Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces


A veces pienso que todo tendría que inventarse de nuevo. Tenemos tantos prejuicios, tantas etiquetas puestas, tantos tópicos manoseados, que ello no hace sino equivocarnos una y otra vez. Venimos a un mundo en el que realidades y personas aparecen ante nuestros ojos como si de un supermercado se tratara: todo dispuesto y colocado para su venta y distribución. Nos dicen qué es lo malo o lo bueno, lo mejor o lo peor, como si no tuviéramos la suficiente capacidad para averiguar y aprender por nosotros mismos. Yo, particularmente, me niego a no creer en el individuo y en su inteligencia. Me resisto a considerarlo todo de antemano. Y me niego, por supuesto, a ser yo misma un producto a etiquetar por los vendedores de un gran mercado.

En esta sociedad de modas y masas predispuestas a ser educadas, deberíamos redescubrir el sentido de palabras tan maravillosas como autenticidad y originalidad. Averiguar que cada día que nace es distinto al otro, que nadie es exactamente igual a otro, y que ni siquiera cada ser humano es inamovible en sus ideas y forma de pensar o actuar, sería entonces nuestro gran hallazgo. Sin embargo, creo que no nos suelen educar para ello. Claro que quizá frecuentemente no queremos ser originales: es más cómodo sentirse integrado en un grupo, pues de lo contrario, muy duro habría de ser el esfuerzo por ser diferente.

Me gusta contemplar las vidas de aquéllos que han luchado por ser como son, y que al mismo tiempo han tratado de analizar los millones de realidades y matices que nos circundan. Realmente, y en el fondo, estos grandes personajes son los que a todos acaban por entusiasmarnos. Y no llamo grandes personajes simplemente a los que han quedado para la posteridad, sino también a esos seres anónimos que en un momento dado se han cruzado en nuestras vidas dejando el testimonio de su grandeza y de su integridad. La originalidad, reconozcámoslo, nunca pasa inadvertida; la mediocridad, por su parte, no hace ningún favor a nadie.

Si creemos sin más que todo está inventado, si prejuzgamos alegremente, si recibimos cada nuevo día como si lo supiéramos todo de él, ¿para cuándo las ilusiones y los sueños? Si dejamos que otros se tomen la molestia de reinventarnos a su modo, ¿para cuándo la confianza en el hombre y en lo que cada uno puede llegar a ser? Precisamente porque creo en la página en blanco que significa el nuevo día, porque creo en el hombre, en los sueños y en la originalidad, creo en la literatura, por ejemplo, en quienes la hacen, y en el sabor que un libro lleno de esperanzas deja en mi mano y en mi corazón.

De todos modos, bueno es también saber, que no por ser originales y auténticos tendremos nuestro andar cotidiano limado de contrariedades: quizá necesitemos de mayores fuerzas, pero lo que ganemos en satisfacción habrá valido la pena sin duda. Quitémonos, pues, las vendas, buceemos en lo que somos mientras tengamos vida, mantengamos los ojos abiertos mientras la luz de la vida nos toque de lleno. Sólo así tendremos la seguridad, cuando nos llegue el final, de haber vivido rendidos al propio misterio de la existencia.





 

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