Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces


A los pocos días del encuentro de Jacinto con sus amigos, Magdalena y él se presentaron en el Club. Como era habitual tenían dos mesas, una para los hombres y otra un poco mas distante para las féminas. Magdalena no era muy habladora que digamos, pero eso sí, le encantaba escuchar, y, francamente, cuando iba se lo pasaba bien, pues los temas culturales que abordaban siempre eran interesantes. Sobre la mesa había dos magníficos libros: «Ana Carenina» del célebre autor ruso León Tolstoi y «Otelo» del dramaturgo inglés William Shakespeare. Es evidente que con el contenido de estos dos libros tenían materia suficiente para especular sobre un tema universal e imperecedero, como el adulterio y los celos.

El animado coloquio quedó de momento interrumpido por la llegada de Magdalena, pero una vez acomodada e intercambiado los saludos de rigor, retomó la palabra Mercedes:

-Como os decía, los celos son funestos siempre, pero aun se agudiza más el cuadro, cuando estos son infundados. Como afirma en su cita Mue de Scudery: «Un celoso encuentra siempre mas de lo que busca». Y el pretender encontrar lo que no existe, indudablemente entraña desastrosas consecuencias. Ese precisamente fue el drama de Otelo. Este tipo de celos patológicos son irreprimibles para el que lo padece. -Sin embargo -sugiere Laura-, hay algunos que son excesivamente confiados, y la confianza mata al hombre... como le sucedió al marido de «Ana Carenina». -Pues, a mí concretamente -comenta Tere-, me gustaría que mi Roberto fuese un poquitín celoso, pero nada, ni aunque coquetee descaradamente con otro para provocarlo lo consigo; a veces pienso que no me quiere. -El «juego» del coqueteo es sumamente peligroso -le replica Enriqueta-, y además, no te fíes nunca de las aguas mansas. -Yo creo que los extremos nunca son buenos -apunta Irene. -Pues ahora os voy a contar yo una historia contemporánea que viene bien al tema de las distintas reacciones del hombre ante los celos -manifiesta Mónica, que hasta ese momento había permanecido callada, pero no cabe duda que el saber escuchar y esperar tiene sus ventajas-. Comienza: -Hace unos días, mi madre me hizo confidente de una historia. Resulta que se encontró casualmente en el metro a una compañera de sus tiempos estudiantiles con la que había tenido una gran amistad, hasta que Merchi se casó, jovencísima, trasladándose al poco tiempo con Lorenzo -su marido- a Barcelona. Como en el corto trayecto apenas si pudieron hablar, le rogó a mi madre que la visitase, ya que tenía muchas cosas que contarle. Le dio su dirección y pasado unos días, previa cita telefónica, se presentó en su casa. Merchi siempre destacó por su belleza y escultural figura. Lorenzo era feíllo, pero buena persona, sólo que el pobre estuvo siempre muy mal retribuido en su trabajo, por lo que el dinero no fue muy abundante, acentuándose aun más su falta cuando vinieron los hijos. Total, que Merchi decidió, con el consentimiento de Lorenzo, buscar un trabajo digno. Con su joven palmito no le resultó difícil hallarlo. Y fue en un Instituto de belleza donde comenzó a desarrollar su labor. Al principio todo era de lo mas normal, masajes, limpieza de cutis, depilación a la cera, etc, hasta que cierto día la directora del Centro le propuso algo mucha más remunerativo, pero con fines deshonestos, pues dicho Centro ocultaba otra clase de trabajo relacionado con el sexo. Merchi de momento se negó indignada, pero las persuasivas explicaciones de la directora, que además le garantizaba que habría la mayor discreción y reserva al respecto, y, por supuesto, el aumento salarial que sería considerable, hizo que, al fin, aceptara, pensando que valía la pena sacrificarse, ya que con ello el bienestar de la familia estaba asegurado, sobre todo el de sus hijos, a los que de inmediato internaría en un buen colegio.

Merchi emprendió la aventura con la máxima prudencia, y contra su voluntad, fue objeto del deseo de sus clientes, todos ellos «señores respetables» que, como ella, tenían que mantener con su extramaritales experiencias la mayor cautela. Y con esta adúltera conspiración, todos se beneficiaban.

Toda esta triste historia se la fue contando a mi madre en la más absoluta tranquilidad, ya que Lorenzo se había ido como todas las tardes a echar su partidita. Mi madre se quedó anonadada con su relato y, tímidamente, le pregunta: -¿Y cuántos años has estado ejerciendo ese «trabajo»?

-No llegó a los tres años, pues en verdad esa doble vida no era para mí. Así que cuando logré reunir un capitalito dejó aquello. Poco después regresamos a Madrid y me establecí por mi cuenta arrendando una peluquería de la que en poco tiempo pasé a ser su propietaria. Justamente está a dos manzanas de mi vivienda. Y hoy es mi hija la que la regenta, ya que no quiso estudiar como su hermano, que es arquitecto. Como verás, gracias a aquellos locos años, mi situación económica cambió, y todo quedó enterrado, aunque yo particularmente no lo olvide. Y vuelve a sondear mi madre: -¿Y en esos tres años de infidelidad tu marido nunca sospechó nada? -Lorenzo tenía una fe ciega en mí, además, él nunca fue celoso. Te puedo asegurar, Pilar, que el pobre mío nunca se enteró de nada... Y en el preciso momento que formulaba tan tajante afirmación, aparece entre las cortinas de la habitación contigua el «afortunado» astado -que no se supo cuánto tiempo habría estado escuchando- y con verdadero ímpetu viril exclama: -¡Y que me entere, eh!, ¡y que me entere...! Una vez pronunciadas estas increíbles palabras, se acomodó plácidamente en el confortable butacón y se puso a leer tranquilamente su periódico.

Al día siguiente, mi madre, preocupada, la llamó por teléfono para preguntarle en qué acabó la cosa, pues pensó que tal vez su presencia la hizo reprimirse. ¿Y sabéis qué le contestó?: -No pasó absolutamente nada, hija. Mi Lorenzo es un pedazo de pan.

A mi madre le hizo recordar lo de «dame pan y dime tonto», porque la vidorra que se había pegado a costa de Merchi no era para menos. ¡Y es que hay cada uno!

Como veréis, amigas, no todos los hombres reaccionan de la misma manera. Indudablemente, estoy plenamente de acuerdo con Mercedes al afirmar que son mucho más peligrosos para nuestra integridad física los celosos patológicos sin razón, que los «pedazos de pan» con toda la razón del mundo.





 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep