Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Los recuerdos son peces, alados o atrevidos, que saltan, se muestran y luego se hunden en su elemento -el olvido- para que la corriente de tan amplio río los ahogue. Yo intento apresarlo con mis redes, pero su hilo -la atención- es muy débil o el sebo (otro recuerdo encadenado) no les atrae. Me quedo entonces más solo, tratando de nadar contra el torrente, de remontar el curso del agua brava y me queda la ausencia doble de no saber pescar y de no tener pescado.

Me digo, consolador: mejor suerte la próxima o anzuelo o tirón decidido. Por fin la espera, espera de pescador muy curtido por la noche y el rocío, llega a término. Tengo un recuerdo boqueando, de ojos muy fijos y corazón desbordado. Lo abro y al modo de un romano, le miro las entrañas. Tienen buenos augurios, decido cocerlo. Prepararme un banquete ritual donde no llego a establecer cuál es el plato principal: al pez inicial le siguen las carnes todavía rojas, los bocados -franceses, diletantes, entre dulces y amargos- los postres de hielo o de fuego.

De todas formas me siento. Todas las mesas tienen mi nombre y están por comenzar los discursos. Subo al estrado y trato de explicarme: qué hacía yo en tal lugar, con tal persona. Cuáles eran mis sentimientos y qué dije, verdaderamente. Si fui feliz o menos triste. Y me demoro con premeditación en las personas ausentes, glosando su rostro, la forma que tenían de decir esto o aquello, cómo se reían, o los codos, gastados y mansos, dónde doblaban su acento.

Aplaudo de impaciente. A fin de comernos todo y que acabemos. La melancolía es una sensación de hambre efímera: nos llena antes de empezar y todo lo demás es hermano del vómito, primo de lo descompuesto.

Como me enseñaron, paso las puntas de una servilleta por los labios satisfechos. Reprimo un temblor subiendo. Pido un café conciliador, un café liviano, tan lleno de no saber quién soy. De haberlo olvidado tan por completo que me ofendo porque no me nombraron en el discurso. Por favor, tan luego a mí, fundador de este club y socio vitalicio. Imposible de aceptar. Debe haber un libro de quejas, pero, desisto de él, ya no recuerdo si por digestión o por no querer ofender a los homenajeados.

Alguien pasa barriendo. Junta los recuerdos mustios, los flexibles esqueletos que con gesto de gato fino he arrojado a mis pies. Se los prueba. Se siente a gusto en ellos y se los lleva como golosinas usadas.

Siempre hay alguien más pobre que uno, pienso, mientras que me salgo a la noche total y el aire me imagina, saciado y ya más liviano.




 

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