Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces


EFECTIVAMENTE, es preciso, importante, no maldecir la vida pensando que hay espinas entre las rosas. Porque se hace necesario bendecir a Dios que puso tantas rosas entre las espinas.

Y esto es tan cierto que hace que no podamos admitir, en ningún momento, el educar al niño en el temor, entre otras muchas cosas, porque a lo mejor es preciso aceptar como necesario «SU TEMOR».

Aclaremos: es perjudicial y hasta desagradable que un niño tenga que obedecer por temor a las brujas, al demonio, incluso al purgatorio y a veces al infierno, que ya es el colmo...

Y no faltan veces en las que ¡HASTA A DIOS!

Todo ello demuestra lo importante que es criar al niño, sobre todo en el AMOR... «Que aunque no hubiera cielo yo te amara / y aunque no hubiera infierno te temiera», desde luego, y sobre todo como la más maravillosa lección de cada día.

Este es un grito de amor, de ese amor preciso, necesario, con el que debemos abonar los actos TODOS de nuestros hijos.

Aquel niño, como tantos otros que caen en la advertencia normal, en el atolondramiento de sus juegos, de que si hace aquella imprudencia peligrosa se hará daño, y el niño, con el negativismo propio de su edad y con el añadido alocamiento de sus juegos, llega a hacerse ese daño, desembocando en el lloroso dolor de su traumatismo, no deja de oír de sus mayores, y lo que es peor, muchas veces hasta de sus profesores: «Lo ves; castigo de Dios, ¡por desobediente!» Naturalmente, en el alma de aquel niño se irá grabando la imagen terrible de un Dios inmisericorde y lo que es peor, ¡implacable!

Cometeremos con este niño dos errores: el primero, hablar al niño de menos de cinco años de algo muy difícilmente comprensible para él, que no tiene aún edad para comprender la EXISTENCIA DE DIOS.

El segundo error es colocar a Dios como irremisible ejecutor encargado de cumplir el castigo por algo que el niño nunca debió hacer.

Y si no puede ser castigo de Dios el que un niño desobediente se corte con un cuchillo, que nunca debió coger, como se lo advertimos insistentemente, lo que se produjo por las torpezas de sus reflejos y movimientos todavía sin madurar, tampoco deberemos pensar que hasta ese niño pueda llegar amenazadora y terrible al ascua llameante del demonio si recurrimos a este otro motivo o amenaza o nos extendemos a amenazarlo con el fantasma que se lo va a llevar y hasta el guardia uniformado que lo puede meter en la cárcel... Que hay quien llega a estos extremos, pasando por el «hombre del saco», tan socorrido.

Tener en cuenta que educar a un niño para el temor puede ser, de forma absoluta, bien demostrada por la ciencia, semilla de trastornos mentales para su edad adulta.

Frente a esos errores muy frecuentes, más de lo que pudiéramos pensar, por desgracia, nos encontramos ya no con algo de lo que no nos cansaremos de hablar y escribir, que el niño padece uno temores que van evolucionando con su madurez cerebral. Y lo traemos a cuento porque, precisamente, educar a los niños en el amor, es buscarles y solucionarles estos temores de forma directa y francamente positiva.

Educar los niños en el amor es llegar de la mejor forma, y de la más eficaz, a esa tercera fase de equilibrio en el temor tan justa y necesaria para la protección del niño por sí mismo.

Porque el temor normal en el niño pequeño es su protección ante un daño y hasta, incluso, una posible lesión mortal. Entonces se hace preciso saber hasta qué punto este temor es preciso respetarlo, siendo en muchos casos el germen de la posible prudencia del niño. Como el aviso de su Angel de la Guarda.

Efectivamente habrá quien ha visto o tiene recuerdos de su infancia y de haber sido protagonista de posibles juegos tirando piedras hacia arriba gritando (nosotros recordamos jugar y compartir este juego cuando vivíamos en Algeciras). Tirar piedras hacia arriba, gritando que «lo que cae del cielo no hace daño», al recordarlo nos damos cuenta de lo importante que hubiera sido para nosotros, entonces, y para nuestros amiguitos, el que en aquellos momentos hubiéramos tenido todos un poco de «temor», algo de esto tan protector a estas edades, y a todas... Como lo sería para los niños que cuelgan en la trasera de los tranvías y autobuses, que no faltan entre los más héroes y hasta de los camiones.

Por eso BURT, en su libro titulado «The young delinquent», hace muchos años que nos afirmaba: muchos delincuentes padecen no de exceso sino de falta de temor, ¿no es sorprendente que el Vaquilla, que acababa de escaparse de la cárcel hacía pocos días, se dedicara a continuación, con la mayor ignorancia, a atracar tiendas y bancos hasta que la policía inmediatamente lo localizó y lo volvió a detener? ¿No es esto algo inconsciente, llamativo y confirmador de estas afirmaciones de BURT?

Así llegaríamos a determinar que, algunas veces, la falta de inteligencia y una debilidad anormal ante el temor, podrían ser la mayoría de los orígenes de muchas delincuencias infantiles y juveniles.

Si el niño normal, efectivamente tiene un temor «prudente», que es fisiológico y seguramente preciso para los constantes riesgos que lo amenazan y le pueden perjudicar, ¿para qué añadirle el castigo lleno de crueldad, de falta de comprensión, de ausencia de sentido común, de amenazas con miedos abstractos y absurdos de cuentos para no dormir, persecuciones divinas, más o menos justas y hasta venganzas diabólicas?

Sin olvidar de que el miedo en este mundo ha salvado muchas vidas.





 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep