Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces


En todas las familias hay un cuñado imbécil, que estorba en las reuniones y estropea las celebraciones... Tito bajó las manos dejando que el suplemento dominical reposase sobre sus rodillas. Se quitó las gafas, las acercó a su boca en un gesto instintivo y, mientras mordisqueaba una de sus patillas, pensó en la realidad de lo leído.

Él también tenía un «cuñado imbécil» que lo estropeaba todo. Hacía quince años que no se dirigían la palabra y, si coincidían en alguna celebración en casa de los abuelos, los padres de Tito, ni tan siquiera se saludaban.

La tensión venía de muy lejos. Distintos pareceres les llevaron a distintas conclusiones. Las disputas por un mal negocio, que iniciaron juntos, dieron origen a reproches subidos de tono y la exigencia, por parte de César, de unas responsabilidades de las que Tito no estaba obligado a responder, ni moralmente, fue la causa del distanciamiento y de la enemistad pública y manifiesta.

El artículo que Tito estaba leyendo se refería a las celebraciones íntimas y emotivas que se organizan en Navidad.

Relataba las situaciones violentas que a veces se presentan en esas comidas o cenas, por culpa de la imbecilidad del «cuñado imbécil». Situaciones que casi siempre están alimentadas por los alcoholes y se manifiestan, más o menos incontroladas, en función de la cantidad que de éstos ingieren los comensales.

Siguió leyendo y se encontró, en el último párrafo, con un consejo: Sería muy conveniente provocar, en los días previos a la fiesta, una reunión informal y en pequeño comité, con el fin de tantear el ambiente y las posiciones personales...

Volvió a quitarse las gafas y volvió a mordisquearlas, quedando como ausente. Al poco rato, dirigiéndose a su mujer, que también leía acomodada en el otro extremo del sofá, dijo:

-Cariño, escucha un momento, te voy a leer un párrafo de éste artículo.

Y comenzó: «En todas las familias hay un cuñado imbécil...»

Ella sonrió con cierta malicia y dijo:

-Es gracioso, además tiene razón, aparte de tu cuñado, en mi familia ya sabes que pasa lo mismo con Merche, es una bruja.

Los dos se rieron y Tito, de pronto, hizo una pregunta:

-Este año toca en nuestra casa ¿verdad?

-Sí, ya lo sabes. Contestó ella.

-Perfecto -continuó él-, ya lo he decidido, llamarás a mi hermana y aunque haga tanto tiempo que no coincidimos en ninguna fiestecita, esta vez daremos el paso y les invitamos a todos. Se quedará de piedra, pero mis padres me lo agradecerán, siempre esperan un gesto de acercamiento de alguno de los dos y voy a hacerlo yo.

-¿Estás seguro, Tito? ¿No es un poco precipitado? Deberíamos pensarlo algo más, no sea que lo estropeemos del todo.

-No, ya verás como no pasa nada, además, peor que ahora no pueden estar las relaciones, solo falta que nos liemos a tiros y eso no va a pasar.

Se pusieron en marcha y, a los dos o tres días, Tito y su hermana se vieron a solas tomando un café en un bar próximo a su casa.

Pasaron de puntillas por encima de la historia que provocó la ruptura familiar y ella planteó la conveniencia de que fuese Tito quien llamase personalmente a César para invitarle. Tito se negó.

-Mira, si he dado este paso, es para intentar suavizar las cosas, no creas que va a ser una cena con cohetes y castillos de fuego, será, o al menos así lo pretendo, una simple cena de Navidad en familia. Nosotros os recibiremos en nuestra casa con la mayor normalidad posible, y si César y yo no tenemos mucha conversación no tiene que pasar nada, no debéis nadie estar pendientes de nosotros. Si es así, quizás con el tiempo podamos volver a juntarnos todos, aunque solo sea en fechas señaladas, ¿no te parece? Así es como yo lo he planeado, normalidad, normalidad y normalidad.

-No sé -dijo ella-. A César le gustaría que le llamases.

-No lo haré -insistió rotundo Tito-, ya te lo he dicho. Tengo bastante con recibir a tu marido en mi casa y creo que la conversación por teléfono sería contraproducente, porque si noto o intuyo un tono duro o dice alguna cosa fuera de lugar, se acabó. Sigo pensando que es mejor encontrarnos y darnos la mano con un... ¡hola!, ¿cómo estás?

Dos o tres días después seguían sin respuesta y comenzaron a pensar que su hermana, sus sobrinos y, como no, su cuñado «el imbécil», no estarían con toda la familia en la cena de Navidad.

Insistieron por tres o cuatro veces en la invitación, recibiendo inconcreciones y evasivas y un día, al fin, la hermana de Tito confirmó la asistencia de todo su clan.

Llegado el día, todo estaba preparado. Los aperitivos, las copas de Martini para los cócteles, la mesa elegantemente adornada... Todo engalanado para la ocasión.

Y fueron llegando, los abuelos, el hermano con su mujer e hijos... los últimos, quizás queriendo no llegar, la hermana de Tito, sus dos hijos y el «cuñado imbécil». Todos fueron besándose y Tito dejó para el final a César, como buscando el que todos estuviesen pendientes de aquel apretón de manos, como si necesitase público o testigos. Y así fue. Se acercó a él, tan despacio como pudo, sorteando a los que de pie aún se besaban y, recibiendo la mirada de toda la familia, extendió su mano ceremonioso y le dijo: ¡hola!, ¿cómo estás?

César apenas le miró a la cara, contestó por compromiso y Tito, girando media vuelta sobre sus talones, rompió la escena sonriendo a los demás.

-Qué casa mas bonita -dijo su hermana- en las fotos que nos enseñó mamá no parecía tan grande.

-Pasad, si queréis os la enseñamos. Seguidme.

Sólo les siguieron la hermana de Tito, sus hijos y César, éste por compromiso, ya que no le importaba nada la casa de Tito. Los demás la conocían perfectamente, pues era normal que pasasen allí algunos fines de semana.

Tenía dos plantas y un sótano. Era un chalet normalito, pero decorado con gusto y, por el hecho de estar perdido en el campo, resultaba envidiable.

-Poneos unas copas -dijo Tito al resto de la familia-, enseguida venimos.

Aquel desfile lo iniciaron las mujeres, luego los chicos, y Tito, dejando pasar a César delante de él, se quedó el último. Recorrieron la casa despacio; ellas comentaban cada uno de los muebles, cada una de las tapicerías, deteniéndose en todas las estancias como en meticuloso registro. César no hacía comentarios, Tito tampoco, sólo le observaba.

Una vez repasada la casa metro a metro, bajaban por la escalera desde el piso alto para ver el sótano y la bodega. Bajaban como habían subido. Ellas delante y Tito, el último, seguía de cerca a César.

De pronto cayó. César rodó peldaño a peldaño por la amplia escalera, arrastrando en su descenso a uno de sus hijos cuyas piernas y brazos se le enredaron por el cuerpo.

Gritos, lamentos y sollozos, llegaron al salón mezclados con el estruendo de los cuerpos al caer. El chico se levantó quejándose de una mano, al parecer estaba rota, y Cesar permanecía inmóvil al pie de la escalera, con las piernas un par de peldaños más arriba y la cabeza girada y escondida debajo de su pecho. No se movía, la baba le asomaba por la comisura de los labios y sus ojos, llenos de indignación y odio, no se apartaban de Tito.

Alguien quiso levantarle pero los demás se lo impidieron.

Llegó la ambulancia después de media hora de angustia, durante la cual, César permaneció inmóvil y babeando. El estridente sonido de la sirena al partir rompió el silencio de aquellos montes. Con él iba su mujer, los demás les siguieron hasta el hospital, cada familia en su propio coche.

Nunca se recuperó. Un golpe en la cabeza le dejó mudo y las lesiones en su columna vertebral le mantendrían completamente paralizado por el resto de sus días.

Ya por siempre la familia entera se lamentaría del desgraciado accidente. ¡Qué mala suerte! -Se decían-.

Pero César, en la consciencia que le restaba, tenía grabada la zancadilla.






 

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