Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Los árboles simbolizan la relación constante entre lo interno y lo externo porque sus raíces buscan las profundidades de la tierra y sus ramas se abren hacia el espacio exterior».

Se acercaba el mes de Diciembre, el mes sagrado de los celtas y con él la gran ceremonia. En breve, los tonos dorados del otoño quedarían cubiertos por las barbas frías del invierno, el anciano despiadado que todos los años llegaba renqueando, ocultando la belleza de los bosques hasta el resurgir de la primavera. Los árboles habían ido pagando el tributo obligado a su permanencia con la moneda suave y muda de sus hojas secas. La tierra húmeda las besaba al recibirlas, las arrullaba mientras el viento del norte las mecía con el sutil rasgueo de un vaivén.

Caía la noche. Las montañas se pintaron de oscuro y en unos segundos se desdibujaron sus picos. Había cesado el trinar de los pájaros. El silencio iba cayendo suave. Entonces unos pasos débiles quebraron la quietud, los pasos de una joven ataviada con una túnica blanca ceñida con un cinturón de cobre. El bosque, su santuario, la esperaba cada noche de luna llena. Sus pies descalzos caminaban por tortuosas veredas para internarse en la negrura de terciopelo que la acariciaba al andar. De cuando en cuando, su cuerpo se fundía en un abrazo dulce con las encinas, los árboles benditos. Las besaba para mostrarle su amor inmortal, para culminar, a su manera, el ciclo natural. Llegó al lago. Sobre él espejeaban los titileos traviesos de los luceros y, en el centro, la estela temblorosa de la luna. La túnica blanca quedó abandonada en la orilla y su cuerpo desnudo se dejó abrazar por el agua. Se deslizó sobre la pasarela plateada y gélida. Surcó la blancura con la suavidad de una hoja. Sus brazadas eran como el chorreo débil de una fuente.

Cuando se sumergía gozaba de una oscuridad insonora, violada por el albor de la reina del silencio.

Cansada, nadó hacia la orilla. Al salir brillaba como una estrella. Se tendió sobre la hierba clavando sus ojos en el cielo, dejando resbalar por su cuerpo los rayos níveos trazados en la negrura. Los robles, con el muérdago enredado a sus troncos, jugueteaban a querer enganchar las nubes corredoras, afanados en que no desapareciera la claridad. En el pensamiento de la joven druidesa latía el único deseo de retener en su piel y para siempre el olor de la luna, un olor a noche y a campo mojado que la impregnaba cuando acababa su particular ritual. Dagdé, dios protector del género humano, sabedor de su inquietud, acarició su arpa arrancando una melodía maravillosa que sumió a la druidesa en un sueño muy profundo. El aire olía a polen y poco a poco miles de lucecillas brillantes se reunieron en torno a ella.

Las hadas acudían a la llamada de su rey. Estas reían y reían batiendo sus velos transparentes, los que convertían los sueños en realidad, desparramando suspiros azules sobre aquella piel inmaculada. Entonces Dagdé tocó una melodía distinta, triste y las hadas empezaron a llorar. Lloraron tanto que sus lágrimas frías caían como una lluvia fina sobre el cuerpo de la joven y sus gemidos acabaron por despertarla. Se incorporó y al hacerlo un escalofrío le recorrió desde la cabeza a los pies. Estaba mojada y también lo estaba su túnica. Al ponérsela percibió un olor muy especial, muy familiar. Sonriendo abandonó su santuario.

Amaneció el día primero del mes sagrado. El bosque, con gran solemnidad, recibía a los adivinos. La comitiva iba cantando himnos a las divinidades. Un heraldo portaba el caduceo y tres druidas marchaban al frente con todo lo necesario para el rito. El gran druida, el más anciano, acompañado por el resto del pueblo cerraba el cortejo.

Cuando llegaron al roble escogido se encaramó y sin mirar cortó el muérdago con la hoz de oro asida en su mano izquierda, al tiempo que decía: «El muérdago del año nuevo», anunciando el inicio del mismo. En aquella ocasión la hierba sagrada fue repartida por la joven druidesa. Sus pasos cadenciosos iban acompañados por los golpes suaves de su túnica radiante que exhalaba un olor muy especial. Nadie supo identificarlo. Ella sí. Después de aquello y por propia voluntad, se retiró a la isla de Sain, un lugar habitado por sacerdotisas de su misma condición, dedicándose en cuerpo y alma a interpretar los oráculos de la reina blanca.

Y mientras su vida duró, vivió rezumando aquella fragancia. Cuando parecía que iba a esfumarse se ponía muy triste y entonces el aire olía a polen oía unas risas suaves, un aleteo travieso, un rumor de lágrimas, un arpa a lo lejos y sonreía porque sabía que la noche le otorgaría, de nuevo, su más bella dádiva: el olor de la luna.







 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep