Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces


La Sra Cloti -diminutivo cariñoso por el que la nombraron siempre- rememoraba con nostalgia todos los años compartido con su difunto Alexandre en aquella casa tan llena de recuerdos y ubicada en el maravilloso barrio de Chamberí.

Se había casado muy joven y en una época donde la mujer no pudo -como hoy- ejercer sus derechos. Pero para ser feliz sólo hay que saber adaptarse, y ella no hay duda que lo logró en su papel de esposa sumisa, prudente y cariñosa. Cómo si no poder salvar su matrimonio, tantas veces amenazado, según él, por pequeñeces, y que ella no compartía en absoluto, pero que remedio le quedaba sino aceptarlo todo con esa capacidad de aguante tan estoica, completamente ya en desuso, no sabemos si para bien o para mal. Desde luego, ante caracteres tan divergentes no fue posible el empate; Cloti era dulce, soñadora a veces y extremadamente tímida. Alexandre, dominador, machista, de ideas arcaicas y nada progresista en lo relacionado con el binomio hombre-mujer; claro está, en otros aspectos, tenía sin duda amplia visión del futuro. De todas formas, ¿cómo podía Cloti revelarse ante un hombre que sabía comportarse en ciertos momentos tan apasionada y exquisitamente? En ese terreno Cloti ¡siempre perdía la batalla! Una batalla que, si maternalmente no le dio el fruto soñado, sí colmo sus más íntimos deseos... Pese a este maravilloso elixir, la vida conyugal de Cloti fue pródiga en contradicciones. La verdad, quizás fue que no había encontrado su alma gemela. Ese raro fenómeno se da con muy poca frecuencia en la vida. Por lo que, haciendo acopio de su innata filosofía, aceptaba con optimismo su destino, sin olvidar en ocasiones los aforismos de su abuela Frasquita con respecto a los hombres: «El que no tiene un vicio se mea en el quicio». «Más vale malo conocido que bueno por conocer», y «El hombre y el oso cuanto mas feo (con perdón de Frasquita) más horroroso». Todas estas apreciaciones refraneras, y otras que llenarían páginas, consoló de sus muchas frustraciones a esta abnegada mujer, toda una «Juana de Arco» en su hogar, que lo poco que pudo conseguir en sus naturales caprichos fue siempre con «sangre, sudor y lágrimas», hasta que se convenció que las rabietas no conducen a nada en el terreno conyugal cuando dos no son de la misma opinión. ¡No se le puede pedir peras al olmo!

Alexandre, ante todo era un hombre culto que ejerció dignamente la carrera de economista, muy afín con su manera de ser, conservador y con un sentido del ahorro extremado. Independientemente de su integridad en su destino, Alexandre era todo un artesano en los trabajos manuales, algo que pudo demostrar en su propio hogar. Amaba el orden y la pulcritud sobre todas las cosas, fiel a sus principios y algo desconfiado, por lo que no se dejaba engatusar fácilmente. Era lo que se dice un hombre práctico y cerebral. Cuando compró todos los enseres que conformaron su hogar -naturalmente sin despilfarrar un céntimo- eliminó todo lo superfluo, limitándose a lo estrictamente necesario; ahora, eso sí, antes se cercioraba a conciencia de que lo adquirido fuese verdaderamente resistente para que le durase, como su esposa, toda la vida. Por supuesto, de lujo nada de nada. El mobiliario de la casa no era de estilo «isabelino» o «cubista» ni de ningún estilo peculiar. Como persona modesta, eligió el tipo standard, sin tener en cuenta el gusto de su Cloti, mucho mas dada a la fantasía que a lo práctico. Muchos matrimonios de los que se formaron en aquella época coincidirían en el mismo estilo de muebles. Seguro que la mayoría, al correr de las años, lo cambiarían por otros más modernos, pero eso no le pasó a Alexandre ni un momento por el pensamiento. Cuando Cloti, al cabo de los años, le comentaba sobre las picaduras que observaba en el dormitorio -algo que no sólo se veía, también en el silencio de la noche se oía el pertinaz ruido de las polillas-, la solución la encontró Alexandre simplemente introduciendo en cada boquetito unas gotas de petróleo, que efectivamente paraba el proceso destructivo. Los muebles quedaban como picaditos de viruela, algo que Cloti trataba de camuflar con los productos restauradores del mercado, que paulatinamente iban oscureciéndolos dándole un aspecto «caobil».

Pese a la vida austera, metódica y sin cambios, Cloti y Alexandre eran felices. Está visto que en este pícaro mundo el que no se conforma es porque no quiere. Es más, había veces que las situaciones la saturaban de humor, como sucedió cierto día que Cloti, al cabo de más de cuarenta años de matrimonio, le propone a su esposo cambiar de dormitorio, a lo que él le contesta incluso en verso: «A qué cambiar de dormitorio Cloti mía,/ podrá estar anticuado el que tenemos y deslucido,/ mas ¿no es prueba latente del goce recibido?/ Si al cambiar de «campo de batalla»/ nos hicieran trasplante a los «guerreros».../ quizás valdría la pena el dormitorio nuevo,/ pero los dos sabemos, vida mía,/ que eso no es más que un sueño./ Sigamos con nuestra vieja cama,/ tan llena de recuerdos...,/ es fuerte y resiste todavía/ las «batallitas» de nuestro amor añejo.

Es comprensible que una vida tan ahorrativa acrecentara el patrimonio de la pareja hasta lograr un saneado capitalito que, juiciosamente, reservaban para la vejez, sólo que en esta recta final, Alexandre, por un inoportuno infarto, se marchó para siempre dejando a su desconsolada Cloti sola ante el peligro... Los herederos, con la desaparición del «jefe», considerado por todos como el «tacaño», se lo prometían felices con la tía Cloti, ya que ésta siempre fue más dadivosa, por lo menos en palabras, que era la único que podía derrochar en vida de Alexandre la buena señora. La muerte de su marido la sumió en un estado de tristeza y soledad difícil de superar a sus años, y que se acentuaba mucho más por el poco contacto que mantenía con sus queridos sobrinos, inmersos en sus propias problemas familiares y escasos de tiempo como todo el mundo, sin olvidar la vorágine de la gran ciudad, por lo que la comunicación era casi imposible, y menos lo que ella necesitaba, el calor de la compañía. Eso era un lujo que muy pocos se podían permitir. Por lo que la tristeza, unido a los deterioros de su avanzada edad, acortaron su existencia, sobreviviéndole a su difunto esposo sólo un par de años, suficientes para que en plenas facultades mentales rectificase el testamento dictado por Alexandre, que siempre consideró egoísta, aunque nunca se atrevió a decírselo por si la desheredaba en parte también a ella. Por lo que, haciendo uso por una vez en su vida de sus derechos, redactó el nuevo testamento con el que estaba convencida que haría felices a sus entrañables niños -como ella los seguía llamando-. «Seguro -se decía- que no me olvidarán jamás.» Y quizás estuviera en lo cierto.

Todo lo concerniente a la herencia lo dejó solucionado y en manos de su notario, encargándole a éste que después de celebrar la misa de «corpore insepulto», citase a todos sus herederos para dar lectura a su última voluntad. Y he aquí el testamento: Mis queridos sobrinos, perdonad que el día de mi óbito se haya prolongado tanto, pero estos han sido las designios de Dios. El tener una vida tan longeva me ha valido para recapacitar, conoceros mejor y poder apreciar hasta qué punto nos amasteis. Sé que vuestro dolor será inmenso ante la irreparable pérdida, pero «los duelos con pan son menores», por lo que estoy segura que lo superaréis. Como os conozco y sé que el dinero -aparte de no haceros falta- tampoco os atrae demasiado, ya que éste, como decía vuestro tío: «todo lo corrompe», sé que veréis con buenas ojos que todo mi capital lo haya donado a Instituciones benéficas y no a vosotros que lo emplearíais en lujos innecesarios y, sobre todo, en viajar, ¡Dios mío, con el peligro que esto entraña! Ahora bien, todas los enseres de la casa, que por su antigüedad tienen un valor prehistórico, os pertenecen. No así la solariega mansión, que la he donado para residencia de viudas desconsoladas y huérfanas de afectos. Sabéis que vuestro querido tío nunca tiró nada, y yo no sólo respeté esa manía de coleccionista sino que cuidé todos los objetos con verdadero amor. Por lo que vuestros preciosos regalos, acumulados durante décadas, están casi todos impecables. Ahora tranquilamente podéis llevaros cada cual los suyos. Seguro que os hará felices su recuperación, más que nada porque irán envueltos en el aroma de los que tanto amasteis en vida. Perdonadme si os di el «coñazo» con mis continuas charlas, aunque de eso hace ya mucho tiempo. 

Ultimamente sólo dialogábamos por teléfono y de forma fugaz, porque también vosotros lleváis en los genes el sentido del ahorro, ¡buenos chicos!, por lo que, al fin, libres de vicios cascarrabias, tendréis toda el tiempo del mundo para recordarnos sin molestia, y lo que es mejor, sin gastos. Con respecto a nuestro mobiliario de «CAOBA», que, como sabéis, es lo mas estimable y preciado de la casa, también os pertenece. Os lo podéis repartir equitativamente. Me gustaría creer que cuando contempléis cada uno el suyo en el rincón que le asignéis en vuestro hogar, sean estas valiosas piezas el lazo sentimental que nos una en la distancia. Si por el contrario os llenase de pesadumbre y furia incontrolable, lo siento por vosotros, queridos míos, pues en lo que a mí respecta, y para vuestro consuelo, en el lugar que reposo, ya ni siento ni padezco. Ahora eso sí, tenéis mi permiso para que, en ese argot tan genuinamente nuestro, podáis cagaros en todos nuestros «muebles». En esta última premonición sé que no fallaré, porque os cagaréis con mi permiso o sin él.

La Sra. Cloti se despertó sobresaltada y, aún medio adormilada, se dijo: ¡Ufff, menos mal que todo ha sido un sueño...!





 

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