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Pues lo sé a través de las muchas conversaciones con las madres y las abuelas, que me cuentan sus experiencias y me ponen al corriente de cuanto conocen sobre el sueño de los niños.

Y es que ahora son muchos los libros de Puericultura, los documentales televisivos, los artículos divulgatorios y demás que no cesan de hablar de sus hijos y las ponen al corriente de problemas tan importantes.

Afortunadamente así ocurre, y yo que he vivido la otra época, la de la ignorancia en los problemas infantiles, me congratulo de verdad y me lleno de alegría pensando que cada madre tiene ya su libro de Puericultura que orienta sus muchos problemas, y que, a veces, también muchas, acuden hasta a consultorios en importantes revistas femeninas, donde doctos pediatras escuchan sus consultas y se las procuran resolver de la mejor manera posible, contestando sus problemas de una certera y resolvente forma. Porque también sé, señora, que el hijo que tiene usted ahora va a ser, gracias a Dios, un hijo PARA TODA LA VIDA.

Vamos a empezar dentro de poco, mañana mismo, un siglo y un milenio nuevo en el que los niños que nazcan será muy difícil que puedan pasar por el terrible problema de la mortalidad infantil de tiempos anteriores.

Cada vez quedan más lejos -con una gran alegría por mi parte- aquellos tiempos en que las madres se «remediaban», o procuraban resolver los muchos problemas que se presentan en la crianza y cuido de un hijo, con la consulta a la vecina o a la abuela que solía tener la experiencia de haber pasado por una maternidad de hasta diez o doce hijos (no se asuste, señora, que mi abuela tuvo 14 hijos y le vivieron dos, y mi bisabuela, gallega por cierto, se casó a los 14 años, y sé de muy buena tinta que tuvo hasta 22 hijos, ya lo creo, y a ésta -porque estaba enchufada con los Ángeles de la Guarda- no le falleció ninguno). Así estaban las cosas, y tan así estaban, por desgracia o por suerte, según la lotería maternal de cada cual, que no podemos por menos que recoger del precioso libro «PEQUEÑA CRÓNICA DE ANA MAGDALENA BACH» -esposa que fue de este maravilloso músico- sus palabras al pie de la letra. Lo hacemos emocionados porque Juan Sebastián Bach, por lo visto, compartía su capacidad musical -de ahí su maravillosa obra- con una potencia coeundi digna de la mayor admiración.

En fin, que así nos cuenta nuestra amable y estupenda madre modelo, Ana Magdalena:

«Nuestra familia no cesaba de aumentar y la cuna estaba constantemente ocupada, aunque, ¡ay!, la mano estranguladora de la muerte nos había arrancado ya alguno de sus pequeños ocupantes. Hubo tiempos, tengo que confesarlo, que me parecía cruel llevar los hijos en el vientre para perderlos luego y tener que enterrar amor y esperanzas en sus pequeñas tumbas, antes las que Sebastián y yo permanecíamos muchas veces silenciosos, cogidos de la mano».

Pero no cabe la menor duda de que es un consuelo y una forma de ser feliz el pensar que hayan podido vivir y podrían haber formado parte de esta rara humanidad nuestra, que va por caminos tan extraños y poco dichosos en estos momentos y, sobre todo, tan intransigentes y de baja esfera. ¿Será porque hemos llegado a los seis mil millones de ciudadanos y la naturaleza se defiende no aceptando esta clase de sublimaciones?

Y continua la Gran Ana Magdalena: «Yo no podía acostumbrarme a aquellas despedidas, a pesar de que las bondadosas mujeres de la vecindad trataban de consolarme con el consuelo terrible de querer convencerme de que el destino de todas las madres era traer hijos al mundo PARA PERDERLOS LUEGO, y podía considerarme feliz si llegaba a criar la mitad de los que hubiese dado a luz».

Es maravillosa la conclusión de esta estupenda madre. Inspirándose en semejante mujer, ¿no tenía que ser celestial la música toda de su marido Juan Sebastián Bach?

Así se confirma la frase ya tan sabida y manejada y verdadera que detrás de cada gran hombre siempre hay una mujer superior... Y así nos lo decía confirmando su grandeza espiritual: «Estuviéramos tristes o no, teníamos el deber de que nuestros hijos estuvieran alegres, pues la tristeza no sienta bien a los rostros de los pequeños».

En fin, como usted ya sabe las horas que debe dormir un niño, yo sólo deseo hacer algunas matizaciones por si queda algo pendiente que usted debiera añadir a sus conocimientos.

Cada niño tiene su sueño, como cada adulto el suyo, y esto es tan personal que tengo que decirle con Sheldon que existe el niño endomórfico, al cual le gusta dormir y lo hace siempre que puede y sin parar; pero también el mal dormidor, el ectomórfico, y no nos falta el mesomórfico, que le gusta más estar despierto y aprovechar el tiempo yendo de un lado para otro sin parar de jugar y compartiendo sus juegos con los mayores sin dejarlos reposar tranquilos...

Para resumir, le diré que el primero, el endomórfico, es el «glotón del sueño». Duerme a pierna suelta y relajada, sin apenas deshacer la ropa de la cama o del cochecito donde va por la calle paseando con los suyos. Es un hijo cómodo, de esos que ahora las madres pregonan en las crónicas rosas cuando les preguntan los paparazis por ellos a las nuevas madres. ¡Está precioso y es muy bueno, no hace más que dormir!

¿Son ahora endomórficos todos los hijos o es que les conviene a las madres que lo sean para que los paparazis las dejen tranquilas de una vez?

Los mesomórficos necesitan dormir menos, se duermen con facilidad y lo hacen bien relajados y satisfechos, sin lloriqueos ni molestias, pero suelen preocupar a sus mayores porque a veces roncan con intensidad y malestar -cosa que conviene corregir cambiándolos de postura-, se destapan constantemente y hasta se caen de la cama si esta carece de barandillas y laterales protectores (hay que contar que así puede ser). A muchos de estos niños les basta con dormir seis o siete horas.
Pero si ser padre de un niño mesomórfico es agotador, naturalmente lo es mucho más el serlo de un ectomórfico, padres estos que acudían a nuestro consultorio ojerosos y agotados, ya que al día siguiente de la noche insomne no podían tener el debido descanso por circunstancias laborales, como es natural. Y es que estos niños se duermen difícilmente, solamente cuando están totalmente agotados se resignan a acostarse.

Pero lo peor es que cuando al fin se duermen, para más fatalidad, el sueño es tan ligero que se volverán a despertar ante el menor ruido o la más discreta entrada de luz por cualquier rendija de una ventana o puerta, y no digamos del problema que es para los padres que tengan un hijo de estos y posean un movistar, tan de moda ahora y que no suele faltar en casi ningún hogar. Su desconexión total se hace imprescindible.

Cuando se duerma por fin, ¡bendito sea Dios!, el sueño será muy ligero y existe la amenaza de una interrupción rápida y fácil. Por esto, difícilmente estos niños dormirán bien y durante el día estarán casi siempre cansados y con pocas ganas de jugar, constantemente llorosos e impertinentes y exigiendo que los tengan en brazos sin parar o los distraigan como sea y con lo que sea.

No duermen y su falta de sueño los maltrata; es la pescadilla que se muerde la cola, porque, como no duermen están mal, y como no se encuentran bien les resulta difícil dormir, a pesar del sueño que necesitan y que no les llega. Con el agravante de que estos niños es difícil despertarlos por las mañanas, por lo que se destemplan, y esto les repercute sobre todo en el apetito, se vuelven melindrosos y exigentes, y todo ello los trastorna, a ellos y a sus mayores, haciéndose necesario tranquilizarles y llevarlos al pediatra que, generalmente, no suele encontrarles nada patológico. Así se cumple la frase, aquella ya vieja manida y guasona (en esta tierra podemos usar esta palabra en nuestros escritos), de que «los médicos de los niños comen de los niños que no comen».

Las patologías inexistentes de estos niños aumentan el trabajo diario de muchos pediatras, que lo más que tienen que hacer es confirmar que el niño no padece ningún proceso temible que deba ser diagnosticado y tratado con urgencia.





 

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