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Desde los primeros momentos, Carmen se dio cuenta de que era ella la que llevaba toda la contabilidad de la empresa. Había llegado de una fábrica en la que desempeñaba un cometido semejante. Por tratarse de tareas arduas y monótonas, y dado el aspecto místico y responsable de la dama, poco a poco, los dirigentes fueron delegando en ella esa rutinaria labor.

A veces ella era la última en salir de la factoría, no viéndose recompensado su trabajo más que el de un empleado cualquiera de la empresa. Sin duda fue este motivo el que la llevó a tramar el pequeño fraude que ahora, veinticinco años más tarde, no sabía cómo acabar. El delito suponía un escaso tanto por ciento del gasto del negocio; anularlo sin más podría dar que hablar.

Casi todo el dinero sustraído había sido depositado en una cuenta corriente que, en el día de hoy, alcanzaba una cantidad considerable. Divorciada y sola, su sueldo, aunque siempre había pensado que injusto, le había dado para vivir holgadamente y con algunos caprichitos, pero ella soñaba que pasaría un divertido retiro con el dinero de su cuenta. Cuando sólo faltaban unos años para tan feliz momento, Carmen creía que ya había engordado bastante sus «ahorros» y que ahora debía dedicar algo a una labor más humanitaria. Hacía unos días había leído en el periódico de la localidad acerca de la caótica situación económica en que se encontraba el hogar de ancianos de la población, gobernado por las monjitas de la congregación del Perdón. Tras esa lectura, creyó llegada la hora de realizar una buena labor de caridad.

La cantidad que se embolsaba doña Carmen mensualmente se elevaba actualmente a cerca de treinta mil pesetas, las mismas que el día primero de mes iba personalmente a donar al hogar de viejecitos.

-¡Qué gran obra de caridad! -le gritaban mensualmente las monjitas a la cara mientras ella se sentía ensanchar en el sillón.

Con falsos aires de modestia, ella contestaba que, aunque sacrificando sus ahorros, lo hacia porque podía y quería ayudar a tan humanitaria obra. Desde luego, suponían el mengüe de su cuenta corriente, pero la ilícita procedencia del dinero de aquella obra de caridad sólo la conocía ella y pensaba que sería el gran secreto de su existencia.

Dicen por ahí que entre el cielo y la tierra no hay nada oculto, a mí me consta que sí, que en cuestiones de dinero es poco lo que se descubre, pero en el caso de la señora Carmen Alfaro su fraude sí fue descubierto.

Quién le iba a decir a la pobre contable que el anuncio de la prensa sobre el mal estado pecuniario del asilo también iba a ser leído por uno de los dirigentes de su empresa quien, tras unas primeras ayudas y algunas visitas a las monjitas, iba a ser informado de la gran obra que realizaba la señora Carmen.

Como el ser humano es desconfiado, porque a ello le enseña su cotidiano devenir, el mencionado directivo se levantó temprano a la mañana siguiente dispuesto a repasar las cuentas que en estos años habían sido monopolio de doña Carmen.

Cuando empezaba a creer que era un indeseable por haber llegado a pensar tan mal de tan eficiente trabajadora, salió el pequeño agujero negro que le impedía cuadrar la totalidad de las cuentas. Investigando un poco más, llegó a darse cuenta de que hacía años que faltaba ese pequeño tanto por ciento cuyo importe había ido creciendo con el aumento del nivel de vida y del precio del dinero. En esos momentos sólo podía pensar en la menuda señora Alfaro, sumisa y laboriosa en grado extremo, de la que nadie podía llegar a dudar por no haber llamado la atención en su vida. Quitándose las gafas, empezó a soltar una estrepitosa carcajada que resonó alocadamente en el edificio de oficinas vacías.

Esa mañana, al compás de sus silenciosos pasos, llegó la señora Carmen a la oficina.

Al encontrar al señor Lebrero en su escritorio pensó que le daría una nueva hoja con las mercancías recién llegadas.

Él le pidió que se sentara mientras le indicaba irónicamente lo pilla que había sido durante tantos años en el negocio.

Ella sintió tal hervor que los ojos se le salían de sus órbitas.

Él continuó hablando de ese pequeño tanto por ciento que le había costado tanto trabajo encontrar.

Cogiéndole su temblorosa mano le dijo que ahora ése pasaría a ser el gran secreto de los dos, que pusiera definitivamente en orden los números y que, en realidad, había sido una buena manera de que la empresa hiciera caridad.





 

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