Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 1999 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces


Cuenta Zorrilla en su «Don Juan Tenorio» la historia de un hombre que, tras años jactándose de sus andanzas como jugador y mujeriego, termina siendo seducido y salvado por doña Inés. Ella, que acaba fatalmente muriendo muy pronto, sabedora de los pecados de aquél, hace un pacto con Dios: esperará en el mismo sepulcro la conversión de su enamorado, de manera que el destino que a él le aguarde, el cielo o el infierno, será también el destino de ella. Zorrilla, con este drama romántico, no hace sino plantearnos el tema de la salvación por amor. El final no puede ser más conmovedor, pues en la famosa escena del cementerio, con la que concluye la obra, vemos cómo don Juan se arrepiente de su pasado, siendo ambos pues conducidos a un destino común de gloria. Hermoso es en todo ello el comentario de doña Inés:
 
Yo mi alma he dado por ti,
y Dios te otorga por mí
tu dudosa salvación.
Misterio es que en comprensión
no cabe de criatura:
y sólo en vida más pura
los justos comprenderán
que el amor salvó a don Juan
al pie de la sepultura.

Plagada está la literatura de historias de amor a las que une algo en común: su trágico fin. Sólo nos baste recordar la de Romeo y Julieta, la de Calisto y Melibea o la de Hamlet y Ofelia. Qué decir, por otra parte, de los desasosiegos sentimentales de Garcilaso, Bécquer o Espronceda, para quienes el abandono de sus amantes supuso un desgarro en el transcurso de sus vidas. Verdad es que por otra parte deben al drama de sus vidas todo ese enorme legado literario que nos dejaron, y para comprobarlo recordemos el magnífico «Canto a Teresa» de Espronceda. Aun así, no dejan de ser historias que nos producen una triste sensación, un regusto amargo en la boca: el que provoca la negación de un destino pleno de amor. Por ello, leer la obra de Zorrilla siempre fue para mi algo sumamente placentero. Doña Inés, ese personaje retratado como ángel redentor, podría hacer suyas las palabras de Quevedo en uno de sus sonetos:
 
Alma a quien todo un Dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejarán, no su cuidado,
serán ceniza, más tendrán sentido.
Polvo serán, mas polvo enamorado.

Doña Inés fue tierra, espíritu, plenitud enamorada aun tras la muerte. El amor supo en ella hacerse roca inquebrantable y salvadora de cualquier naufragio.

Verdaderamente la historia de Zorrilla es diferente. Y a mí, al hilo de todo esto, sólo se me ocurre pensar que es en realidad el amor, cualquier clase de amor, lo único que hoy, en este querido mundo nuestro, es capaz de lograr el más increíble de los milagros. No creo en ninguna otra posibilidad, como también le ocurría a doña Inés o a tantos otros que, en la ficción o fuera de ella, han sentido y saben dejarnos en el alma la sensación de que un destino de amor sí es posible siempre.





 

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