Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

De un portal de piedra gris sobresale la oscura palma de la mano de un pobre. Su ropa, renegrida, no se sabe si parece vieja porque está tan sucia o parece sucia porque está tan vieja. A nadie le importa cómo se llama, ni siquiera a él mismo, porque no le queda en el mundo quien necesite nombrarle.

El antepasado noble de su vieja indigencia fue una niñez humilde, cuando su ropa sucia olía a barro y a hierba y por sus manos vacías corría la esperanza. Entonces el río le daba de beber, era la tierra quien le calzaba y, cada día, el sol le regalaba reflejos de caricias; las ramas del árbol de cualquier huerta le mostraban el camino hacia el alimento y un mendrugo de pan era el manjar más sabroso, porque venía de la mano de su madre. La vida le sonreía con complacencia natural y humilde, igual que a los pájaros del cielo.

Todo aquello quedó lejos. Un día se hizo hombre, hizo un hatillo con sus ilusiones y se trasladó a la ciudad que hoy lo acoge. Desde entonces, su hogar es una escalera que para él ni sube ni baja; de noche, la rigidez de una manta de cartón cubre su sueño y come cuando cae algo en un cubo de basura y los gatos no se le adelantan.

La vida pasa ante él por el escenario de una acera concurrida y la gente le parece de otro mundo. La sonrisa de una niña con zapatos de charol, la altivez de una señora enfundada en un abrigo de piel, el griterío jovial de un grupo de jóvenes... Todo para él es un mundo de ciencia ficción.

El invierno es lo más duro, pero sabe que lleva consigo guardado el regalo de la Navidad. En Navidad, la gente recuerda que Jesús también fue pobre; lo sacan de un cáliz de oro y pedrería, lo bajan de altares vestidos de encaje, lo desnudan del brillo de iglesias y catedrales y lo llevan a su pesebre de paja, al calor del aliento de una mula y al humilde amparo de unos pastores.

Quizá, la generosidad puntual del espíritu navideño cubra con algunas monedas su mano vacía, y, muy pronto, en un cubo de basura, hallará un pedazo de turrón rancio que surgirá de algún armario en donde quedó olvidado desde el año anterior. En pocos días, una caja brillante le regalará miguitas de mazapán junto con la sorpresa de una figurita marcada por las huellas de los dientes de un niño. El mundo se volverá más compasivo y le dará como limosna alguna sonrisa velada, perdonándose a sí mismo la indiferencia del resto del año.

Jesús fue pobre, pero fue tanta la riqueza que legó al mundo que debemos estar agradecidos por ello; fue de su ejemplo del que heredamos la sabiduría del amor y de la generosidad, de la humildad y de la compasión, y estamos en deuda con él; por lo tanto, es nuestro deber de cristianos recordarle con lujo y alabanza y llenar su casa con nuestros mejores tesoros para que, desde su cruz, sepa lo mucho que le amamos. En Navidad le demostramos nuestro amor y agradecimiento de forma diferente; nos parece el momento propicio para recordar vagamente aquello que dijo Jesús cuando hablaba del prójimo: «Recordad que lo que a ellos hagáis, a mí me lo hacéis...». Por eso intentamos celebrar la Navidad con una buena disposición de ánimo; frenamos nuestra prisa cuando pasamos frente a él, nos acomodamos las bolsas de los regalos para poder extraer del bolsillo la vuelta del billete del autobús, y casi nos atrevemos a mirarle a los ojos cuando dejamos las monedas en su mano sucia. ¡Cómo agradecerá Jesús nuestra sonrisa compasiva! Nos verá pasar por la acera desde su portal de piedra, y como decía que su reino no era de este mundo, quizá le parezcamos personajes de ciencia ficción.

En Nochebuena, sentiremos más compasión que nunca cuando veamos en las noticias el hambre y la miseria dibujada en las caras de los niños del tercer mundo, o congelada en la muerte de un vagabundo que no sobrevivió a la helada nocturna; todo ello nos recordará que Jesús también fue pobre y alzaremos los ojos al cielo dando gracias a Dios por tener delante nuestro buen plato de cordero; después de la Misa del gallo, cuando echemos en el cubo de la basura las sobras de la cena más especial del año, cuidaremos de dejar a la vista el turrón entero que nos sobró del año anterior, y la caja brillante con la muestra de una figurita de mazapán mordida por los dientes de nuestro hijo. Porque la Navidad nos recuerda que Jesús quiso que le viésemos en el pobre, y, si está de nuestra mano, los buenos cristianos deberíamos hasta espantar a los gatos para que no se adelanten a comerse las sobras...






 

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