altar. También lloraría yo si supiera. Federico no llega. Ese es su amor por mí, la tonta. Ni llega ni va a llegar. Han transcurrido diez minutos. Han sido los diez minutos más angustiosos de mi vida. Solterona quedaré. No importa, porque ya era solterona antes de conocer a Federico. Solterona y ridícula.

Los invitados esconden sus sonrisitas. Los invitados son los amigos de siempre, la familia cercana de siempre y la familia lejana de siempre. Sonríen, mamá.

No viene. Convéncete, mamá. No viene ni vendrá. A última hora ha preferido su libertad a mi fortuna. Estoy agotada de tanta espera, de tanto vigilar la puerta de la iglesia.

Sé que estoy como una tonta, con mi vestido de novia, con la larga cola arañando el suelo, una tonta que espera inútilmente a su novio. Esperaré cinco minutos más, ni un segundo más. Esta angustia me atenaza. La espera de quince minutos será suficiente para comprender que todo es inútil. Son suficientes quince minutos de espera para quitarme la venda de los ojos, rasgar las vestiduras, volver a no ser nadie. Aunque en tus ojos leo consuelo y esperanza, no me hago ilusiones: Federico no existe. No es el primer hombre que se asusta ante la promesa de fidelidad y amor.

Lo absurdo de esta espera es sentirme observada por tantos ojos, tanta gente.

Algunos esconden su risita tras unos bostezos disimulados. El cura marchó. El cura sabe que cuando un novio se retrasa tanto es que ya no llega.

De tanto mirar hacia la puerta mis Ojos se llenan de estrellitas azules. Me duelen los pies, escondidos entre diminutos zapatos. Si no fuese por el temor de no ser comprendida me los quitaría e iría a sentarme en uno de los silloncitos que pusieron en al altar para la ceremonia. Pero seria demasiado descaro.

Cinco minutos. Pasaron ya. Dejo el ramo de novia sobre el altar e inicio la salida. Llegan las lágrimas a mis ojos. El imbécil del organista, con un despiste inexplicable, hace entonar la marcha nupcial. Son las notas más tristes que nunca oí, mamá.
Decidida, voy hacia la salida. Tropiezo con un escalón y daría en tierra si alguien no me sostuviera...

-¡Federico!

Federico llega presuroso, roja la cara, lleno de temblores. Me mira, sonriente, mientras besa mis labios.

-Me despisté. Esta iglesia...

Su voz de siempre severa, sabe a dulce melodía. Toma mi mano en la caricia de la suya.

-No importa -le digo-. Al fin llegaste.

Nos adelantamos hacia el altar. De nuevo suena la marcha nupcial. Nunca oí tan grata música, mamá...





 

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