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Natural es pensar que, en este mundo nuestro, cada uno tiene más o menos un concepto diferente de la vida y de sus cosas. La educación recibida, las historias vividas, los traumas, frustraciones y alegrías, nos van rellenando por dentro de ese material que son los sentimientos y emociones particulares. Y es por ello que, si se nos preguntara cuál es nuestro concepto de la felicidad, cada uno daría una respuesta distinta. Porque, evidentemente, aquello que hace feliz al vecino no tiene por qué necesariamente colmarme a mí de placer. De ahí que no deja de alarmarme el hecho de que a todos se nos quiera vender la sonrisa a costa de consumir los mismos productos, como si de una receta médica y milagrosa se tratase. Felicidades, así, comprar un coche, salir de copas los sábados, tener una espléndida figura, ganar un concurso en la tele o un buen traje de marca. Si no es así, señores, somos extraños, no lo dudemos.

Oscar Wilde, en su cuento El príncipe feliz, traza la historia de un príncipe que, viviendo inconscientemente de espaldas al mundo, llega al final de sus días sin haber visto otra cosa que riquezas y bienestar. Al morir, le hacen una estatua fuera de los muros de su palacio, y es entonces cuando vislumbra, tristemente, el doloroso entorno de miserias que le rodeaba. Por ello, y gracias a una golondrina, comienza a desprenderse del material precioso que lo recubre y a ofrecérselo a quienes más lo necesitan.

«Cuando yo vivía y tenía un corazón de hombre -dice la estatua del príncipe a la golondrina- ignoraba lo que eran las lágrimas, porque vivía en el palacio de Sans Sauci, donde no estaba permitida la entrada de la pena. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín, y al llegar la noche bailaba en el amplio vestíbulo. En torno a este jardín se elevaba un muro altísimo, pero yo nunca me preocupé por preguntar lo que había detrás de él, ya que todo cuanto me rodeaba era maravilloso.»

Yo me pregunto frecuentemente si no seremos como el príncipe muchas veces, si no habremos fabricado unos muros altísimos para no ver realmente, para sentirnos amodorrados y beber sólo de ese elixir creado por quienes «saben» lo que nos conviene. Triste seria que llegara el día en que descubriéramos que hemos vivido de espaldas a lo que somos, aprisionados entre las paredes que otros nos levantaron. Y realmente no podremos en el fondo echar la culpa a nadie más que a nosotros mismos, pues nunca nos han faltado profetas, mensajeros de la luz que nos hablan, en la literatura y fuera de ella, de la horrible ceguera en la que torpemente andamos.

Ojalá en este año que estrenamos comencemos también a estrenar esta luz divina que todos llevamos dentro, que vayamos intuyendo que la felicidad no nos la puede vender nadie a costa del vano materialismo que nos empareda. Cada uno es, en fin, lo que quiere ser porque, por encima de todas las semejanzas que queramos encontrarnos, hay tantos caminos para hallar la felicidad como opciones de vida y seres humanos habitamos este nuestro mundo.





 

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