Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces


En el «Club de amigos» -lugar de encuentro de los intelectuales «consagrados»-, solían reunirse una vez al mes, porque las complicaciones que conlleva la gran ciudad no les permitía hacerlo con mayor frecuencia. En él se daban cita un numeroso grupo do hombres y mujeres de distintas ramas del arte, aunque no todos eran «artistas»; ahora, eso sí, en el don de la palabra no tenían rival, y no digamos en el de la falsedad, pedantería, envidia -sin motivo- y otras «virtudes». En todo ello -salvo honrosas excepciones- podían sentar «cátedra». Aunque a estos «amigos», como verdaderamente había que conocerlos era por separados en cualquier lugar de la ciudad, pues juntos trataban de engañarse unos a otros. Para que tengáis una idea, os voy a poner un ejemplo. 

Cierto día Pepe paseaba por la Casa de Campo y, fortuitamente, se da de cara con su amigo Jacinto. Nada más saludarse entran en el tema que a ambos los unía: las artes. Le pregunta Pepe a Jacinto si había leído el último libro de Ignacio Montealto -también miembro del Club-. Éste le dice que aún no. «-Pues bien, puedes ahorrártelo, porque es horriblemente malo, vulgar, aburrido, vamos de lo peor; con decirte que sólo puedo recomendártelo como somnífero.» Nada más formular los «elogios» de reglamento aparece inesperadamente el «laureado» autor del libro.

Inmediatamente el que lo criticaba, lo acoge con su mejor sonrisa al tiempo que lo abraza con gran teatralidad mientras le dice: «-¡Hola querido amigo!, ¡Cuánto me alegra verte! Precisamente le estaba comentando a Jacinto tu magnífico libro. ¡Es realmente bueno!, con él te consagras definitivamente como escritor.» Ignacio que en el fondo era un auténtico «narciso», se lo cree a pies juntillas y, con una sonrisa de oreja a oreja, le devuelve la galantería con su misma sinceridad. Y elogiándole a Pepe su arte pictórico le asegura: «-Pepe, me has dejado verdaderamente sorprendido con tu última exposición en la «Galería Lloret». Chico, tus cuadros son toda una gozada. Lo que te digo, contigo tenemos un nuevo «Picasso...» Hablaron un buen rato, intercambiándose mentiras, hasta que Pepe -el nuevo Picasso- mira su reloj y se marcha apresuradamente. Nada más verlo alejarse, el «literato» comenta a Jacinto: «-Que mal lo he pasado al tener que decirle a Pepe lo que has oído. Dios me perdone por tamañas mentiras, aunque en este caso sean «piadosas»; pero, ¿cómo destrozar sus ilusiones si la pintura es su vida? ¿Cómo decirle que sus cuadros son verdaderos bodrios? Todos los que entendemos sabemos que se tenía que dedicar a otra cosa menos a pintar. Si al menos tuviese una trayectoria como la mía, avalada por el reconocimiento de los «entendidos». Por cierto, que próximamente saldrá mi nuevo libro, ese si que os va a encantar.» Jacinto le pregunta «-¿Es aún mejor que el que acaba de comentarte Pepe?» «-¡Muchísimo mejor!, hombre, yo no puedo a estas altura permitirme hacer libros malos como otros «escribidores y poetastros», de los que ya te hablaré en otro momento porque hoy tengo prisa. Bueno, Jacinto, he tenido un gran placer al hablar contigo; a ver cuándo te acercas por el Club hombre, que estás últimamente perdido.» «-Lo intentaré.»

Jacinto, se queda pensativo, y posiblemente asqueado de tanta falsedad y pedantería como había tenido que soportar, pero no descartó por ello la idea de aparecer el primer día que tuviese libre por el «Club de amigos» donde tanto se AMABAN. Y se dijo: «quizás a Magdalena -su compañera sentimental- le apetezca echar un rato con sus amigas, y quien sabe si del cotilleo recopile, como otras veces, «material» para uno de sus semanales artículos.

Se encaminó hacia su casa, a unos metros de la Casa de Campo. Magdalena al verlo -por la cara malhumorada que traía- se dijo: «¿que le habrá sucedido?» Pero no le dio tiempo a preguntarle, ya que él se adelantó contándole con todo género de detalles el encuentro con los dos amigos. Como colofón le manifiesta: «-No te puedes imaginar, Magdalena, lo que me he tenido que controlar para no mandar a hacer puñetas al pedante de Ignacio; ¿pero que se habrá creído el engreído ese?» «-Pues mira que Pepe -le apunta Magdalena-, también está apañado.» «-No, si casi todos son iguales de envidiosos, y, paradójicamente, los que menos presumen de nada son los que mas valen, claro que ellos con su soberbia no los quieren reconocer y no pierden ocasión de humillarlos; pero, un día, éstos que ellos dicen que sólo lo conocen en su casa, a más de uno le va a dar una gran sorpresa...»

La envidia, queridos lectores, es un mal endémico en todos los tiempos. Ya en el Siglo de Oro, Fray Luis de León, por la envidia incontrolada que padecen los mediocres, fue injustamente encarcelado, como todos sabéis, por la «Santa Inquisición», robándole cinco años de su irreprochable vida. Buena cuenta nos dio de ello al plasmarla en su famosa décima que tituló precisamente «LA PRISIÓN», y que transcribo para los que la desconozcan: «Aquí la envidia y mentira / me tuvieron encerrado. / ¡Dichoso el humilde estado / del sabio que se retira / de aqueste mundo malvado. / Y con pobre mesa y casa / en el campo deleitoso / con sólo Dios se acompasa / y a solas su vida pasa / ni envidiado ni envidioso.

Después de este inciso poético, retomo el hilo de la conversación de la pareja. «-Bueno, Jacinto, no te amargues con esos cargantes, que no vale la pena, y cuéntame algo divertido. Por cierto, anoche me dijiste que mientras me esperabas en el bar sucedió algo verdaderamente simpático, cuéntamelo antes de que se te olvide. A Jacinto se le dibujó una sonrisa al evocar lo que había presenciado, por lo que no titubeó en complacer a Magdalena. «-Estaba en la barra tomándome una cerveza, cuando se sienta a mi lado un hombre maduro, pero con un mundo de juventud en sus ojos, que le bailaban al contemplar a la joven camarera con su escasísima falda y el generoso escote que dejaba ver unos firmes y provocativos pechos. El individuo le pidió un «cóctel» y ella, coqueta y atractiva, empieza a mover la coctelera a un ritmo tan sensual que los pechos, sincronizados con el movimiento, a punto estuvieron de salírseles por el escote. El hombre se los comía con su mirada y, de vez en cuando, se empinaba en el taburete para recrearse en sus bien torneados muslos.»

Magdalena lo interrumpe y lo amonesta: «-Eso demuestra que tú también te estabas recreando en ella, ¿no?» «-Mujer no iba a cerrar los ojos cuando el espectáculo te lo brindaban gratis.» «-Bueno, continúa.» «-Total, que la chica le pregunta: -desea usted que se lo agite mas?» Él, con un hilo de voz le responde visiblemente emocionado. «-Sí, sigue, sigue, me gusta bien batido.» Ella prosigue con su trabajo hasta que se lo vierte en la copa a la vez que le pregunta: «-¿Prefiere el señor una pajita?» El hombre, totalmente derrotado por la excitación, le contesta casi en un suspiro...

«-Nooo, ¡ya no me hace falta!»





 

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