Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Hemos crecido en edad, condición y nostalgia reconociendo siluetas, ideando perfiles, recordando horizontes. Así el monte Abantos, atardeceres de El Escorial, una lontananza al Noroeste, la sierra poniéndose azul oscura y luego parda y después negra bajo la noche. Así el Abantos, una altura símbolo en la sierra, que uno recuerda haber ascendido en adolescencias montañeras, mochila con saco de dormir y latas de conservas a la espalda; diario de poemas y libros de Neruda en los bolsillos laterales del macuto. Así el Abantos. Era hermoso, aventurero, hacer vivac entre los pinos, acampada libre los sábados, sin prisa; sentir el roce de la escarcha y el vuelo noctívago de las rapaces sin sueño de ojos amarillos.

Llega un momento, una edad, una época, cuando la adolescencia baja de las montañas y abandona las roquedas de la Pedriza igual que las alturas del Abantos. Los sábados, entonces, pasan en un valle de comodidad y sofá, haciendo deporte popular, corriendo de vez en cuando sobre el asfalto doméstico. Llega un momento en que abandonamos el Abantos, lo hacemos recuerdo y lo miramos bajo la luz pálida de los días iguales. Nos queda, sin embargo, ese relente con olor a conífera, el sonido de los animales nocturnos y el perfume de los enebros en los sueños. Nos queda la añoranza que siempre es dulce como posesión, como pasión por lo que sabemos hemos vivido.

Ahora, en un verano de fragua y horror, se han quemado los pinares del Abantos; el recuerdo se ha incendiado y el paisaje, bramido de llamaradas, nos ha devuelto la idea frágil de la hermosura. El desastre es ecológico -sobre todo- pero lo sentimos personal y cercano, por eso nos duele más. Conocíamos esa silueta, esa Naturaleza de cuando entonces. Los años la conservaron en su marco de postal, en un idilio impecable con/tras los siglos de piedra del Monasterio de El Escorial. Pero un verano simple, tozudo y caluroso, un verano que ha devuelto la especulación urbanística a su dimensión más rastrera, ha terminado quemándonos un monte que tanto reconocíamos, tanto habíamos vivido.

Ya no será lo mismo. Jamás. Otearemos su lejanía/perfil y reconoceremos el sombrío eco que la nombra. El Abantos, tras el fuego, ha perdido esa lujuria natural que nos hizo excursionistas de sus sendas. El fuego nos ha arrebatado gran parte de la luz verde de su paisaje, dejándonos también calcinados y silenciosos como la ceniza.

Así el Abantos, nuestro recuerdo, tras el fuego.






 

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