Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Si no fuese porque también algún día iba a sentirme favorecido pensaría que todo fue un sueño. Porque, ¿cómo iba a ser yo tan afortunado? ¿Cómo una muchacha tan estupenda podía solicitar mi ayuda? Pero era a mí a quien se dirigió y no a otro, por lo que empecé a soñar en aventuras.

-No tengas recelo ni miedo -pidió-. Me fijé en ti porque pareces un chico bueno y deseable. No te ofrezco pasarlo bien conmigo sino que pido un poco de tu compañía. ¡Estoy tan sola en este mundo!

Pensé que si aquello era un plan se vería con el tiempo. La voz de la muchacha no descubría ningún engaño, parecía sincera. Era la voz de una chica pidiendo protección.

Desechada la posibilidad de vérmela con una prostituta, adelanté mi mano hacia la suya.

-¿Es esto un juego? -pregunté.

-No es ningún juego. Me llamo Rosa y estoy tan sola que si no encuentro un amigo en quien confiar me volveré loca. Necesito conocer esta ciudad. ¿Quieres ser mi cicerone?

Era una pregunta extraña y un tanto estúpida. ¡Llevarla a conocer la ciudad! ¿Tan difícil era conocerla?

Pensé que se trataba de una propuesta extraña. ¡Las mujeres se las saben todas para engatusar a los infelices como yo! Y, aunque no era un hombre cualquiera, yo tampoco estaba sobrado de valentías. Pero, fuese cual fuese la verdad de sus palabras, no iba a cohibirme por un échame allá estas pajas.

-Ea -dije. Siempre digo ea cuando tomo alguna decisión importante-. Ea, te acompaño.

Y emprendimos el paseo. Conozco tanto mi vieja ciudad que sólo con ver los adoquines de la calle puedo diferenciarlas unas de otras, conocerlas, darle el nombre exacto. Pasamos tres horas paseando, hasta que el cansancio pudo más que su curiosidad y pidió un descanso. Nos acercamos a una cafetería. Y allí me contó su historia. Las cosas que me contó en media hora fueron tantas que necesitaría casi un día para transcribirlas. Me contó del malnacido de su marido, que la dejó con cinco hijos. ¡Narices! ¿Estaría loca la chiquilla? ¿Cómo podía ser madre de cinco niños, tan joven todavía? Dejé que contara, yo le decía que amén, que la creía y que su marido era realmente un malnacido.

¡Las cosas que me contó la infeliz! Y yo la escuchaba como quien oye llover, absorto en sus bellos y azulados ojos. Y cuándo me dijo que estaba acechando a un hombre que la salvase de la barbarie del esposo ausente, me pellizcó la rodilla y sonrió, feliz y complacida.

Empecé a darme cuenta de que la aventura era demasiada aventura para mí, y le dije que se hacía tarde y que debía ir a la Universidad a recoger unos títulos y conocer unos créditos. Ella no me creyó porque, aunque mi voz lo decía, el tono con que lo dije no convencía.

-Pensarás que me ofrezco con demasiada rapidez -aclaró-. ¡Estoy tan sola ¡Mi vida es tan absurda!

Dejé unos segundos de silencio antes de hacerle la pregunta: -¿Y tus hijos? ¿No son una buena compañía para ti?

-¿Mis hijos? ¡Yo no tengo hijos!- gritó.

Con su confesión di en que esa Rosa estaba como una cabra.

-Pues te dejo -le informé-. En la Universidad cierran pronto. Y la dejé.

Y, después, también en esta soledad en que me encuentro, pienso si no hubiese sido interesante seguirle la corriente.

¡Estoy tan solo en este mundo! Por otra parte, ¿importa a nadie nuestra locura?





 

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