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No es hermosa la libertad. Ni tiene que ver con el sosiego del alma. Cuando sentimos la libertad no la notamos. Porque la libertad es vacío, puro no ser nada y tener que ser algo.

No es libre quien tiene más cosas, porque las cosas imponen exigencias a quien las posee, y sería más acertado decir que son ellas las que nos tienen a nosotros y que, cuanto más se tiene menos libre se es.

No es más libre el que menos tiene, porque nada hay tan denigrante como pasar hambre y frío. Pese a lo que digan desde el púlpito, la pobreza es una putada.

No es más libre el que más sabe. Primero, porque nuestra sociedad se orienta a la producción de ignorantes ilustrados, especialistas en temas minúsculos que no saben nada del mundo. Segundo, porque los conocimientos que tenemos están cargados de prejuicios y a menudo tienen más que ver con un lastre que con unas alas. Tercero, porque todo aquél que cree saber algo está tentado a caer en el peligro de la autocomplacencia y la pedantería, quedando su intelecto anulado para la sana e ignorante virtud de la curiosidad y para la filosófica inseguridad cartesiana.

Por supuesto que no es más libre el que menos sabe, pues la ignorancia es terreno abonado para la injusticia y el abuso. El que no sabe está a merced de sus enemigos y, paralelamente, se dice que la información es poder.

No es más libre el joven que el anciano (gran prejuicio de nuestra época), ni tampoco menos, pues toda edad es buena para ser esclavo. Ni la mujer liberada de las tareas domésticas. Ni quien se viste de forma estrafalaria. Ni quien consume más droga. Ni quien gana horas de vigilia a costa de su descanso. Ni quien es amado. Ni quien es odiado.

La libertad no se reconoce fácilmente. La apariencia de libertad sí. Creemos a ciegas en la falsa imagen de libertad que trasmiten los anuncios de la tele, las películas estadounidenses y los ídolos. Creemos que somos libres porque no estamos en la cárcel, porque tenemos varios canales de televisión, varios periódicos, varios...

Creemos que la libertad está en la posibilidad de elegir cosas. Y nos equivocamos. Esa imagen es un engaño. La libertad no se tiene: se es libre o no se es, es decir, se es hombre o no se es. Porque la libertad no añade nada a la humanidad sino que la define. Es uno de sus atributos, igual que el no estar satisfechos: sólo los animales se contentan con lo que tienen.

Por cierto que tiene mucho que ver la eterna insatisfacción del hombre con su libertad. En efecto, es virtud no estar contento con lo que somos y con lo que poseemos. De otro modo, el hombre sería el esclavo de sus determinaciones, sus atributos y su circunstancia. De este modo, encontramos que la libertad tiene que ver con la visión de posibilidades en lo real, posibilidades que se nos muestran como reales sin dejar de ser meros futuribles.

Ser libre es tener valor. Valor para elegir. Elegirnos a nosotros mismos a través de las posibilidades. Ser libre es ser responsables de quienes somos. No de lo que tenemos y consumimos. Tan libre es el parapléjico como el niño que corre tras el balón. Tan libre el encarcelado como el juez. Todos igual de libres. ¿Cómo es posible?

Nadie piensa que no es libre por ser incapaz de levantar un coche con una mano o de estar en dos sitios a la vez. Nadie lo piensa porque la libertad es algo interior, algo que no tiene el gorrión y sí cualquier hombre. Consiste en la posibilidad de tomarse la vida, la circunstancia de cada uno, según nuestro propio talante. Todo hombre es único, mucho más que un caballo o una obra de arte. Y esa unicidad, siempre en peligro por culpa de la sociedad y, a la vez, siempre en deuda con ella, nos hace libres.

El destino dispone. Los genes ordenan. Los instintos impulsan. La historia emplaza. La biografía pesa. Pero la humanidad cae más allá del destino, los genes, el instinto, la historia y la biografía. Pese a todas las determinaciones, seguimos ahí, sin saber qué va a pasar, temerosos, valientes, esperanzados por vivir, condenados a morir.

Volamos sobre las determinaciones a variada altura, según el día. Y eligiendo la altura del vuelo, sabiendo que ninguna determinación nos releva de la responsabilidad para con nuestro espíritu, nos sabemos libres. Tan libre es el que vuela alto como el que vuela bajo.

El parapléjico siempre puede elegir qué hacer respecto a su problema. Siempre. Puede buscar la buena muerte (eutanasia en griego). Puede rezar. Puede llorar.

El niño que corre puede querer correr más, más lejos, más fuerte, más tiempo.

El adicto se puede engañar a sí mismo. Puede sentir asco. Puede llorar y puede pensar.

El millonario puede hacer muchas cosas. Incluso hubo alguno que eligió una vida sin lujos.

Yo puedo. Tú puedes. Todos podemos. Podemos elegir nuestro destino. Tenemos que hacerlo. Y esa conciencia puede ser ocultada, podemos renegar de ella, pero no eliminarla.

El sentimiento que provoca la libertad en el hombre se llama angustia, no felicidad.

Se llama responsabilidad, no capricho. Se llama valor y se llama cobardía. Se llama esperanza y se llama desesperanza. ¿Algún perro puede sentirlo? No. Sólo el hombre. Porque, como dijo Azaña, la libertad no hace más felices a los hombres; los hace, sencillamente, humanos.





 

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