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Ya ha empezado la cuenta atrás: ya queda menos para el 2000. No puedo decir que me alegre o deje de alegrarme el hecho, aunque admito que algo hay que emociona en esa fecha, tal vez el mero deseo de cambiar, de pasar la página del modo que sea.

Lo cierto es que cuando el nuevo año haga su aparición, todos en mayor o menor medida caeremos en la cuenta de que nada distinto sucede, de que cuanto bajo el cielo y sobre el suelo existe continuará existiendo, inmutable al fin a las cuestiones del calendario.

Por encima de aspectos anecdóticos referentes al milenio, pienso que al hilo de este suceso muchos son los aspectos que deberíamos plantearnos, por ejemplo: ¿qué es el tiempo?, o ¿para qué vivimos?, o ¿qué es este cúmulo de pasados, presentes y futuros en que se desenvuelve el particular vivir de cada uno? Porque, lo queramos o no, minutos, días, o cualquier otro asunto horario no son sino la humana manera de parcelar y ordenar el discurrir cotidiano. Que nacemos y morimos es lo importante, y entre estos dos acontecimientos sólo hemos de procurarnos razones con que dar sentido a nuestro ser en el mundo. No sé si nos damos cuenta de esta realidad o, si por el contrario, estamos tan sumidos en otros fuegos de artificio que apenas si racionalizamos la más absoluta de las verdades.

Decía Horacio: «Imagina que cada día es el último que brilla para ti y aceptarás agradecido el día que no esperabas vivir ya.» Esta sentencia, tan clarificadora y profunda a la vez, podríamos hacerla nuestra como lema de vida. Efectivamente, nada mejor que averiguar que podemos vivir sin fechas, sin esperar aniversarios o milenios que nos deparen algo brillante y extraordinario. La felicidad o la desgracia, las grandes decisiones o los más lamentables fracasos se acurrucan por nuestro lado sin atender otras razones que las que nosotros les proporcionamos.

Afirma Manrique en las Coplas por la muerte de su padre
 
Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte,
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando...

Manrique quizá nos está dando la solución oportuna: no durmamos, mantengamos el alma dispuesta y atenta para dejarnos embriagar por lo que realmente vale la pena. No hagamos caso omiso de este latido de Vida que por nuestro ser discurre.

Vivamos saboreando el gozo de estar aquí, sin otras pretensiones que el encuentro con el otro y nuestro más innegable yo, sin ocuparnos de milenios salvadores, de recetas milagrosas que oportunamente se nos quiera vender, y de prisas por llegar quién sabe a qué momento o lugar porque, como también dice un proverbio irlandés: «Dios creó el tiempo, pero el hombre creó la prisa».






 

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