Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Jugar no es vivir ni la vida es un juego, porque, a diferencia de los juegos, la vida no trae instrucciones y, si pierdes, lo pierdes todo. Los juegos, animales o humanos, de balón o de mesa, con apuesta o sin ella, educativos o no, o como quiera que los entendamos y clasifiquemos, son parte de la vida, pero no dan más sentido a la vida ni acercan a la felicidad. ¿Para qué servirán entonces?

La gente de hoy piensa que el trabajo no dignifica al hombre y que, por eso, es la única actividad que precisa de remuneración para querer realizarla. Creemos que el único tiempo con sentido y dignidad, el tiempo donde somos nosotros mismos, es el tiempo de ocio. Y, dentro de este tiempo, los juegos son un posible tipo de actividad a realizar. Jugar es, por tanto, un modo de acción que no se dirige esencialmente a la remuneración, sino que antepone otra serie de valores como son el riesgo, la habilidad, el ingenio, la suerte, etcétera. Es un trabajar que no es trabajo y, en vez de que nos paguen, pagamos por jugar.

Ojalá el trabajo pudiera jugarse. Ojalá encontrásemos placer en lo que hacemos. Pero es imposible. El horario, la responsabilidad, la rutina... trabajar no es jugar, ni tampoco vivir. Puede que se salven esas profesiones que se dicen vocacionales: ser médico, escritor, sacerdote, pintor, maestro, torero... ¿Puede? No sé. Al principio, sí. Seguramente, en muchas otras ocasiones. Pero no siempre. Por naturaleza el trabajo es un rollo. También sería un rollo que nos obligasen a jugar al parchís, por ejemplo, cuarenta horas a la semana. Es lógico.

Este criterio de distinción entre el juego y el trabajo implica que los jugadores profesionales no juegan: su cuenta corriente depende de su habilidad y preparación y, por tanto, jugar, por ejemplo, al fútbol es para el futbolista trabajo . En cambio jugar por jugar está bien: cuando te apetece lo haces y cuando no, paras (excepto los ludópatas, que son adictos al juego). Se juega libremente, sin acoso ni responsabilidad. Dicho de otro modo, el jugador no es el que soporta el estrés que provoca el juego, sino aquél que lo busca porque, por una vez, el peligro no es real (o sea, que no es un peligro peligroso) En la vida real el estrés sirve para sobrevivir a los peligrosos peligros que nos acechan: es un estar atento que nos salva el cuello.

En los juegos el cuello es virtual y la supervivencia no entra en la apuesta (la ruleta rusa, convendrán conmigo, es un juego para el que apuesta, no para el que juega ). La vida es seria. Los juegos sólo distraen, que ya es bastante.

Es bastante porque jugar por jugar sirve para olvidar (y no provoca resaca). Cuando jugamos desaparece todo lo que no es el juego. El pasado y el futuro pasan a segundo plano y sólo atendemos a lo que estamos haciendo. Por eso es bueno jugar: es como unas vacaciones de nuestra vida. Sí señor, jugar es irse de vacaciones . Y por eso el juego pertenece al tiempo de ocio y sirve para descansar del trabajo. O como dicen los mal hablados, es una actividad de esparcimiento (como si uno se pudiera esparcir).

¿Irse de vacaciones? Puede. Pero, ¿y los niños?, ¿huyen de algo? ¿acaso trabajan tanto que necesitan jugar todo el día? (Veo que mi tesis está en peligro y que hay que mejorarla: a eso dedican su tiempo los filósofos, tengan estudios o no). El juego infantil consiste en un entrenamiento en capacidades motrices o intelectuales, tales como saltar, correr, recordar nombres y palabras, etc. Los niños imaginan que una nube parece un cerdito, imitan a los adultos, se esconden para saberse buscados por alguien, pintan, tocan todo lo que pueden y se lo meten en la boca y demás cosas por el estilo. Lo suyo es un entrenar divertido, a diferencia de lo que ocurre en el mundo adulto, en el que ya se ha perdido la frescura de un aprender que es por mera curiosidad o por puro exceso de vitalidad. El niño no se va de vacaciones ni huye. Entonces, ¿hace algo serio?, ¿es trabajo lo que hace? Sigamos avanzando, a ver a dónde llegamos...

Divertirse. Eso es el juego. Un juego que no divierte no es un juego sino algo serio. Y jugar sirve para descansar de la seriedad y gravedad de una vida que, como diría Ortega y Gasset, se nos da, pero no se nos da hecha, sino que cada uno tiene que hacérsela, cada cual la suya, desde la libertad y la circunstancia. Vivir y jugar son actividades complementarias, como dormir y estar despiertos: se duerme para vivir despiertos y se vive despierto para tener buenos sueños; paralelamente, se vive para tener algo sobre lo que jugar y se juega para aprender a vivir... ¡Eureka!

El adulto juega para olvidar la seriedad de la vida y el niño para aprender la seriedad de la vida. Estamos hartos de verlo: la niña que acuesta el muñeco no se toma a broma su juego. Vamos, que se enfada si alguien zarandea sus miembros de plástico. Para ella es algo serio. Pero también juega, porque el muñeco, al no estar vivo, no corre peligros reales. Así es cómo el juego infantil es a la vez serio y divertido, olvidar que la vida es frágil y tratar a un pedazo de plástico como si estuviera vivo. Es un intento de estar serios donde no cabe seriedad.

La pérdida de la inocencia consiste en un darse cuenta de lo que es serio y lo que no. Es un deslindar ambos terrenos. Quien juega con fuego acaba dejando de jugar, acaba llorando. Como ocurre con esos adolescentes que no ven lo serio que es ir a la escuela o la adición al tabaco o el consumo de alcohol o la práctica del sexo. No lo ven y son inocentes, hasta que un día llegan a la conclusión de que todo esto es muy serio y, de repente, se vuelven adultos responsables. Y ustedes dirán: ¿Cómo hacer que mi hijo deje de jugar?, ¿cómo hacer que se dé cuenta de lo seria que es la vida?

Bueno. Yo también me lo pregunto. Sólo puedo decir que regalarles una Play Station no es la respuesta.





 

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