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Volvamos, como en anteriores artículos, a preguntarnos qué es poesía, como si todas las respuestas no fueran suficientes ni siquiera a modo de sugerencias u opiniones provisionales.

Si propugnamos la necesidad del motivo, un poeta vanguardista nos diría que el motivo no es solamente innecesario, sino detonante de una carencia de originalidad, de verdadero genio. En todo caso, habría que velar «el argumento», cubrirlo con aquella «fermosa cobertura» de la que hablaba el Marqués de Santillana (1398-1458). ¿Qué decían los poetas del realismo, con Ramón de Campoamor como jefe de fila? Postulaban que entre la poesía y la prosa no había más que una diferencia: la forma métrica. ¿Qué nos parece hoy esta definición? En una época como la nuestra, en la que la expresividad del lenguaje prima por encima de cualquier otro valor poemático, no hay nada que discutir. De hecho, pocos poetas han intentado escribir una poesía en la que el tema no actúa dictatorialmente sobre los demás ingredientes del texto. Casi siempre hay que invocar en este caso a los vanguardistas, ejemplos de entusiasta audacia, río salvaje en cuyos lodos no faltan las pepitas de oro. A mí siempre me ha llamado la atención el ultraísmo de Gerardo Diego, el tríptico «Tres recuerdos del cielo», de Sobre los ángeles, de Alberti, algunos fragmentos de Vicente Huidobro, y ya, mucho más temáticos, los Poemas humanos de César Vallejo; esto sólo por poner ejemplos llamemos clásicos. Poesía también obsesionada por el tema fue la que ya ha pasado a los manuales de Literatura como «social», entre las décadas cuarenta y cincuenta y principios de los sesenta. A finales de ésta irrumpe la poesía de los Novísimos, en la que los motivos no impiden que los jóvenes poetas de entonces tengan una sensibilidad más aguda acerca del hecho lingüístico, añadiendo a esto la incorporación de referentes temáticos que nada tienen que ver con el espíritu critico y reflexivo de poetas inmediatamente anteriores.

Lo cierto es que en esta década que acaba y en la anterior los poetas han retomado la forma, pero con más flexibilidad y, sobre todo, con una búsqueda de efectos sensoriales que quieren, en conjunto, comunicar a los lectores más emoción que mensaje literario.

En esta última parte del articulo quisiera rozar el tema de la metáfora. ¿Es connatural la metáfora a la poesía o solamente es un añadido de complementación estética, y que, en muchos casos, pasa de un papel subalterno a un protagonismo temático?

En una misma generación, la de los poetas del 50-60, tenemos a dos poetas -pongamos un ejemplo de fácil comprensión para los lectores menos duchos en poesía- opuestos en su tratamiento de la aludida figura. Por una parte, a José Ángel Valente (podríamos también citar a Ángel González) cuya técnica poética es casi totalmente conceptual, mientras que Julio Mariscal Montes la emplea tan frecuentemente que la convierte en un elemento paralelo en presencia a las ideas nucleares del tema, incluso, con gran acierto, diríamos que la exhibe como un juego de tanta habilidad que es en él indiscutible virtuosismo. Pero ello no impide ni mengua la fuerza lírica, el predominio de la idea básica del tema sobre los recursos de los aditamentos.

En otro artículo trataremos del valor literario de la metáfora en la poesía, así como la necesidad o no de la métrica. Ahora bien, lo que nos parece ya consolidado es el hecho de tomar el simbolismo -sin duda, padre de las vanguardias- como un hito literario que no permite volver atrás (lo parafraseó Ortega en La deshumanización del arte), sino que obliga al creador a superar la herencia recibida y aumentarla con aportaciones originales suyas.






 

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