Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Imagen primera de... es una obra del insigne poeta portuense, como todos sabemos. Mi primera imagen de Alberti, allá por los diecitantos años, es la de un poeta envuelto en un halo de mito, como Lorca o Miguel Hernández. Me llegó este primer conocimiento por medio de la célebre antología de Gerardo Diego «Poesía española contemporánea», que me prestó Pilar Paz Pasamar en la primera visita que le hice.

En esas páginas descubrí la atmósfera de la poesía de Rafael Alberti; por cierto, una atmósfera luminosa en la que los blancos y los azules me sedujeron como guiños que me han acompañados siempre. Pero esta influencia no tenia nada de sorprendente: el paisaje era familiar y los versos del poeta no hacían otra cosa que traer a un plano lingüístico unos referentes casi pictóricos, pues la poesía inicial del poeta es un «testimonio» de su experiencia inmediata, los sentidos como receptáculos primitivos de esa invasión sensorial. La afición por la pintura no se queda en el papel o en el lienzo, sino que se metamorfosea en la comunicación con otros signos más convencionales, pero no por ello menos representativos y eficaces.

Miguel Posada, crítico literario, declaró en TV el día del fallecimiento del poeta que había una primera etapa en la obra de Alberti en la que a la autenticidad se sumaba una alta calidad. Personalmente yo hubiese manifestado la misma opinión, si bien es cierto, como añadía el critico aludido, que en otras etapas posteriores había que contar otras obras relevantes como Sobre los ángeles, Baladas y canciones del Paraná y Retornos de lo vivo lejano.

La primera de las obras mencionadas, estimo que no es precisamente la musa genuina de Alberti. Un hombre nacido y criado en la luz de la bahía no se presta al juego de abstracción (es un error creer que el onirismo y el automatismo son auténticos) que es, en definitiva, el superrealismo o cualquiera de las manifestaciones de las vanguardias.

Al Alberti espontáneo y luminoso hay que buscarlo en sus primeros libros y en otro que considero escrito con toda la nostalgia de sus años en largo y duro exilio: Retornos de lo vivo lejano.

Ahora bien, no voy a entrar en una reseña -que sería, por supuesto- subjetiva y obedecería a móviles entrañablemente impresionistas. Estas líneas solamente son deudoras de un recuerdo, uno de esos recuerdos que han sido vividos en una época en que la memoria poética aún está virgen y en ella se imprimen experiencias que luego serán determinantes en los modelos de futuras creaciones.

Así pues, el Alberti que yo degusté en la mencionada antología es muy variado; pero de esa variedad a mí me llegó el poeta que aún paladeaba el postmodernismo, por ejemplo, su soneto en versos alejandrinos: «A un capitán de navío», con cita de Charles Baudelaire y otro soneto, éste en endecasílabos: «A Rosa de Alberti, que tocaba, pensativa, el arpa.» Entre esta poesía, todavía clásica, y los «Tres recuerdos del cielo», en un delicado y evanescente superrealismo, había para mí un gran abismo, que en aquellos años yo no sabía salvar. Esa primera imagen del poeta portuense me llegaba con una sospechosa neblina de lejanías entre la política y la leyenda, como el enigma de la muerte de García Lorca, ya que en ningún manual de Literatura se decía que había sido asesinado. 

Es la edad en que se saborean con fruición las primeras impresiones, hasta el punto de que nos sirven de faros orientativos en el lejano puerto del que un día partimos hacia los más prometedores rumbos literarios...






 

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