Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

El sol en su huida fue alargando poco a poco el pico de la torre que coronaba la casona. Fue agrisando la cal de la fachada. Fue desdibujando las líneas perfectas del tejado para cubrir el cielo de infinita oscuridad. El bosque se convirtió en un ejército de fantasmas cimbreantes, de espíritus enterrados en el aire, silbadores de notas monocordes. Desde el prado, Daniela contemplaba aquello como si fuera la primera vez, con el mismo estremecimiento, con la misma admiración, hasta que unos disparos la asustaron. Presa del miedo, su loca carrera fue interrumpida por un tronco que la hizo caer. Al poco rato sintió un frescor muy familiar. Unas caricias tiernas, casi olvidadas, le hicieron abrir los ojos. No vio a nadie. Sin embargo, apreció el tacto de una rosa deslizándose por su cuerpo guiada por una fuerza invisible. Sentía el toque aterciopelado de sus pétalos, olía la frescura de su estela y sonrió. Al volverse vio al autor de aquellos requiebros mudos, de aquella sinfonía callada, cuya apostura blanca resaltaba a pesar de la negrura, resplandeciendo por encima de los débiles destellos del orvallo. Soslayó el estiramiento en sus labios, sin embargo, le sentía tan cerca, y al tiempo tan lejos, como cuando lo divisaba sobre la loma, esperándola pacientemente, día tras día, noche tras noche. Daniela no se atrevía a salir sola, era demasiado joven para corretear por ahí sin más compañía que ella misma. Tiempo habría para descubrir las sorpresas de la vida.

Una noche Daniela sintió quebrarse los cristales de su alma. Hacía varias jornadas que la figura blanca no se trazaba a lo lejos y temió el dolor del olvido. Temió la frialdad de la soledad encontrada. Temió el desamor de un amor no nacido. Aquella noche decidió dar el salto para cruzar el puente que unía su propio mundo con lo desconocido. La luna resplandecía con rabia en el cielo, las estrellas titilaban desesperadas y la brisa mecía los sueños de los árboles. En la casona todos dormían. Nadie notaría su falta, porque volvería antes de que el sol se despertara. El silencio se deshizo en mil pedazos al alegre repiqueteo de las pisadas de Daniela, quien, liberada, se dirigía a entregarse por entero a la aventura. Llegó al río. Sus pasos se detuvieron en la orilla. El agua discurría por su cauce con una conversación plagada de murmullos y burbujas que se confundían con el croar de las ranas y el canto de las cigarras. El aire estrellaba en su rostro el amargor agreste y nebuloso de lo salvaje mientras respiraba libertad pulverizada con gotas de rebeldía. De repente, las ranas dejaron de croar y las cigarras de cantar. Daniela miró a su alrededor, mas cuando quiso huir algo se lo impidió. Al volverse le vio, tan perfecto como siempre, tan blanco, tan brillante, tan cerca esta vez. Se estableció entre ellos un diálogo de silencios, una complicidad mutua que duró muchas madrugadas, pues ella escapaba cada vez que columbraba su figura sobre la colina. Para él no había distancias. Era tan veloz como una corriente de aire fresco, tan ligero como el viento. Daniela, desde su voz sin palabras, desde su lenguaje de relinchos quedos, decidió llamarle así. El, cuando la veía ensimismada, la devolvía a la realidad ofreciéndole una rosa, como aquella noche. Qué distinto habría sido todo si hubiera permanecido con ella. Viento tuvo que huir para poder seguir vivo. Según la tradición debía ser sacrificado a Eolo para que éste no liberara de su odre a Esquirón, el viejo barbudo y malvado que arrojaba jarros de agua sobre la tierra. Viento se rebeló al guardián saltando sobre los verdugos que iban a degollarle. Jornadas más tarde irrumpió en la vida de Daniela. Por los ojos de la yegua escapó un hilillo brillante al advertir que Viento la abandonaba de nuevo, aunque un sin fin de cabeceos le aseguraban su vuelta.

Sola, con su congoja a cuestas, Daniela inspiraba tufaradas de ausencia mezcladas con la neblina artificial que originó la galopada. Entonces su vientre empezó a contraerse dolorido. La lluvia caía. Los goterones le lastimaban el lomo. Le parecían clavos de hielo enterrándose en su piel. Con más voluntad que fuerza se puso en marcha. Por sus patas fluía una humedad desconocida. 

Tras un camino interminable llegó a la cuadra. El cuidador hizo cuanto pudo para contener la hemorragia hasta la llegada del veterinario, quien les tranquilizó, en cierto modo, al hablarle de su estado. Todo fue una sorpresa, pues nadie sabía lo de su preñez. Cierto era que últimamente había engordado y se cansaba mucho, pero nada más. Ella intuía que la caída había acelerado los acontecimientos. La noche se hizo eterna.

El amanecer calmó la tempestad. El cielo se pintó de azafrán. Todo era quietud. De repente, Daniela levantó la cabeza. Al mirar a la loma vio la figura de su blanco compañero. A su relincho, Viento acudió como el rayo. Todos los allí presentes lo entendieron y le dejaron pasar. Sobre el lecho de heno mojado intentaba ponerse de pie un potrillo blanquinegro, un potrillo con el arrojo suficiente para intentar echar a correr, provocando carcajadas de ternura entre los que contemplaban la escena. Nadie supo entonces que había nacido el «hijo del viento», una criatura capaz de salvar distancias impensables y de saltar alturas increíbles. Nadie supo entonces que le adoptaría la hija de un labriego para realizar grandes prodigios y...

Pero esa es otra historia.







 

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