Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

La cocina del restaurante estaba vacía, inundada por la nada oscura y callada, impregnada de aceite pasado, rebozada en posos apelmazados de harina marrón, lista para zambullirse y freírse en la sartén de la rutina. Los goznes chirriaron, destronando la tranquilidad, quebrando el silencio y la luz de los fluorescentes desterraron sin remisión las tinieblas dulces del sosiego. Pegándose al suelo grasiento, los pies rollizos de Mané renqueaban uno tras otro, mientras él, con la voz entrecortada por la asfixia, maldecía su curva de la felicidad. ¿Curva? Más que curva era una cúpula enorme que le impedía verse los pies. Si se le miraba de frente o a la retaguardia podía pasar. Pero visto de perfil era lo más parecido a una interrogación. 

Mané, trabajador como nadie pese a su sobrepeso, con sus suspiros roncos, era puro nervio en sus dominios: era el rey de la cocina. Todos los días llegaba el primero. Recibía personalmente el camión con las viandas que previamente había comprado en el mercado y chorreaba insultos a borbotones a los listillos que intentaban pegársela. A él se la iban a dar. A él, que había crecido entre fogones porque su madre -que en la Santa Gloria estuviera- tuvo que ponerse a trabajar de firme, es decir, con una paga y seguro, cuando el cabo primero que vino de Vigo a hacer el curso a la Escuela de Suboficiales la dejó plantada y preñada. 

No tuvo otra opción, porque la señorita de la casa donde hacía los medios días no podía tener bajo su techo a una chacha airosa, pero como había sido muy leal y muy fiel la favoreció hablando con el cura de la parroquia para colocarla en la cocina de un bar muy formal. Entre pucheros, ollas y sartenes, creció Mané. Su madre, a pesar de la deshonra, era diferente. Hablaba despacio, vocalizando, de forma muy distinta al resto de los ciudadanos, aunque sin perder el acento. Su voz sonaba acorde a sus modales y su comportamiento era educado y elegante. Pero la envolvía un halo extraño. Él advertía un no se qué, mas no acertaba a dar con la clave. 

Un día aburrido, un día de esos en los que la cocina estaba tranquila, comenzó a contarle unos cuentos que había leído en unos libros antiguos. En ellos descubrió a un cocinero muy particular, pues guisaba para los titanes, unos seres gigantescos que quisieron conquistar el cielo. Debido a su tamaño necesitaban una alimentación especial. Manekempis -así se llamaba el cocinero- era el encargado de prepararles las exquisiteces que engullían para luego hacer digestiones de boa constrictor tumbados a la sombra fresca de los árboles. Ella le había llamado Mané en su memoria, pues siempre supo que su varoncito sería del gremio. Le educó desde la ternura hacía lo que le rodeaba, a lo que iba a ser parte de su vida: los cacharros, el mimo a la hora de lavarlos, la caricia suave del paño al secarlos. Le enseñó a oír la música de la caída libre de una cascada de sopa caliente sobre un plato, a oler el borboroteo lento pero incesante de un cocido, a batir con arte unos huevos y volver en el aire una tortilla blonda, a poner amor al amasar la base dc un pastel. Todo eso lo heredó de ella. Mané había preferido ser lampista o cobrador de arbitrios, pero la experiencia materna le demostró en más de una ocasión que no pasaría hambre. Y se acomodó a su posición llegando a ser tan conocido que los restaurantes se lo disputaron en más de una ocasión por su buen hacer y su responsabilidad.

Una mañana mientras tomaba un café, escuchó el frenazo del camión del mercado. De repente entró el marmitón gimoteando. Del susto, Mané se atragantó y cuando se recuperó le sacudió una serie de pescozones hasta sonrojarle el cogote. No era esa la forma de hablar de la confusión. Al fin y al cabo, si en el mercado habían cambiado el venado por el corzo, carne de caza era y no existía mayor problema. Con todo el plantel alrededor de la mesa de trabajo y sobre ella el cérvido, el cocinero dijo: «Sabed, amigos míos, que el corzo el es príncipe de los bosques pues está dotado con una virtud que sólo corresponde a los pájaros. Es tan delicado que sus patas parecen no tocar la tierra por la que brinca, dando la sensación de un vuelo muy bajo -y batía los brazos llenos de argollas carnosas-. Por eso hay que darle tratamiento de alcurnia: puede asarse al espetón con un poco de sal, pimienta y un toque ligero de tomillo; acompañarse con un buen vino, pan fresco y una seta o un níscalo, pero, sobre todo, recuerden, el corzo es la carne de caza que menos especias y salazón necesita, y ¡ay de aquél que coloque mostaza en la mesa!» «¡Bravo -exclamó un vozarrón acompañado de palmadas-, bravo! -repitió.» 

El dueño, quien había oído la disertación, exclamó: «Mi querido Mané, no sabía yo que tenía de encargado a todo un especialista del arte culinario!». Mané no pudo articular palabra. No sabía qué era eso. ¿Qué habría querido decir? El arte culinario. ¡Qué mal sonaba! ¿Acaso sería...? ¿Era esa la forma elegante de insultarle? Y encima le estrechó la mano y le dio la enhorabuena. ¿Acaso él también era... del arte culinario?. No se atrevió a contestarle por temor a perder el trabajo, sin embargo, sintió que su interior grasiento se derretía, se encogía haciendo zozobrar su ilusión y su amor por la cocina. Se sumió en una depresión tan profunda que le hizo perder más de treinta kilos.

Muchos años después, durante el banquete celebrado por su jubilación, el marmitón, que ya había ascendido a oficial, pero para él seguía siendo el pinche, tomó la palabra a los postres. Alabó su profesionalidad, su afán de aprender, de enseñar, de probar cosas nuevas, en suma, «maestro, es usted un fuera de serie en el arte culinario, o lo que es lo mismo, en el arte de guisar».

Mané, entre sorprendido y confuso, no pudo evitar la carcajada. Tanto tiempo soportando el peso de un insulto que nunca existió. «¡Valiente lila soy!», pensó. Los elogios del oficial continuaron: «...y para terminar, todos debemos emular a tan insigne gastrónomo. He dicho.». Mané levantó de pronto la cabeza. ¿Gastrónomo? «¡Ah, no. Yo no me paso el resto de mi vida tragándome el disgusto! Ahora mismo me explicas, maldito, lo que has querido decir!» y sacó al muchacho del comedor tirándole de una oreja mientras los demás participantes del condumio carcajeaban sin parar.







 

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