Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

A modo de conclusión, decíamos en el artículo anterior que quien desee ser un creador, digamos que radical, ha de negarse a ser un deudor del pasado de la historia literaria. También sopesábamos que la empresa no era nada fácil, pues no es accesible, de momento, crear «de la nada», y que un movimiento de los años veinte, el formalismo, sostuvo la aglutinación de todas las experiencias como una síntesis bien combinada de los elementos más relevantes de escuelas y generaciones ya consagradas por los manuales de la Literatura.

Pero, ahora, en la postrimería de esta reflexión que venimos haciendo, nos preguntamos que qué recursos son necesarios para «innovar». Lo primero que se le ocurre al poeta en cierne es jurarse una insobornable iconoclastia, es decir, unas ganas feroces de destruir el pasado literario y crear de un afán que forzosamente tiene que rayar en la genialidad o en el disparate. Para enriquecer esta idea yo recomiendo al lector un libro que todavía sigue en pie: La deshumanización del arte, de Ortega y Gasset; o sea, sigue siendo consulta obligada en el menester de estos laberintos estilísticos que se dan en épocas como la nuestra, en la que el anhelo de novedad se confunde, a veces, con el cansancio. 

Precisamente, en esas fases de falta de un norte de estilo, surge la ambición de «hacer algo nuevo». La iconoclastia deja como sujeto subsistente a muy pocos medios de creación; entre todos ellos, la metáfora. Ortega hace en el libro citado un estudio espléndido de ella. La considera como leiv-motif de la nueva literatura, refiriéndose a las vanguardias. El poeta iconoclasta juega y, para ello, la metáfora, a ser posible con un origen onírico, es la vedette del coro de otros rasgos que entran en la obra. Menosprecio hacia las cosas reales transfiguradas por una semejanza que le es querida al poeta y que tiene como fin, más que ennoblecerlas, destacar aspectos sugeridos como por arte de magia; detalles que no percibe la gente común y que en la música balanceadora del verso son como burbujas emanadas de una sola.

Hago hincapié en la metáfora por el valor que siempre ha tenido en la creación literaria, y que adquirió, a partir de las ya mencionadas vanguardias, un carácter de virtuoso con respecto a la orquesta. Sin embargo, ¿hemos de valorar los hallazgos poéticos solamente por la acumulación metafórica? Claro que no. La obra literaria es un conjunto, una estructura, sea abierta o cerrada; es un ensamblaje de elementos que se avienen corporativamente para un fin. La preocupación que en siglos anteriores tuvo el poeta, y que consistía en imitar a los clásicos, haciendo para ello alarde de dominio de la forma métrica, ahora, en nuestros tiempos, se convierte en una búsqueda de las potencialidades del lenguaje, como si éste escondiera un filón de misteriosas expresiones que, una vez descubiertas, le darán prestigio y timbre de genio y jefe de fila.

¿Simbolismo y vanguardismo contra Horacio? Creo que no. En todo poeta que ame el equilibrio habrá una busca sosegada de nuevos recursos combinados con lo que se ha recibido por herencia generacional. Pero acojamos con simpatía y celebremos como prometedor al joven poeta o escritor que llega entusiasmado o delirante con un pedazo de mineral artístico en sus manos aventureras, o como un Rodrigo de Triana que, en el mar de la rutina de libros y revistas, grita porque cree que en el fondo de su imaginación ha avistado la tierra poética soñada, a pesar de las dificultades de una nueva poesía.






 

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